Cuentos de Aventura

La Pequeña Estrella de la Imaginación: Luna y su Mundo de Fantasía

Lectura para 6 años

Español

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Érase una vez, en un pequeño pueblo donde el cielo siempre parecía dibujar sonrisas en las nubes, una niñita llamada Luna. Luna era una niña curiosa, llena de energía y siempre en busca de aventuras. Tenía unos ojos brillantes como estrellas y un cabello rizado que parecía bailar al viento. A Luna le encantaba explorar, descubrir cosas nuevas y, sobre todo, imaginar mundos fantásticos donde todo era posible.

Un día, mientras jugaba en su jardín, Luna descubrió un pequeño libro polvoriento entre las ramas de un árbol. Al abrirlo, se dio cuenta de que el libro brillaba con luces de colores. En la portada decían «Cuentos de Aventura». Con cada página que pasaba, podía sentir una emoción que la envolvía, como si las palabras del libro la estuvieran atrapando en un abrazo mágico. Luna decidió que, sin importar lo que pasara, iba a vivir una gran aventura ese día.

De repente, una luz intensa salió del libro e iluminó todo a su alrededor. Luna fue envuelta por un destello brillante y, de un momento a otro, se encontró en un mundo extraordinario. Estaba en un deslumbrante prado lleno de flores de todos los colores y donde los árboles susurraban suaves melodías al viento. Mariposas gigantes volaban a su alrededor, y pequeños animalitos con púas y colas largas jugaban en la distancia.

«¡Qué lugar tan asombroso!» exclamó Luna, saltando de alegría. Pero no estaba sola. A su lado se encontraba un pequeño conejo llamado Rayo, que era muy amable y rápido como su nombre. Rayo tenía unos grandes ojos azules que miraban curiosos a Luna. «Hola, Luna, bienvenida al reino de la Imaginación. Yo soy Rayo, y he estado esperando que llegaras. Aquí las aventuras nunca terminan», dijo el conejo.

Luna estaba emocionada y miró a su alrededor, preguntándose qué aventuras le esperaban. «¿Qué podemos hacer aquí?» inquirió, intentando contener su entusiasmo. Rayo sonrió de oreja a oreja y dijo: «Podemos volar en alas de mariposa, saltar con los canguros, o incluso ayudar a los pequeños duendes a recoger frutas mágicas. ¡Tú eliges!».

La elección fue rápida, y Luna gritó: «¡Quiero volar!». De inmediato, Rayo condujo a Luna hacia un claro del bosque donde unas enormes mariposas con alas brillantes descansaban sobre flores relucientes. «Sólo debes pedirlo con el corazón y las mariposas te llevarán», le explicó Rayo. Luna miró a las mariposas y con un profundo susurro pidió volar con ellas.

En un abrir y cerrar de ojos, había una mariposa gigante enfrente de ella. Con un sólo salto, Luna se subió sobre su espalda y comenzó a elevarse por el cielo. Era como un sueño: las nubes parecían suaves algodones de azúcar y el sol brillaba con tonos dorados. Rayo corría por debajo, saltando feliz con sus patitas suaves. Juntos, disfrutaron de un paseo inolvidable mientras descubrían paisajes increíbles y montañas de caramelos que se alzaban hasta tocar el cielo.

Después de un tiempo, las mariposas aterrizaron suavemente, y Luna y Rayo descendieron al hermoso prado. Pero en el prado, se encontraron con otro amigo, una pequeña ardilla llamada Daisy. Daisy era juguetona y siempre estaba sonriente. Tenía una cola esponjosa que movía de un lado a otro, y los ojos brillantes llenos de travesuras. «¡Hola! ¿Qué hacen ustedes tan felices?», preguntó la ardilla mientras se acercaba.

«Luna acaba de llegar y ya hemos volado con las mariposas. ¡Es tan divertido!», explicó Rayo emocionado. Daisy brincó de alegría y dijo: «Entonces, ¡no se pueden perder el Bosque de los Deseos! Allí, los árboles conceden deseos si encuentras la flor mágica». Los ojos de Luna brillaron de emoción. «¡Eso suena increíble!».

Así, decidieron partir hacia el Bosque de los Deseos. En el camino, todos se contaban historias sobre los deseos más grandes que habían tenido. Luna pensaba en todos los deseos que había tenido: un día en el circo, un patinete volador, y sobre todo, la oportunidad de tener tantas aventuras como quisiera. «¿Y ustedes qué deseos tienen?», preguntó.

«Yo quiero ser el velocista más rápido del bosque», dijo Rayo, mientras movía su colita. Daisy, con una sonrisa traviesa, exclamó: «Y yo quiero encontrar un tesoro escondido lleno de nueces y frutas mágicas». Luna sonrió, imaginándose a sí misma ayudando a sus amigos a cumplir sus deseos.

Finalmente, llegaron al Bosque de los Deseos, un lugar verdaderamente mágico. Las hojas eran de un verde brillante y los árboles parecían hablar susurrando secretos al viento. Tras un par de pasos, encontraron una hermosa flor resplandeciente en medio del bosque. Era de un color azul intenso y sus pétalos parecían brillar como estrellas.

«¡Miren! ¡Es la flor mágica!», gritó Luna, apuntando con entusiasmo. Rayo y Daisy se agacharon también para admirar la belleza de la flor. «¿Qué debemos hacer ahora?», preguntó Daisy. Rayo recordó lo que había oído: «Cada uno debe hacer un deseo en voz alta. ¡No olviden que debe venir del corazón!». Luna asintió, sintiendo un cosquilleo de emoción en su estómago.

Uno a uno, comenzaron a hacer sus deseos. «Yo deseo ser el velocista más rápido de todos los tiempos», dijo Rayo, cerrando los ojos con fuerza. «Yo deseo encontrar un tesoro lleno de frutos mágicos», dijo Daisy, también encariñada con su anhelo. Luego llegó el turno de Luna, aunque ella tenía tantas cosas que pedir, decidió concentrarse en lo más importante. «Yo deseo poder vivir muchas más aventuras mágicas como esta», dijo con una voz clara y llena de anhelo.

La flor mágica empezó a brillar intensamente, y en un abrir y cerrar de ojos, una brisa cálida recorrió el bosque. «¡Miren! ¡Está funcionando!», gritó Luna, mientras elevada un poco sus pies del suelo por la emoción. La flor dejó caer un par de pétalos brillantes que fueron hacia cada uno de ellos. Con cada pétalo que los tocaba, se sintieron más vivos y llenos de energía.

Sin embargo, de repente, la calma del bosque se rompió por un fuerte rugido. Un dragón de escamas verdes apareció volando, sus ojos ardían como dos llamas naranjas. Todos se asustaron, pero Rayo rápidamente dijo: “No tiene que ser peligroso, quizás sólo busca algo”. Con mucho cuidado, Luna dio un paso adelante y le preguntó al dragón: “¿Qué te pasa? ¿Estás bien?”.

El dragón, sorprendido de que alguien se atreviera a hablarle, respondió: “¡Oh, pequeña! Estoy muy triste. He perdido mi corona mágica y sin ella no puedo volar alto ni ser el rey de este bosque”. Luna pensó que este era un buen momento para ayudar. “Podemos ayudarte a encontrarla”, dijo con determinación. Rayo y Daisy asintieron, y el dragón sonrió, sintiéndose esperanzado.

«Mi corona tiene forma de estrella y brilla con la luz de mil colores. La última vez que la vi, la dejé caer cerca del lago encantado», explicó el dragón. Zara, la ardilla, conocía el camino. «Lo sé, lo sé, ¡vamos rápido!».

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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