José tenía tres años y hoy era un día muy especial. Iba a ir de excursión a la granja con su familia. Se levantó temprano, se puso sus zapatos cómodos y su gorra favorita, porque hacía sol. Su mamá, Luisa, y su papá, José —que, aunque se llamaba como él, le decían “Papá José” para que no se confundieran— ya estaban listos. También venía su prima Miki, que tenía cinco años y siempre sabía cómo ayudar. Su abuela Carmina también los acompañaba, sonriendo feliz y con una cesta para recoger huevos.
Cuando llegaron a la granja, José quedó muy emocionado. La granja era grande, con árboles altos, flores de muchos colores y un montón de animales. La familia bajó del autobús amarillo que los había traído desde Murcia. ¡Qué divertido había sido subirse a ese autobús ruidoso y amarillo!
Lo primero que hizo José fue correr a saludar a los animales. “¡Hola, vaca!” dijo José, y la vaca respondió con un “Muuu, muuu”. José rió y repitió la palabra. “¡Hola, pato!” llamó, y el pato le contestó “Cuac, cuac” mientras nadaba en el agua.
Luego se acercó al cerdito. “¡Hola, cerdito!” dijo José, y el cerdito chilló “Oink, oink” mientras movía su cola. José llevó la mano para darle de comer un poco de maíz que le habían dado en la granja, y el cerdito comió feliz.
Después llegó a las gallinas. “¡Hola, gallinas!” dijo José, y las gallinas pusieron un “Cloc, cloc” mientras picoteaban. José puso un poco de maíz en sus manos y las gallinas vinieron corriendo a comer.
Todo iba muy bien. José estaba contento de ver tantos animales y de poder tocarlos. Entonces, la familia caminó hacia un corral donde había un caballo grande y fuerte.
“¡Hola, caballo!” saludó José, pero el caballo no respondió. Al contrario, se asustó, movió las orejas rápido y se escondió detrás del granero. José estiró la mano para acercarse, pero el caballo se alejó más, asustado. José sintió que algo no estaba bien. Quiso ver al caballo, pero el caballo no quería ver a José. Poco a poco, José se puso triste, frunció el ceño y se le formaron lágrimas en los ojos.
“¿Por qué lloras, José?” preguntó su mamá, Luisa, mientras lo abrazaba.
“No puedo acariciar al caballo. Él tiene miedo de mí”, dijo José, sollozando.
Entonces, Miki se acercó y le dijo con una voz tranquila: “José, el caballo tiene miedo. No sabe que tú quieres ser su amigo. Por eso se esconde. Si esperamos y nos acercamos despacio, lo conocerá y verá que no le queremos hacer daño”.
José secó sus lágrimas y miró a Miki. “¿De verdad funciona?” preguntó con esperanza.
“Claro que sí. Ven conmigo”, dijo Miki, tomándolo de la mano.
Los dos se sentaron en el suelo, unos pasos lejos del corral. Esperaron sin hacer ruidos. Mientras esperaban, Miki le explicó a José que los animales pueden asustarse si se hacen movimientos rápidos o gritos fuertes. “Hay que ser pacientes”, le dijo.
Después de unos minutos, el caballo asomó su cabeza lentamente. José respiró profundo y se acercó despacito, con la mano abierta y bajita. El caballo olió la mano de José y luego movió la oreja suavemente. José sonrió, y poco a poco pudo acariciar la cabeza del caballo. ¡Qué feliz se sintió!
Luisa, Papá José y la abuela Carmina aplaudieron felices. “Muy bien, José”, dijeron todos juntos. “Has aprendido a ser paciente con los animales”.
Después de ese momento tan bonito, la familia siguió con la excursión. Ahora todos juntos fueron a la zona de las ovejas. “Hola, ovejitas”, saludó José. Las ovejas dijeron “Bee, bee” y vinieron corriendo a comer pasto.
Carmina sacó de la cesta algo de pan para compartir y enseñó a José a dar pedacitos a las ovejas sin asustarlas. José repitió y se sintió como un niño grande que ya sabía cuidar y respetar a los animales.
Miki también ayudó a recoger huevos de las gallinas. “Mira, José, cómo son los huevos de colores marrón y blanco”, dijo con una sonrisa.
Llegó la hora de comer. Todos se sentaron en una mesa de picnic debajo de un árbol grande y fresco. La mamá Luisa sacó bocadillos, frutas y una botella de zumo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.