Era un brillante y soleado día en el pequeño pueblo de Colores, donde siempre había alegría y risas. Gianfranco, un niño aventurero y curioso, y su hermana Antonella, una niña dulce y muy imaginativa, estaban en casa con su querida Nona, una abuela llena de historias fascinantes y sabiduría. Un día, mientras estaban sentados en la cocina disfrutando de unas galletas recién horneadas, Gianfranco miró por la ventana y vio que el cielo era de un azul profundo y con algunas nubes blancas que parecían algodón.
—¡Nona, hoy es un día perfecto para un día de campo! —exclamó Gianfranco emocionado—. ¿Podemos ir al Bosque Mágico?
La abuela Nona sonrió ampliamente. Sabía que el Bosque Mágico era un lugar donde vivían criaturas fantásticas y donde nunca faltaban las sorpresas.
—Claro que sí, mis pequeños aventureros. Pero primero, necesitamos preparar algunas cosas —respondió Nona mientras levantaba las manos y hacía un gesto como si estuviera organizando un gran plan.
Antonella, que adoraba las historias de su abuela, se puso de pie rápidamente y dijo:
—¡Yo puedo ayudar a preparar la canasta! Quiero llevar bocadillos ricos y jugos.
—Perfecto, Antonella. Mientras tú preparas eso, Gianfranco y yo buscaremos un lugar bonito donde sentarnos y disfrutar de nuestro pícnic —contestó Nona.
Gianfranco ayudó a su abuela a buscar una manta grande y colorida. Mientras tanto, Antonella corrió hacia la despensa y comenzó a seleccionar deliciosas frutas, galletas y un par de sándwiches especiales que su Nona siempre hacía con mucho amor.
Cuando todo estuvo listo, la familia salió de su casa llena de emoción. Al caminar hacia el Bosque Mágico, Gianfranco y Antonella se fueron imaginando las aventuras que allí podrían vivir.
—Imagina que encontramos a un dragón amigo —dijo Gianfranco, sus ojos brillaban de emoción.
—O quizás nos encontremos con hadas que nos muestren sus tesoros —respondió Antonella, su mente zumbaba con posibilidades mágicas.
Finalmente, llegaron al Bosque Mágico. Allí, los árboles eran altos y frondosos, con hojas que susurraban al viento. El aroma a flores silvestres llenaba el aire, y se podía escuchar el canto alegre de los pájaros. Mientras caminaban, Gianfranco vio un rayo de luz que parecía brillar entre los árboles.
—¡Mira, Nona! —gritó Gianfranco—. ¡Ahí hay algo brillante!
Juntos se acercaron al resplandor y descubrieron una pequeña puerta en el tronco de un árbol gigante. La puerta tenía tallados de flores y estrellas doradas.
—¿Qué creen que hay detrás de esa puerta? —preguntó Nona, su voz llena de intriga.
Antonella, llena de curiosidad, dijo:
—¡Debemos abrirla! Quizás haya un mundo mágico dentro.
Gianfranco asintió con entusiasmo, y juntos empujaron la pequeña puerta. Con un chirrido suave, se abrió, revelando un mundo lleno de colores vibrantes.
Al otro lado, encontraron un lugar maravilloso. Había un campo repleto de flores que brillaban como joyas, mariposas de todos los colores danzaban en el aire, y se oyó una suave melodía que parecía venir de las nubes.
—¡Es increíble! —exclamó Antonella mientras daba pequeños saltos de alegría.
De repente, de entre las flores apareció un pequeño ser alado, era un hada. Tenía cabello dorado y unos ojos grandes y chispeantes.
—¡Hola, amigos! —dijo el hada con una voz suave—. Soy Lúmina, la guardiana de este bosque. ¿Qué los trae aquí?
Gianfranco, con su mirada brillante, respondió:
—¡Hemos venido a hacer un pícnic y explorar! Pero no esperábamos encontrar a un hada.
Lúmina sonrió, su brillo parecía intensificarse.
—Este es un lugar donde los sueños se hacen realidad. Si desean, puedo guiarlos y mostrarles sorpresas aún más grandes.
Antonella no podía contener su emoción.
—¡Sí, por favor! Nos encantaría ver más maravillas.
Lúmina los llevó a través del campo mágico. Caminaron sobre un puente hecho de pétalos de flores, cada paso que daban llenaba el aire de fragancia.
—Aquí —dijo Lúmina señalando un lago de aguas cristalinas—, este es el Lago de los Deseos. Si lanzan una moneda al agua y piden un deseo, puede convertirse en realidad.
Gianfranco y Antonella se miraron, y juntos sacaron monedas de sus bolsillos y se acercaron al lago. Ambos hicieron un deseo en voz baja y lo lanzaron al agua. Al momento, el lago comenzó a brillar de forma mágica.
Después de eso, siguieron explorando. Lúmina los llevó a un jardín donde las flores hablaban. Cada flor tenía una historia que contar, historias de épocas pasadas, cuentos de valientes, y leyendas de amor. Antonella estaba fascinada.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.