Había una vez, en un pequeño pueblito llamado San Juan, una escuelita de primaria llamada «Semillas del Saber». La escuelita era conocida por ser un lugar donde los niños no solo aprendían a leer y escribir, sino también las tradiciones y valores de su comunidad. En la clase de 6to grado, el profesor Julián era el encargado de guiar a los estudiantes en su aprendizaje. El profesor Julián era un hombre joven, pero con un gran respeto por las costumbres de su pueblo. Siempre buscaba maneras de enseñar a sus alumnos no solo lo que estaba en los libros, sino también lo que se transmitía de generación en generación.
Un día, el profesor Julián decidió invitar a un personaje muy importante a la clase. Se trataba de Don Jacinto, uno de los representantes del consejo de ancianos del pueblo. Don Jacinto era conocido por todos en San Juan por su sabiduría y su profundo conocimiento de las leyes y derechos que regían la comunidad indígena donde vivían.
Cuando Don Jacinto llegó a la clase, los estudiantes lo miraron con curiosidad. Era un hombre de avanzada edad, con el cabello completamente blanco y una mirada serena que reflejaba años de experiencia. Vestía con ropa tradicional, lo que lo hacía ver aún más imponente y respetable. El profesor Julián, con una sonrisa, lo presentó a la clase.
«Hoy tenemos el honor de recibir a Don Jacinto, uno de los sabios de nuestro pueblo,» dijo el profesor. «Él ha venido a hablarles sobre los derechos y leyes que rigen nuestra comunidad.»
Don Jacinto se presentó con una voz calmada y firme. «Buenos días, niños. Es un placer estar aquí con ustedes. Quiero hacerles una pregunta muy importante: ¿Conocen sus derechos o las leyes que se aplican en nuestra comunidad?»
La mayoría de los chicos se miraron entre sí, sin saber qué responder. Al final, varios de ellos negaron con la cabeza. Sin embargo, hubo uno de ellos, un niño llamado Tomás, que levantó la mano. Tomás tenía 11 años y era conocido por ser un niño muy pensativo, siempre preocupado por el bienestar de su familia y amigos.
«Yo… yo no estoy muy seguro de querer escuchar sobre leyes,» dijo Tomás, con un tono de voz que reflejaba cierta inquietud. «Siempre que escucho hablar de leyes, pienso en problemas para el pueblo.»
Don Jacinto asintió con comprensión. «Es normal que pienses así, Tomás. Muchos asocian las leyes con problemas o castigos. Pero hoy quiero explicarles algo muy importante: en nuestro pueblo, las leyes no están escritas en documentos oficiales como en las grandes ciudades. Aquí, las leyes son transmitidas de forma oral, de padres a hijos, y de ancianos a jóvenes. Son leyes que se basan en el respeto, la justicia y el bien común.»
Los alumnos se quedaron muy intrigados, interesados en saber más. El ambiente en el aula se llenó de una expectante curiosidad, y todos dirigieron su atención hacia Don Jacinto, esperando escuchar alguna historia que les ayudara a entender mejor lo que él estaba diciendo.
Don Jacinto, viendo el interés de los niños, decidió contarles una anécdota que había sucedido en su propia familia, algo que podría ayudarles a comprender la importancia de las leyes en su comunidad.
«Cuando mi hija Rosa tenía 12 años,» comenzó Don Jacinto, «fue acusada injustamente de haber tomado unas ovejas que no le pertenecían. En aquel entonces, la comunidad estaba muy preocupada porque algunas ovejas habían desaparecido de varios corrales. Sin saber a quién culpar, algunas personas señalaron a mi hija Rosa, simplemente porque la vieron cerca de uno de los corrales esa tarde.»
Los niños escuchaban con atención, con los ojos bien abiertos. Tomás, que estaba sentado al frente, parecía especialmente concentrado, como si estuviera tratando de imaginarse la situación.
«Yo sabía que mi hija no había tomado esas ovejas,» continuó Don Jacinto. «Conozco a mi hija y sé que nunca haría algo así. Pero en nuestra comunidad, cuando hay una acusación, es importante escuchar a todas las partes y tratar de encontrar la verdad. Así es como funciona nuestra justicia.»
«¿Qué pasó entonces?» preguntó una de las niñas de la clase, muy interesada en la historia.
«Bueno,» dijo Don Jacinto, «se convocó una reunión con los ancianos del pueblo y con las personas que acusaban a mi hija. Todos tuvimos la oportunidad de hablar y de explicar nuestras versiones de los hechos. Pero lo más importante es que se investigó lo sucedido. Se preguntó a otros vecinos, se revisaron los corrales, y se descubrió que, en realidad, las ovejas habían salido solas porque la cerca estaba rota. Nadie las había robado.»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.