En un colorido barrio de Barranquilla, donde las risas se mezclaban con el sonido alegre de los tambores y el aroma dulce y salado de la arepa de huevo recién hecha, vivían tres amigos inseparables: Luna, Mateo y Simón. Desde que aprendieron a caminar, se habían convertido en compañeros de aventuras, explorando cada rincón del barrio con sus bicicletas y sus ganas de descubrir el mundo.
Cada tarde, después de la escuela, los tres salían de sus casas con una energía contagiosa. Luna, creativa y tranquila, se encargaba de imaginar mil historias mientras pintaba con tizas de colores sobre la acera. Mateo, siempre amable y sabio para su edad, ayudaba a coordinar sus juegos y cuidar que todos se divirtieran sin pelear. Simón, un torbellino de entusiasmo, llenaba el ambiente con sus risas y ocurrencias que, sin duda, hacían que cualquier momento fuera especial.
Jugaban a que sus bicicletas eran carretas del carnaval, llenas de flores y mariposas, y que los árboles altos y verdes eran comparsas que aplaudían y bailaban con ellos. A veces, incluso imitaban a los personajes de los cuentos clásicos que les contaban sus abuelos: princesas valientes, dragones amigos y magos sabios que protegían el barrio.
Una tarde, mientras Luna dibujaba una enorme mariposa azul que parecía querer volar de la acera, Mateo y Simón se acercaron para observarla. Pero entonces, los tres miraron hacia el parque del barrio y se quedaron en silencio. Algo iba mal. Allí, donde horas antes habían corrido y jugado felices, el ambiente estaba triste. La hierba estaba cubierta de basura, las flores marchitas y opacas, y los columpios, antes relucientes y coloridos, estaban cubiertos de polvo y telarañas.
—¡Qué tristeza! —dijo Luna con una voz suave pero preocupada—. Este parque era nuestro lugar favorito para jugar y soñar. ¿Cómo pudo pasar esto?
—Mi mamá siempre dice que amar a Barranquilla no solo es quererla, sino también cuidarla —respondió Mateo, recordando las palabras de su madre, que a menudo le hablaba sobre la importancia de proteger la naturaleza y el barrio.
Simón, que nunca se quedaba quieto cuando una idea aparecía en su mente, dio un pequeño salto y exclamó con brillo en los ojos:
—¡Hagamos una brigada del amor por el barrio! Podemos limpiar el parque, pintar los juegos y convencer a todos los vecinos para que nos ayuden. ¡Así devolveremos la alegría a nuestro lugar!
Luna y Mateo sonrieron, contagiados por el entusiasmo de Simón. Sabían que no sería fácil, pero juntos podrían lograrlo. Rápidamente, corrieron a sus casas para tomar escobas, bolsas de basura, pintura y pinceles. No perdían tiempo porque querían comenzar cuanto antes.
Cuando llegaron al parque con todas sus herramientas, se pusieron a trabajar con mucha energía. Primero, comenzaron a juntar la basura que estaba esparcida por todos lados. Encontraron papeles, botellas y hasta una lata vieja, que pensaron que había sido olvidada por alguien que no amaba el barrio tanto como ellos. Con cuidado, dieron cada paso y animaban a los demás niños que se acercaban a unirse.
Poco a poco, más vecinos salieron de sus casas al ver el esfuerzo de los tres amigos. La señora Carmen, una mujer mayor y muy amable que siempre hablaba con cariño de cómo era el barrio en sus tiempos, llegó con una cubeta de agua y jabón para limpiar los bancos.
—Recuerdo cuando este parque estaba lleno de juegos y flores —dijo la señora Carmen mientras frotaba con una esponja—. Si todos colaboramos, podemos hacer que vuelva a ser así.
Don Raúl, el carnicero del barrio, llegó con brochas y pintura fresca para darle color a los bancos y a los juegos. Mientras pintaba, contaba a los niños historias de un cuento clásico que su abuela le había contado sobre un mago que vivía en un bosque encantado y cuidaba a todos los animales.
Los niños decidieron decorar también las paredes cercanas al parque con dibujos llenos de vida: mariposas, soles sonrientes, árboles verdes y hasta un arcoíris gigantesco que parecía querer tocar el cielo. Luna, con sus tizas y pinceles, fue la encargada de guiar a todos para que los dibujos tuvieran magia y alegría.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.