Cuentos Clásicos

La Última Luz de Lyra

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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En un reino mágico, donde los árboles susurraban secretos y los ríos cantaban melodías, vivía una hada llamada Lyra. Ella era conocida por su hermoso brillo y sus alas que resplandecían como el sol al amanecer. Tenía un don especial: la capacidad de aliviar el sufrimiento de quienes estaban cerca de partir de este mundo, permitiéndoles disfrutar de su último tiempo sin dolor.

Un día, en un pequeño pueblo al borde del bosque encantado, vivían dos amigos, Clara y Ciro. Clara era una niña de cabello largo y oscuro, siempre llena de preguntas y curiosidad. Ciro, su mejor amigo, era un niño de ojos brillantes y corazón noble. Juntos, exploraban cada rincón del bosque, soñando con aventuras y secretos. Pero un día, Clara llegó a casa con una expresión triste en su rostro.

“¿Qué te pasa, Clara?”, preguntó Ciro, preocupado. “He estado pensando en la abuela. Ella está enferma y los médicos dicen que no le queda mucho tiempo”, respondió Clara, con lágrimas en los ojos. Ciro sintió un nudo en el estómago. “No sabía que estaba tan mal. Lo siento mucho, Clara”.

Clara asintió, y juntos decidieron que debían hacer algo para ayudar a la abuela. “Quizás deberíamos ir a buscar a Lyra. He escuchado que puede hacer cosas mágicas”, sugirió Ciro, recordando las historias que habían oído sobre el hada. Clara se iluminó. “¡Sí! Si alguien puede ayudar a mi abuela, es ella”.

Así que, al día siguiente, Clara y Ciro se adentraron en el bosque, siguiendo el camino de flores que conducía a la casa de Lyra. Mientras caminaban, los pájaros cantaban, y las mariposas danzaban a su alrededor. “Espero que Lyra esté en casa”, dijo Ciro, sintiendo un poco de nerviosismo.

Cuando llegaron a un claro donde el sol brillaba con fuerza, encontraron a Lyra sentada sobre una flor gigante, sonriendo mientras jugaba con la luz. “¡Hola, niños! ¿Qué los trae por aquí?”, preguntó, con una voz suave como el viento. Clara, con el corazón latiendo rápido, explicó la situación de su abuela y cómo deseaban que estuviera más cómoda en sus últimos días.

Lyra escuchó atentamente y, al final, sonrió. “Puedo ayudar, pero hay algo que deben entender. Aliviar el sufrimiento es un don que no se toma a la ligera. ¿Están seguros de que quieren esto para su abuela?”, preguntó, con una mirada sabia.

Clara asintió firmemente. “Sí, queremos que esté feliz y sin dolor. Lo que más deseo es que pueda disfrutar de su tiempo con nosotros”. Ciro también tomó valor y dijo: “Nosotros la queremos mucho. Haremos lo que sea necesario”.

Lyra sonrió cálidamente. “Entonces, les daré a su abuela tres meses de felicidad, donde no sentirá ningún dolor. Pero al final de esos tres meses, deberá partir”, explicó el hada. Clara sintió una punzada en el corazón, pero sabía que era lo mejor para su abuela. “Está bien. Queremos que ella esté en paz”, respondió.

Lyra levantó su varita mágica y, con un suave movimiento, brilló como mil estrellas. “Recen por ella cada noche, y ella sentirá su amor. Estaré cerca para guiarla”, dijo mientras una luz dorada rodeaba a Clara y Ciro.

Al regresar a casa, Clara y Ciro sintieron una mezcla de esperanza y tristeza. Cuando llegaron a la casa de Clara, encontraron a su abuela sentada en su sillón favorito, sonriendo débilmente. “Hola, mis amores”, dijo la abuela. Clara se acercó y la abrazó con fuerza. “Te hemos extrañado tanto”, dijo Clara, sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas.

A partir de ese día, la abuela comenzó a sentirse mejor. Gracias a la magia de Lyra, podía disfrutar de sus momentos con Clara y Ciro sin dolor. Ellos jugaban, reían y compartían historias. Cada día era un regalo. Los tres amigos pasaban las tardes en el jardín, rodeados de flores y risas. La abuela les contaba cuentos de su infancia, llenos de aventuras y sueños.

Con el paso del tiempo, Clara y Ciro empezaron a notar que, aunque la abuela parecía feliz, la tristeza también se instalaba en sus corazones. Sabían que el tiempo se estaba agotando, y aunque querían que esos días duraran para siempre, entendían que había un final inevitable. Las noches se volvieron momentos de reflexión. “¿Qué pasará después de que se acaben los tres meses?”, preguntó Ciro, con voz temblorosa.

“No lo sé”, respondió Clara. “Pero sé que debemos hacer que cada día cuente”. Así que decidieron hacer cosas especiales. Organizaron un día de picnic, un día de cuentos y otro de juegos. Se reían y disfrutaban cada momento, pero siempre había un pequeño susurro de tristeza que los seguía.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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