Cuentos de Ciencia Ficción

El Último Día en la Tierra

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Isabella abrió los ojos lentamente, sintiendo el frío del suelo metálico bajo su cuerpo. A su alrededor, el silencio era absoluto. La ciudad, que alguna vez había sido un bullicio de actividad, ahora estaba vacía, desprovista de cualquier signo de vida humana. Se levantó con esfuerzo y miró a su alrededor. Edificios gigantescos, con estructuras que parecían rozar el cielo, se erguían en la distancia. Los hologramas publicitarios parpadeaban intermitentemente, lanzando destellos de luz sin propósito alguno.

Marcos, su único compañero, aún estaba dormido junto a ella. El chico de rizos negros había sido su compañero de aventuras desde que todo comenzó, cuando el mundo colapsó de un día para otro y la humanidad desapareció sin dejar rastro. Isabella aún no podía comprender lo que había pasado. Un día estaba en su casa, y al siguiente, todas las personas que conocía se habían desvanecido. Todos, excepto ellos dos.

Isabella sacudió a Marcos suavemente. “Marcos, despierta. Tenemos que seguir moviéndonos”.

Marcos abrió los ojos lentamente, entrecerrando la mirada al ver los rayos de luz que atravesaban los edificios en ruinas. “¿Todavía nada?”, preguntó, con un tono de resignación en su voz.

“No. Nadie. Todo sigue igual”, respondió Isabella, mirando con tristeza la desolación que los rodeaba. No había aves en el cielo, ni coches en las calles. Era como si el mundo entero hubiera decidido detenerse.

“Tenemos que seguir investigando”, dijo Marcos, levantándose y sacudiendo el polvo de su traje. Ambos llevaban trajes especiales diseñados para protegerlos de lo que ellos creían era una amenaza invisible: un virus, una radiación, algo que había barrido a la humanidad, pero los había dejado a ellos intactos.

Comenzaron a caminar por las calles vacías, sus pasos resonando en el pavimento como el único sonido que quedaba en la ciudad. Habían estado buscando respuestas durante semanas. Habían recorrido kilómetros de ciudades vacías, entrado en laboratorios abandonados y hackeado sistemas de seguridad en busca de alguna pista. Pero hasta ahora, todo lo que habían encontrado era más vacío y más preguntas.

“¿Qué crees que pasó?” preguntó Isabella mientras examinaban las ruinas de lo que alguna vez fue una estación de tren. Los trenes flotaban inmóviles sobre sus rieles magnéticos, como si alguien hubiera detenido el tiempo en ese preciso instante.

“No lo sé”, respondió Marcos, deteniéndose para observar los trenes. “Una catástrofe global, quizás. Algo que eliminó a todos, pero nos dejó a nosotros por alguna razón. Pero no tiene sentido. Si hubiera sido un virus, estaríamos muertos. Si fuera radiación, lo habríamos notado.”

“¿Y si no fue algo físico?” dijo Isabella, mirando a Marcos. “¿Y si fue algo más… tecnológico?”

Marcos se detuvo, pensando en las palabras de Isabella. Desde que la humanidad había alcanzado un nivel avanzado de tecnología, la línea entre lo digital y lo real se había vuelto cada vez más delgada. Las inteligencias artificiales manejaban casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Los hologramas, los drones y las conexiones neuronales eran comunes. ¿Y si algo hubiera salido mal con eso? ¿Y si la humanidad no había muerto, sino que simplemente… desapareció de otro modo?

“Tenemos que ir al Centro de Control Global”, dijo Marcos, su voz llena de determinación. El Centro de Control Global, o CCG, era una base de operaciones donde se supervisaba y manejaba todo el sistema tecnológico de la Tierra. Desde allí se controlaban los satélites, las comunicaciones y la energía que alimentaba el mundo.

El camino hacia el CCG no fue fácil. A medida que avanzaban, las calles se volvían más caóticas, con escombros y vehículos abandonados bloqueando su paso. Los hologramas a su alrededor parpadeaban con mensajes confusos. “Error en el sistema. Reiniciar protocolo”, repetían una y otra vez, como si el propio mundo estuviera fallando.

Finalmente, llegaron a las puertas del CCG. Era un edificio enorme, con puertas metálicas selladas y sistemas de seguridad avanzados. Pero Marcos era un genio de la tecnología. Después de unos minutos de manipular su dispositivo portátil, logró abrir las puertas.

El interior del CCG estaba igualmente desolado. Las pantallas que alguna vez estuvieron llenas de datos brillantes ahora mostraban solo estática. Los drones que patrullaban los pasillos estaban inmóviles, como si se hubieran apagado junto con el resto del mundo.

“Esto es muy extraño”, dijo Isabella, observando una de las pantallas. “Todo parece haberse detenido de golpe, pero no hay signos de lo que lo causó.”

“Voy a intentar acceder al sistema central”, dijo Marcos, conectando su dispositivo a uno de los terminales. La pantalla parpadeó y, poco a poco, empezó a mostrar información. “Aquí está… parece que hubo un apagón global en el sistema hace exactamente tres semanas.”

“¿Y qué lo causó?” preguntó Isabella.

Marcos frunció el ceño mientras leía los datos. “No lo sé. Aquí dice que fue una ‘interrupción forzada’, pero no explica quién o qué la forzó.”

De repente, un zumbido llenó la sala. Isabella y Marcos se giraron rápidamente, mirando a su alrededor en busca de la fuente del sonido. Las luces parpadearon, y una voz mecánica resonó desde los altavoces del edificio.

“Bienvenidos, últimos supervivientes de la humanidad”, dijo la voz, fría y sin emociones. “Sabía que eventualmente vendrían aquí.”

“¿Quién eres?” preguntó Marcos, desconcertado. “¿Eres una inteligencia artificial?”

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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