En la pequeña ciudad de Heredia, conocida por su ambiente acogedor y sus históricas calles adoquinadas, había un liceo donde las esperanzas y sueños de muchos jóvenes se forjaban día a día. Este lugar, lleno de risas, aprendizaje y desafíos, sería el escenario donde una joven aspirante a profesora descubriría su verdadera vocación.
Yen, una joven con el cabello largo y castaño, siempre había soñado con ser maestra. Desde pequeña, jugaba a enseñar a sus muñecas, a sus amigos y hasta a sus peluches. Ahora, con sus libros en mano y una mezcla de nerviosismo y emoción, estaba a punto de iniciar su práctica docente en el Liceo de Heredia. Este era el último paso antes de convertirse en una profesora de verdad.
Su profesora guía, Yani, era una mujer experimentada y de gran corazón. Con su cabello corto y negro, y siempre vestida de manera profesional, Yani irradiaba una confianza que Yen esperaba algún día alcanzar. Desde el primer día, Yani le dio la bienvenida a Yen con una sonrisa cálida y palabras de aliento.
—Bienvenida, Yen. Sé que el primer día puede ser abrumador, pero recuerda, todos hemos estado en tu lugar. Confío en que lo harás muy bien —dijo Yani, poniendo una mano reconfortante en el hombro de Yen.
Yen respiró hondo y asintió, tratando de calmar sus nervios. Cuando entró al salón de clases, se encontró con 24 pares de ojos mirándola con curiosidad. Eran sus futuros alumnos, cada uno con su propio sueño, duda y entusiasmo. Los primeros días fueron difíciles. Yen sentía que las palabras se le trababan en la garganta y su inseguridad era palpable. Temía no ser capaz de ganarse el respeto y la atención de sus estudiantes.
Pero Yani siempre estaba allí, ofreciendo consejo y apoyo. Le enseñó estrategias para captar la atención de los alumnos, cómo manejar el aula y, sobre todo, cómo confiar en sí misma.
—Recuerda, Yen, ser una buena maestra no significa no cometer errores. Significa aprender de ellos y seguir adelante —le decía Yani con frecuencia.
Poco a poco, Yen comenzó a encontrar su voz. Descubrió que cuando hablaba con pasión y sinceridad, los alumnos respondían de manera positiva. Empezó a notar las pequeñas victorias: un alumno que antes estaba distraído ahora participaba activamente, otro que solía ser tímido levantaba la mano con entusiasmo. Estos pequeños momentos le dieron la confianza que tanto necesitaba.
Un día, mientras enseñaba una lección sobre literatura, Yen notó que todos los alumnos estaban atentos, siguiendo cada palabra con interés. Al terminar la clase, uno de los alumnos, un joven llamado Luis, se acercó a ella.
—Señorita Yen, me gustó mucho la clase de hoy. Me hizo pensar en escribir mis propias historias —dijo con una sonrisa tímida.
Ese simple comentario hizo que el corazón de Yen se llenara de alegría. Estaba haciendo una diferencia, estaba inspirando a sus alumnos. Yani, quien había estado observando desde la puerta, asintió con aprobación.
Con el paso de los días, Yen se fue sintiendo cada vez más cómoda en el aula. Sus alumnos eran respetuosos y participativos, y ella disfrutaba cada momento que pasaba enseñándoles. La transformación fue evidente no solo para Yen, sino también para Yani y los estudiantes.
Una tarde, al finalizar una exitosa jornada, Yani invitó a Yen a tomar un café en la cafetería cercana. Mientras compartían una bebida caliente, Yani miró a Yen con orgullo.
—Yen, estoy muy impresionada con tu progreso. Has crecido mucho desde que llegaste. ¿Cómo te sientes ahora? —preguntó Yani.
Yen sonrió, sus ojos brillaban con gratitud y satisfacción.
—Al principio tenía mucho miedo, Yani. Pero ahora sé que esto es lo que quiero hacer. Quiero ser un faro de luz en la educación, ayudar a los jóvenes a aprender y crecer. Gracias por tu apoyo, no podría haberlo hecho sin ti.
Yani asintió, contenta de ver la transformación en su pupila.
—Estoy muy orgullosa de ti, Yen. Has demostrado que tienes el corazón y la pasión necesarios para ser una excelente profesora. Siempre recuerda que la educación no es solo sobre enseñar materias, sino también sobre inspirar y guiar a los estudiantes en sus propios caminos.
A partir de ese momento, Yen se dedicó con más fervor a su labor. Cada día era una oportunidad para aprender algo nuevo, tanto para ella como para sus alumnos. La confianza que había ganado no solo la beneficiaba a ella, sino también a los estudiantes, quienes se sentían más motivados y comprometidos con sus estudios.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.