Alfonso tenía catorce años cuando dejó atrás su pequeño pueblo en Europa, un lugar donde la sombra de la persecución se había vuelto demasiado oscura para soportarla. Junto a sus padres, decidió emprender un viaje hacia un horizonte desconocido, buscando una vida nueva, un lugar donde su familia pudiera vivir con libertad y tranquilidad, sin miedo a ser juzgados por sus creencias y tradiciones judías. El barco que los llevó cruzó océanos y días enteros bajo el sol y la lluvia, hasta que finalmente llegaron a Argentina, un país vasto y lleno de promesas. Allí, en la provincia de Entre Ríos, comenzó la historia de Alfonso, donde no solo encontró un lugar para vivir, sino también un amor que le cambiaría la vida y, junto a otros inmigrantes judíos, fue parte de la fundación de un pueblo llamado Ubajay.
Desde que el barco tocó las costas argentinas, Alfonso sintió algo diferente en el aire. La gente que bajaba en el puerto no siempre era como ellos, pero compartían historias parecidas: dejar atrás tierras difíciles, buscar paz y nuevas oportunidades. Entre esas personas, muchas eran judíos que, como ellos, contaban con esperanza y valentía su deseo de comenzar de nuevo.
De Buenos Aires, donde llegaron primero, el viaje continuó hacia el interior, hacia Entre Ríos. Subieron al tren que partía desde la estación conocida como Estación Ubajay. Este lugar, entonces un simple apeadero, se convirtió en una puerta que abrió caminos a cientos de familias inmigrantes judías. Alfonso miraba por la ventana del vagón y veía el paisaje cambiar: las vastas pampas de Argentina se extendían como un mar verde y dorado, prometiendo tierra fértil y un futuro digno.
Al llegar a la Estación Ubajay, Alfonso descendió junto a sus padres, con una mezcla de emoción y nervios. No había calles firmes ni edificios altos, solo un camino de tierra y algunos ranchos dispersos. Pero para Alfonso y su familia, ese lugar significaba esperanza. Allí, cada hoja, cada planta y cada charco reflejaban la posibilidad de crear un hogar.
Pronto se encontraron con otros inmigrantes. Entre ellos, destacó Sara, una joven de ojos negros y sonrisa brillante. También venía de Europa, y su familia había decidido establecerse en aquella tierra lejana para no temer más a los odios y persecuciones. Sara era amiga de todos, pero sus ojos brillaban cuando miraban a Alfonso, y Alfonso, tímido pero sincero, sentía que había encontrado un tesoro además de la tierra.
Alfonso y Sara se hicieron amigos para empezar, compartiendo historias, jugando en los campos y planificando juntos el futuro. Les encantaba imaginar cómo sería aquel lugar en unos años: con casas, escuelas, una sinagoga, caminos para que otros viajeros pudieran venir y quedarse en paz.
Los días transcurrían entre el trabajo duro y el aprendizaje. Las familias judías trajeron sus tradiciones, sus productos, sus canciones y sus comidas. Cultivaban la tierra, sembraban trigo, maíz, y, sobre todo, esperanza. Alfonso recordaba cómo su padre les enseñaba a leer textos hebreos en la pequeña biblioteca improvisada que tenían, mientras Sara ayudaba a su madre a preparar pan dulce y kjebí (una empanada especial que les recordaba a sus raíces).
Cada vez más familias llegaban, y con cada una, el pequeño asentamiento de Ubajay crecía. Construyeron casas de madera, organizaron celebraciones y fundaron una escuela para que los niños pudieran aprender tanto la cultura argentina como sus propias tradiciones. La Estación Ubajay se fue convirtiendo en un punto más importante, un lugar donde los trenes que conectaban a toda la región traían no solo personas, sino sueños y futuro.
Sara y Alfonso pasaban mucho tiempo juntos ayudando a sus familias, pero también se tomaban un instante para imaginar qué sentido tenía todo aquello. “Estamos haciendo un lugar para vivir, no solo para nosotros”, le dijo una vez Alfonso a Sara. “Para todos los que vendrán después, para que nunca tengan que sentir miedo.” Sara asintió, segura de que ese era el verdadero regalo que les daba aquella tierra.
La vida en Ubajay no era sencilla. A veces, las lluvias eran tan fuertes que anegaban los caminos, y el viento parecía querer borrar cada huella de la pequeña comunidad. Pero la unión de todos hacía que el pueblo resistiera. Alfonso vio cómo las familias se apoyaban mutuamente, compartían alimentos, y cuidaban de los enfermos. Aquel lugar era más que tierra y casas; era un hogar construido con amor, tolerancia y trabajo.
Un día, mientras caminaban cerca del río que bordeaba el pueblo, Alfonso y Sara hablaron sobre lo que habían dejado atrás y lo que querían para el futuro. “Me gustaría que nuestros hijos crezcan sin miedo”, dijo Sara, mirando al agua. “Que sepan quiénes son y se sientan orgullosos de sus raíces.”
“Y que aprendan a respetar a todos”, agregó Alfonso. “Porque esta tierra es para todos, y aquí los sueños deben ser libres.”
Con el paso de los años, Ubajay se convirtió en un ejemplo de convivencia y comunidad. Los judíos que habían llegado primero plantaron no solo sus hogares, sino también semillas de justicia y amistad. La escuela creció, la sinagoga se levantó con sus cúpulas pintadas de colores y las calles se llenaron de voces de niños que corrían y jugaban.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Gran Final de Fútbol: La Aventura de Pedro y Ronaldo
Coralain y la Bandera del Perú
El Nuevo Comienzo de Jorge
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.