Había una vez, en un pequeño pueblo lleno de flores y árboles frondosos, tres hermanos llamados Said, Fryda y Alfredo. Vivían en una acogedora casa con su abuelo, un hombre sabio y bondadoso que les contaba historias maravillosas cada noche.
Un día, el abuelo les dio una sorpresa muy especial: ¡dos adorables conejitos! Uno era blanco como la nieve y el otro marrón como el chocolate. Los hermanos estaban encantados con sus nuevos amigos y prometieron cuidarlos con todo el amor del mundo.
Pero no todo fue tan sencillo. Pronto comenzaron a discutir por quién jugaría con los conejitos primero, quién les daría de comer y quién los llevaría a explorar el jardín. Las peleas eran constantes y los pobres conejitos, que solo querían cariño y paz, se sentían tristes y confundidos.
Una tarde, después de otra discusión, los hermanos notaron que la conejita no se veía bien. Estaba triste y no quería jugar como siempre. Los tres, preocupados y tristes, se dieron cuenta de que sus peleas habían afectado a sus queridos amigos.
Esa noche, los hermanos apenas pudieron dormir. Se sentían muy mal por lo que había pasado y se prometieron cambiar. Al amanecer, antes de ir a la escuela, corrieron al jardín para ver cómo estaba la conejita.
¡Pero qué sorpresa se llevaron! En lugar de encontrar a la conejita triste, vieron muchos pequeños conejitos saltando y jugando por todos lados. La conejita había tenido bebés durante la noche, y ahora había una familia entera de conejitos en su jardín.
Los hermanos no podían creer lo que veían. Su tristeza se convirtió en alegría y asombro. Los conejitos saltaban felices, y los hermanos se unieron a su juego, riendo y celebrando la nueva vida que había llegado a su hogar.
Desde ese día, Said, Fryda y Alfredo aprendieron una valiosa lección. Entendieron que las peleas y discusiones no llevan a nada bueno y que cuidar y respetar a los demás es lo más importante. Prometieron no pelear más y trabajar juntos para cuidar de su nueva familia de conejitos.
Los días siguientes estuvieron llenos de aventuras y risas. Los hermanos, unidos como nunca, se turnaban para cuidar a los conejitos, enseñándoles a explorar el jardín, a comer zanahorias y a jugar en la hierba. Los conejitos crecían sanos y felices, rodeados de amor y cuidado.
El abuelo observaba con orgullo cómo sus nietos habían aprendido a cooperar y vivir en armonía. Les recordaba a menudo la importancia de la amistad, el amor y la unidad. Los hermanos escuchaban atentos, sabiendo que esas lecciones les servirían para toda la vida.
La casa se llenó de risas y alegría, y los vecinos venían a visitarlos para ver a la maravillosa familia de conejitos. Los hermanos se convirtieron en un ejemplo para todos, mostrando cómo el amor y el trabajo en equipo pueden superar cualquier desafío.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.