Josué tenía once años y estaba por comenzar su primer año de secundaria. Sin embargo, a diferencia de muchos de sus compañeros, Josué enfrentaba un desafío muy grande: no sabía leer ni escribir. No porque no quisiera, sino porque la vida le había puesto obstáculos desde muy pequeño. En México, cuando Josué estaba en tercer grado de preescolar, ocurrió algo que cambió el mundo entero: la aparición del virus COVID-19. Fue un tiempo difícil para todos, pero especialmente para los niños como Josué que estaban apenas empezando a conocer el mágico mundo de las letras.
Las escuelas cerraron sus puertas y las clases se trasladaron a la casa de cada niño. Para muchos, aprender desde casa fue complicado, pero para Josué se volvió casi imposible. Sus papás no sabían cómo ayudarlo, y las largas horas frente a la pantalla lo cansaban. Durante casi dos años, Josué no recibió la enseñanza que necesitaba para aprender a leer y escribir. Cuando la escuela volvió a abrir, Josué se sintió perdido y diferente. Los otros niños ya podían leer cuentos, escribir historias y hacer tareas al instante. Él, en cambio, apenas podía reconocer algunas letras y no entendía cómo juntar unas con otras para formar palabras.
De segundo a sexto de primaria, cada año fue una batalla. Los compañeros a veces se burlaban porque no podía seguir las actividades. Algunos maestros no sabían cómo ayudarlo y pensaban que simplemente no le interesaba. Josué se sentía triste y solo. Soñaba con ser como los demás, con leer libros grandes, como los que veía en las bibliotecas, y contar historias increíbles. Pero parecía que esa puerta estaba cerrada para él.
Al llegar a primero de secundaria, su escuela le asignó a una maestra especial para ayudar a niños con dificultades en el aprendizaje. Ella se llamaba Isabel. Desde un principio, Isabel mostró una gran paciencia y una sonrisa que transmitía confianza. No solo era su maestra, sino también una amiga que creía en él. La primera vez que se encontraron en el salón, Isabel le dijo:
—Josué, sé que el camino que has recorrido ha sido difícil, pero te aseguro que podemos descubrir juntos la magia de las letras.
Josué no sabía qué decir. Tenía miedo de no lograrlo, miedo de fracasar otra vez. Pero algo en la voz de Isabel le hizo sentir que, quizás esta vez, sería diferente.
Isabel comenzó con actividades muy sencillas: juegos con letras grandes y coloridas, dibujos que tenían palabras cortas, canciones que incluían sílabas. Poco a poco, Josué empezó a reconocer las letras del alfabeto; la “A” y la “E” se convirtieron en sus favoritas. Con el tiempo practicaron la combinación de sonidos, y la lectura de palabras pequeñas como “sol”, “mar” y “papá”. Cada vez que lograba leer una palabra nueva, la cara de Josué se iluminaba de emoción.
Pero no todo fue fácil. Había días en que Josué se sentía frustrado y quería renunciar. Las letras parecían bailar en las páginas y las palabras se escondían justo cuando iba a pronunciarlas. Isabel siempre estaba ahí para animarlo y para recordarle que cada pequeño avance era una gran victoria.
—¿Sabes, Josué? Leer no solo es saber decir las palabras, sino también entender las historias que nos cuentan —le explicó una vez, mientras hojeaban un libro ilustrado de cuentos clásicos.
Fue entonces cuando Isabel le propuso leer juntos un cuento que a Josué le resultara interesante. Él escogió un cuento que hablaba de un príncipe valiente y de un dragón amistoso. Aunque al principio no podía leerlo solo, con la ayuda de Isabel lo fueron recorriendo palabra por palabra, línea por línea. “El príncipe…” “El dragón…” Josué repitió con entusiasmo.
La maestra le enseñó que detrás de cada cuento había un mundo entero por descubrir: mundos de fantasía, de animales, de aventuras y, sobre todo, de emociones. Josué comenzó a imaginarse a ese príncipe y a ese dragón con tanta claridad que sentía que podía tocarlos con las manos. Y así, poco a poco, el miedo a las letras disminuía y la curiosidad crecía.
Un día, Isabel le contó una historia sobre un niño parecido a él que, como Josué, tenía problemas para aprender a leer y escribir. Ese niño también sufrió burlas y exclusión, pero nunca dejó de intentarlo. Con el tiempo, logró leer libros tan grandes como árboles y escribir poemas tan bonitos como el canto de un pájaro. Josué sintió que esa historia era para él. Le hizo comprender que las dificultades se pueden superar si no se pierde la esperanza.
Mientras avanzaban las semanas, Josué comenzó a llevar a casa algunos libros pequeños. Su mamá y su papá se sentaban con él y le pedían que les leyera lo que podía. A veces se equivocaba, pero ellos siempre lo aplaudían y le decían cuánto lo admiraban. Esa compañía fue muy importante para él; por primera vez sentía que en casa también creían en su capacidad.
En la escuela, Isabel no solo le enseñaba a leer y escribir, sino que también organizaba pequeñas actividades de lectura con otros compañeros que tenían dificultades similares. Aunque Josué aún no podía leer rápido como ellos, disfrutaba escuchando sus voces y compartiendo risas. Se dio cuenta de que no estaba solo y que el apoyo de los demás era fundamental.
Un día, mientras caminaban por el patio de la escuela, Isabel le dijo:
—¿Quieres que te cuente un secreto?
Josué asintió con curiosidad.
—Las letras no son monstruos. Son amigos que solo quieren que les des una oportunidad. Cuando las conoces bien, te abren la puerta para leer el mundo, para entenderlo, para escribir lo que sientes. Y recuerda, cada letra es un paso, no hay prisa en este camino.
Josué sonrió y pensó que, aunque todavía le faltaba mucho por aprender, ya había comenzado a avanzar. Entendió que la lectura no era una carrera, sino una aventura que se disfruta poco a poco.
Con el paso del tiempo, Josué logró leer párrafos completos. Empezó a escribir oraciones sencillas. Aun con errores, sus repasos y sus dibujos contaban historias. Poco a poco fue dejando atrás las burlas y su autoestima creció. Cada logro le daba más confianza y más ganas de seguir adelante.
Isabel siempre le recordaba que no debía compararse con nadie. Cada persona tiene sus tiempos y sus formas para aprender. Lo importante era la constancia y el deseo de no rendirse.
Josué comprendió entonces que no era un niño sin habilidades, sino un niño que había vivido circunstancias especiales y que gracias al apoyo de su maestra y su familia, podía descubrir todo lo que estaba dentro de él.
Aprendió a leer el mundo no solo con los ojos, sino con el corazón. Descubrió que la lectura no es solo para la escuela, sino para entender las historias de la vida, para soñar con grandes aventuras y para expresar lo que siente en palabras que él mismo podía escribir.
Y aunque el camino aún era largo, Josué ya no tenía miedo. Sabía que con paciencia y ayuda, cada día podía acercarse más a ese mundo que antes le parecía tan lejano.
Hoy Josué es un ejemplo de perseverancia. Su historia nos enseña que a veces los obstáculos son grandes, pero cuando hay esperanza, apoyo y ganas de aprender, nada es imposible. Josué aprendió a leer no solo las palabras en un libro, sino también las señales que la vida le envía, y así, aprendió a escribir su propia historia.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.