En la ciudad de Santiago de Chile, el sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. La ciudad, alguna vez vibrante y llena de vida, ahora estaba sumida en el caos. Los edificios, antes imponentes, se encontraban en ruinas, y las calles desiertas resonaban con el eco de un peligro constante: los zombies.
Javier, un chico valiente de quince años con cabello corto y oscuro, lideraba a su grupo de amigos a través de este paisaje apocalíptico. Ailyn, una chica de cabello largo y castaño, seguía de cerca, con su mirada alerta y determinada. Noelia, con su cabello corto y rubio, mantenía una expresión de preocupación constante, mientras Ayko, un chico de cabello lacio y negro, intentaba mantener la calma. Janice, con su cabello rizado y pelirrojo, cerraba la marcha, su mente siempre activa buscando soluciones.
Habían escapado del colegio después de un ataque sorpresa de los zombies. Ahora, en busca de un auto para alejarse de la ciudad, el grupo se movía con cautela, armados con cuchillos y herramientas cortopunzantes que habían encontrado en su huida. La tensión era palpable mientras avanzaban entre las sombras de los edificios derrumbados.
Después de horas de caminar, encontraron una fábrica abandonada que parecía un buen lugar para descansar y reabastecerse. El interior de la fábrica estaba oscuro y silencioso, con maquinaria oxidada y escombros por todas partes. El grupo se refugió en una de las oficinas superiores, tratando de planear su siguiente movimiento.
«Necesitamos encontrar un auto y salir de aquí cuanto antes,» dijo Javier, mirando a sus amigos. «Los zombies no tardarán en encontrarnos si nos quedamos mucho tiempo en un solo lugar.»
«Pero, ¿dónde podemos encontrar uno?» preguntó Noelia, su voz temblando ligeramente. «La mayoría de los autos en la calle están destruidos o sin combustible.»
«Hay una estación de servicio a unas cuadras de aquí,» sugirió Ayko. «Podríamos intentar llegar hasta allí y ver si queda algún auto en buen estado.»
El plan parecía arriesgado, pero era su mejor opción. Decidieron descansar un poco antes de emprender el peligroso viaje. Mientras tanto, Javier exploró la fábrica en busca de cualquier cosa que pudiera ser útil. Fue entonces cuando escuchó el sonido inconfundible de los gruñidos de los zombies acercándose.
«¡Están aquí!» gritó, corriendo de vuelta con los demás. «Tenemos que movernos ahora.»
El grupo se apresuró a salir de la oficina, pero al llegar a la planta baja, se encontraron rodeados. Los zombies habían entrado por la entrada principal, bloqueando su camino de escape.
«¡Estamos acorralados!» exclamó Janice, mirando a su alrededor en busca de una salida.
«¡Miren!» dijo Ailyn, señalando una puerta trasera medio oculta entre los escombros. «Podemos salir por ahí, pero alguien tiene que distraerlos.»
Javier no dudó ni un segundo. «Yo lo haré,» dijo con firmeza, sacando una bengala de su mochila. «Los distraeré y ustedes escapen por la puerta trasera.»
«No, Javier, es demasiado peligroso,» protestó Noelia, pero Javier ya había tomado su decisión.
«Confíen en mí,» dijo, encendiendo la bengala. «Nos volveremos a encontrar. Ahora vayan.»
Con la bengala en mano, Javier salió corriendo, atrayendo la atención de los zombies. Los gruñidos se intensificaron mientras lo seguían, dejando libre el camino para sus amigos. Ailyn, Noelia, Ayko y Janice corrieron hacia la puerta trasera, escapando de la fábrica.
Desde una distancia segura, miraron con horror y tristeza cómo Javier corría, atrayendo a los zombies lejos de ellos. Sabían que su amigo había hecho un gran sacrificio por ellos, y aunque les dolía verlo desaparecer entre la multitud de muertos vivientes, también sentían una profunda gratitud y admiración por su valentía.
Después de lo que pareció una eternidad, llegaron a un lugar seguro, un pequeño refugio subterráneo que habían descubierto durante su exploración. Exhaustos y emocionalmente agotados, se sentaron en silencio, recordando a su amigo valiente.
«Javier nos salvó,» dijo Ayko finalmente, rompiendo el silencio. «No podemos dejar que su sacrificio sea en vano. Debemos seguir adelante, por él.»
Las palabras de Ayko resonaron en el grupo, dándoles la fuerza para continuar. Sabían que la lucha por la supervivencia no había terminado, pero también sabían que, gracias a Javier, tenían una oportunidad más para sobrevivir.
Durante los días siguientes, se centraron en fortalecerse y preparar un plan más seguro para encontrar un vehículo. Trabajaron en equipo, compartiendo ideas y apoyándose mutuamente en cada paso. La pérdida de Javier había dejado una marca imborrable en sus corazones, pero también los había unido más que nunca.
Un día, mientras exploraban los alrededores, encontraron un garaje oculto detrás de un edificio en ruinas. Dentro, milagrosamente, había un auto en buenas condiciones. Ayko, que tenía algunos conocimientos de mecánica, se puso a trabajar inmediatamente para asegurarse de que el auto estuviera en funcionamiento.
«No puedo creer que tengamos tanta suerte,» dijo Noelia, observando con admiración a Ayko mientras trabajaba. «Javier estaría tan orgulloso de nosotros.»
«Lo estará,» corrigió Ailyn, con una sonrisa triste. «Porque sé que, de alguna manera, él sigue con nosotros, guiándonos.»
Finalmente, el auto estuvo listo. El grupo subió, sintiendo una mezcla de esperanza y miedo por lo que les esperaba. Con Ayko al volante, comenzaron su viaje fuera de la ciudad, dejando atrás el caos y la destrucción.
Mientras conducían por las calles desiertas, sus pensamientos volvían una y otra vez a Javier. Ailyn sacó una pequeña libreta y comenzó a escribir en ella. «¿Qué estás haciendo?» preguntó Janice, curiosa.
Cuentos cortos que te pueden gustar
El Futuro Resplandeciente de Paraguay
El Secreto de la Sirena de la Costa del Oro
José Manuel y el Submarino de las Maravillas
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.