Merida era una joven responsable, siempre organizada, que disfrutaba de las pequeñas tareas cotidianas, como ir al supermercado a comprar los víveres para su casa. Un día, como cualquier otro, decidió ir a hacer la compra. Tomó su lista de productos, su carrito y se dirigió a la tienda más cercana.
El supermercado estaba bastante tranquilo esa mañana, y Merida aprovechó para hacer su compra sin prisas. Pasó por los pasillos, tomando los artículos de la lista: leche, pan, frutas, verduras, y algunos ingredientes para una receta nueva que había encontrado. Mientras llenaba su carrito, pensaba en lo que haría más tarde en casa. No era muy complicado hacer las compras, pero, de alguna manera, disfrutaba de esos momentos de paz.
Al llegar a la caja, Merida puso los productos en la cinta, y cuando la cajera comenzó a escanearlos, fue entonces cuando Merida se dio cuenta de algo que la dejó en shock. La cartera. ¡La había olvidado en casa!
Miró rápidamente en su bolso, por si acaso la cartera estuviera allí, pero no, no estaba. La sensación de incomodidad la invadió, y sus ojos se fueron hacia la puerta del supermercado, donde vio su coche estacionado en el estacionamiento, justo al fondo. Estaba a unos 17 metros, tal como lo calculó Merida en su cabeza. No era tan lejos, pero en ese momento parecía una distancia interminable.
«¿Qué hago ahora?», pensó. Había olvidado su cartera y no quería ir hasta el coche a buscarla, pero sabía que, si no lo hacía, no podría pagar la compra. Estaba en un dilema. ¿Debería pedirle ayuda a alguien o correr hasta el coche? Miró a su alrededor, buscando alguna solución rápida. No veía a nadie cerca para pedirle que le prestara el dinero, y no quería pedirle al cajero que guardara sus cosas mientras volvía a su coche.
De pronto, Merida se dio cuenta de algo. Recordó que había calculado mentalmente la distancia hasta su coche: 17 metros. No era mucho, pero le llevó un segundo comprenderlo. Había olvidado la cartera, pero en ese momento, ¿no estaba siendo algo lógico que intentara hacer lo más sencillo? No tenía que buscar la solución en cosas complicadas, solo tenía que caminar esos 17 metros y regresar. Así que, sin pensarlo más, decidió hacerlo.
“Voy a ir a buscarla”, le dijo a la cajera, quien, al verla un poco nerviosa, le sonrió amablemente.
“Claro, tómate tu tiempo”, respondió la cajera.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.