Oni era un joven aventurero lleno de sueños enormes y de esas ideas que parecían imposibles para la mayoría de las personas. Desde pequeño, le fascinaba mirar las estrellas, imaginar qué había más allá de nuestro planeta y pensar en cómo sería caminar por la superficie de la luna, ese gigantesco desierto brillante que se veía en el cielo cada noche. Cuando se acercaba su cumpleaños número once, tuvo una idea que a muchos les parecería loca, pero que para él significaba la mejor manera de celebrar: quería celebrar su cumpleaños en la luna.
Emocionado, corrió a contarles su plan a sus tres mejores amigos. Primero habló con Aswang, un chico con una sonrisa siempre lista para la aventura y un talento especial para decorar cualquier lugar con colores vivos y brillantes, incluso si era el interior de una nave espacial. Luego le contó a Vex, un amigo con un don para la repostería y la creatividad, quien llevaba consigo siempre la receta secreta de la torta de cumpleaños perfecta. Por último, le contó a Dullahan, su mejor amigo desde la infancia, un chico con una personalidad un poco más escéptica y un sentido del humor muy particular.
Oni les explicó con entusiasmo: “¡Quiero construir un cohete y celebrar mi cumpleaños en la luna! Puedo imaginar cómo será bailar y reír bajo un cielo lleno de estrellas desde allá arriba”. Aswang y Vex se miraron con ojos brillantes, les parecía una idea increíblemente emocionante y estaban dispuestos a ayudar a su amigo a hacerlo realidad. Sin embargo, cuando Oni terminó de explicar, Dullahan soltó una carcajada y dijo en tono burlón: “¡Eso es imposible, Oni! Nadie puede ir a la luna para un cumpleaños. Eso sólo pasa en las películas y en los sueños locos que tienes por las noches”.
Oni sintió un poco de tristeza ante la reacción de Dullahan, porque sabía que un buen amigo debe apoyar tus sueños y no reírse de ellos. Sin embargo, también comprendió que la duda era algo natural en las personas cuando escuchaban ideas tan impresionantes. “No importa lo que digan —pensó Oni—, nada es imposible cuando la imaginación y el esfuerzo trabajan juntos.”
Decidido, Oni empezó a trabajar en su cohete. Cada día, después de la escuela, se reunía con Aswang y Vex en el taller de papá, un lugar lleno de herramientas, piezas y planos. Aswang se encargaba de elegir los mejores materiales para la decoración: luces led que parecían pequeñas estrellas, banderines plateados y globos especiales que flotaban más alto de lo normal. Vex, por su parte, preparaba bocetos para la torta, pensando en cómo hacer que fuera ligera para transportarla sin romperse y que tuviera el sabor perfecto para la ocasión: chocolate con un toque de menta lunar.
Mientras Oni ensamblaba el cohete, Dullahan miraba con atención, pero nunca decía nada más. Lo cierto era que cada noche se quedaba mirando al cielo confesando para sí mismo que tenía mucha envidia de la valentía de Oni. No podía creer que su amigo fuera tan decidido y tan brillante, y una voz pequeña dentro de él le preguntaba si acaso también él desearía ser tan valiente.
Por fin, después de semanas de trabajo y muchos aprendizajes, llegó el gran día. El cohete estaba terminado: un brillante vehículo plateado con detalles en azul y rojo, luces que parpadeaban como si tuvieran propia vida, y un espacio especial adentro para que los tres amigos pudieran viajar cómodos. Oni estaba nervioso pero feliz; Aswang tenía listas todas las decoraciones que quería poner en la luna, y Vex llevaba cuidadosamente la torta envuelta en una caja especial para que no se dañara.
Justo antes de subir, Dullahan apareció, sus ojos reflejaban sorpresa y un poco de arrepentimiento. “Oni, no creí que fueras capaz de construir algo así. Me alegra que estés haciendo esto. ¿Puedo venir con ustedes?” preguntó tímidamente. Oni sonrió y le abrió un espacio en la pequeña cabina del cohete. “Claro que sí, amigo, las aventuras son mejores cuando las compartimos todos”.
Los cuatro amigos subieron al cohete. Aswang se sentó con los globos y guirnaldas en las manos, Vex cuidaba la torta como un tesoro, y Dullahan se aferraba a la idea de que quizás, solo quizás, estaban a punto de hacer algo mágico. Oni comprobó que todo estuviera en orden, ajustó los controles y, con un rugido poderoso, el cohete comenzó a despegar.
La emoción los envolvía mientras ascendían, dejando atrás el cielo azul del planeta Tierra para entrar en la oscuridad infinita del espacio. Las estrellas parecían saludarlos a su paso, y el silencio dentro de la nave se llenaba de sus sonrisas y exclamaciones. La gravedad comenzó a cambiar y pronto sintieron la ingravidez: flotaban dentro del cohete, felices y sorprendidos por esa experiencia única.
Cuentos cortos que te pueden gustar
El Guardián de la Selva
El Mundo Virtual de Alisa
El Último Día en la Tierra
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.