En un pequeño y apacible pueblo rodeado de altas montañas y verdes valles, vivía un humilde y bondadoso cortador de bambú llamado Taketori no Okina. Él y su esposa habían llevado una vida sencilla, llena de trabajo duro y amor mutuo, cultivando su parcela de tierra y cortando bambú para venderlo en el mercado. A pesar de su modesta existencia, su hogar siempre estaba lleno de risas y cariño.
Un día, mientras Taketori caminaba por el bosque en busca de cañas de bambú, encontró algo inesperado. Entre los tallos dorados brillaba una luz suave y plateada. Al acercarse con cuidado, vio que aquella luz provenía del interior de un gigantesco tallo de bambú. Para su sorpresa, dentro había una pequeña y hermosa niña, tan diminuta como un pulgar, envuelta en un delicado vestido brillante que parecía hecho de la luz de la luna misma. La niña emitía una calma especial, una paz que reconfortaba el corazón. Impresionado y conmovido, Taketori la llevó a casa y la presentó a su esposa.
Ambos cuidaron de la pequeña con ternura, y día tras día ella fue creciendo, aunque de manera demasiado rápida para lo normal. La pareja decidió llamarla Kaguya, que significa “resplandor brillante,” pues parecía iluminar todo a su alrededor con su presencia. Kaguya-Hime, como luego la llamarían, era una niña especial, no sólo por su belleza, sino por la luz mágica que parecía emanar de sus ojos y su sonrisa.
Con cada año que pasaba, Kaguya-Hime crecía en belleza y gracia. Su cabello era tan negro y sedoso como la noche sin luna, y su piel tan blanca y suave como el más fino pergamino. Cuando caminaba, parecía flotar ligeramente, y todos en el pueblo se maravillaban ante su figura etérea y fresca como la brisa de la mañana. Su voz era dulce como el canto de los pájaros al amanecer, y ella siempre llevaba consigo una sonrisa que iluminaba incluso los días más nublados.
La fama de Kaguya-Hime se extendió rápidamente por toda la región, y muchas personas viajaban desde lejos sólo para verla. Pronto, no sólo aldeanos, sino también nobles y senhores poderosos oyeron hablar de la maravillosa joven que vivía en el hogar del cortador de bambú. Mientras tanto, Kaguya-Hime vivía feliz al lado del hombre que la había encontrado y de su esposa, quienes la amaban como si fuera su propia hija.
Con el paso del tiempo, muchos jovencitos ricos y valientes comenzaron a pedir la mano de Kaguya-Hime en matrimonio. Entre ellos había príncipes, guerreros ilustres, y hombres de gran poder y fortuna. Sin embargo, la princesa no buscaba una vida común: ella sabía en su corazón que provenía de un lugar muy diferente al mundo de los humanos, y que su destino no era quedarse en la Tierra para siempre. Por eso, cuando los pretendientes llegaban a su casa, ella les imponía pruebas difíciles y casi imposibles de vencer, con la esperanza de que ninguno lograra conquistarla y así evitar atarse a la vida terrenal.
Un día, apareció un joven príncipe, orgulloso y seguro de sí mismo, que deseaba casarse con Kaguya-Hime y traerla a su reino. Para ganar su amor, Kaguya-Hime le propuso una tarea que parecía extraída de un sueño o de una historia fantástica: debía traerle el manto de fuego celestial, tejido con las alas del legendario fénix que volaba sobre las montañas más lejanas y peligrosas. El príncipe partió con valentía, pero aunque enfrentó peligros maravillosos y batallas difíciles, jamás pudo encontrar aquel manto brillante, pues se decía que sólo existía en las leyendas.
Otro pretendiente más, quizás un señor guerrero, llegó con la esperanza de ganar a la princesa. Kaguya-Hime le pidió el colgante de cristal de la diosa del mar, que caía y se perdía en las profundidades del océano donde ningún hombre podía respirar. El guerrero intentó invocar barcos y buscar en los arrecifes, sumergiéndose en las aguas eternas, pero no pudo cumplir con aquella tarea extraordinaria.
Los desafíos continuaban, y con cada prueba que les daba, Kaguya-Hime demostraba que no podía pertenecer al mundo de los humanos, pues sus deseos eran muy distintos a los de las personas a su alrededor. A pesar de lo mucho que amaba a su familia terrestre y de la felicidad que sentía junto a ellos, dentro de su alma sabía que su origen no era en la Tierra.
Un día, el mismísimo Emperador de Japón, enterado de la fama y belleza de Kaguya-Hime, decidió visitarla en secreto para pedirle matrimonio. Envió regalos exquisitos, joyas y poemas escritos con tinta de oro, y en persona le declaró su amor y deseos de tenerla como esposa imperial. Sin embargo, Kaguya-Hime, con una expresión serena y triste, le explicó que aunque agradecía su bondad y respeto, no podía quedarse en la Tierra. Su corazón estaba ligado a un lugar mucho más lejano y misterioso que el mundo que él gobernaba.
Lo que Kaguya-Hime ocultaba durante todo el tiempo era la verdad: ella era una princesa de la Luna, enviada a la Tierra por razones que ni siquiera ella comprendía del todo. La luz plateada de la luna llenaba su ser y guiaba su destino. Su estancia en la Tierra era temporal, un sueño dulce pero pasajero que le ofrecía amor y calor humano, pero no podía quedarse para siempre.
Una noche iluminada por una luna llena y brillante, cuando todas las estrellas parecían brillar con más fuerza, comenzaron a aparecer en el cielo unos visitantes inusuales: seres luminosos y celestiales descendiendo del firmamento, rodeados de un resplandor puro y tranquilo. Eran los emisarios de la Luna, enviados para llevar de vuelta a Kaguya-Hime a su lugar verdadero.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.