En una pequeña ciudad rodeada de colinas y bosques, vivían dos hermanos muy especiales. Benjamín, o Benja como le gustaba que le llamaran, tenía once años. Era un chico muy inteligente, tranquilo y siempre estaba pensando en cosas nuevas para aprender. Su hermana menor, Rocío, de tan solo ocho años, era completamente diferente. Inquieta y llena de energía, Rocío no podía quedarse quieta ni un momento. Juntos, eran inseparables, complementándose perfectamente con sus personalidades opuestas.
Un día, después de la escuela, Benja y Rocío decidieron explorar un bosque que había cerca de su casa. Habían oído muchas historias sobre ese lugar, algunas contaban que estaba encantado, lleno de criaturas mágicas y, según los más viejos del lugar, habitado por brujas. La curiosidad de Rocío era insaciable, y Benja, aunque más cauto, no podía negar su interés por descubrir si esas historias eran reales.
—Vamos, Benja, será una aventura increíble —dijo Rocío, saltando de un lado a otro—. Además, te prometo que si encontramos una bruja, no dejaré que te convierta en sapo.
Benja sonrió y, con una mochila llena de provisiones y una linterna, se adentraron en el bosque. Los árboles eran altos y retorcidos, y sus sombras creaban figuras extrañas en el suelo. Rocío avanzaba rápido, mientras Benja se detenía a observar cada planta y flor que encontraba.
—¿Te imaginas si encontramos una casa de brujas? —preguntó Rocío, sus ojos brillando de emoción.
—Si encontramos una, debemos tener cuidado. No sabemos si las brujas son amigables —respondió Benja, siempre el pensador cauteloso.
Caminaron durante horas, explorando cada rincón del bosque. De repente, encontraron un claro con un gran árbol en el centro. En sus ramas colgaban frascos de vidrio con luces que titilaban como luciérnagas. En el suelo, había un pequeño círculo de piedras, y dentro de él, una vieja cabaña de madera.
—¡Mira, Benja! ¡Es la casa de una bruja! —exclamó Rocío, corriendo hacia la cabaña.
Benja la siguió, pero antes de que pudieran llegar a la puerta, una voz suave pero firme se escuchó detrás de ellos.
—¿Quién se atreve a entrar en el Bosque de las Brujas sin invitación?
Los hermanos se dieron la vuelta y vieron a una mujer alta y delgada con una capa negra y un sombrero puntiagudo. Sus ojos brillaban con un destello misterioso, pero su sonrisa era amable.
—Somos Benja y Rocío. Solo queríamos explorar el bosque —dijo Benja, protegiendo a su hermana detrás de él.
La bruja los miró por un momento y luego soltó una carcajada.
—No necesitan temer, niños. Mi nombre es Isadora y soy una bruja, sí, pero una bruja buena. ¿Qué los trae a mi hogar?
Rocío, sin poder contener su curiosidad, dio un paso adelante.
—Queríamos saber si las historias eran ciertas. ¿Realmente puedes hacer magia?
Isadora sonrió y asintió.
—Por supuesto, pequeña. La magia está en todo lo que nos rodea. ¿Quieren ver?
Los ojos de Rocío se agrandaron y asintió con entusiasmo. Benja, aunque todavía cauteloso, no podía negar que estaba intrigado. Isadora los llevó dentro de la cabaña, donde había frascos llenos de ingredientes extraños, libros antiguos y un caldero burbujeante.
—¿Qué les gustaría ver? —preguntó Isadora.
Rocío, sin dudarlo, respondió.
—¡Queremos ver cómo vuelas en una escoba!
Isadora rió suavemente y tomó una escoba de la esquina. Murmuró unas palabras mágicas y la escoba comenzó a levitar. Con un elegante movimiento, se subió a la escoba y voló alrededor de la habitación.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.