Cuentos de Fantasía

Urikohime, la princesa del melón flotante

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo al pie de unas altas y antiguas montañas japonesas, vivía un anciano y su esposa. Eran humildes, amables y vivían con lo justo, pues no tenían hijos que hicieran sonar risas en su casa ni llenaran sus días de juegos y sorpresas. A pesar de su pobreza, siempre encontraban razones para sonreír y ayudar a sus vecinos, quienes los querían mucho por su buen corazón.

Una fresca mañana, cuando el sol apenas despuntaba y el rocío aún brillaba en las hojas como pequeñas joyas, la anciana bajó al río que serpenteaba cerca del pueblo para lavar la ropa. El agua corría cristalina, reflejando el cielo azul y los árboles que la rodeaban. Mientras frotaba suavemente una sábana vieja contra una piedra grande y redonda, algo llamó su atención doblando la curva del río. Lo que apareció flotando fue algo fuera de lo común: era un gran melón que se mecía con la corriente del agua.

La señora se sorprendió, pues ningún melón que ella hubiera visto antes era tan enorme ni tan pesado. Parecía pálido bajo la luz del sol, como si viniera de otro mundo. El melón flotaba lento, casi cansado, hasta que golpeó contra las rodillas de la anciana. Sin pensarlo dos veces, la tomó con cuidado entre sus brazos y volvió a casa. Al llegar, el anciano la vio con una sonrisa llena de emoción. Hacía mucho tiempo que no comían melón, y aunque tenían hambre, ambos contemplaban con asombro aquella fruta tan grandiosa que parecía traer algo mágico consigo.

Colocaron el melón en el suelo y lo miraron durante un buen rato. El anciano, curioso, tomó su cuchillo y comenzó a cortar el melón con cuidado. Para su sorpresa, al abrirlo no encontraron solo frutas jugosas y dulces, sino a una pequeña bebé recién nacida, acurrucada y dormida dentro del melón.

Los ojos de la pareja se llenaron de lágrimas, de alegría y sorpresa, y sin dudarlo la llamaron Urikohime, que significa “la princesa del melón”. Sintieron que ese pequeño ser era un regalo del río, un milagro que llenaría su vida de luz y alegría. Así la criaron con todo el amor que tenían, como si fuera su propia hija, enseñándole a respetar la naturaleza, a ser amable y a ser fuerte como las montañas que los protegían.

Con el paso de los años, Urikohime creció hasta convertirse en una joven hermosa y dulce, de veinticinco años, tal como si el tiempo hubiera decidido que ella debía ser eterna en la alegría. Sus cabellos negros brillaban como la noche estrellada y sus ojos parecían reflejar la serenidad del río que un día la había traído. Pero no solo era hermosa por fuera; su corazón era bondadoso y amable, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitaba.

Además, Urikohime tenía un don especial: sabía tejer como nadie en el pueblo. Su telar era mágico, pues la tela que salía de él era tan fina y delicada que parecía hecha de hilos de luz y sueños. No era raro ver a personas de pueblos lejanos llegar atraídos por la fama de aquella joven tejedora que creaba telas que parecían contar historias sin palabras. Sus manos, ágiles y suaves, daban vida al hilo y le tallaban formas que nadie podría imaginar, desde flores que nunca se marchitaban hasta nubes que parecían hechas de seda.

Un día, llegó al pueblo un joven príncipe de una nación cercana. Su nombre era Haruto, y había oído leyendas de la princesa del melón y su prodigioso arte para tejer. Curioso y fascinado, decidió conocer a Urikohime. El príncipe no solo admiraba su talento, sino que quedó encantado con su manera de ser, con la dulzura que irradiaba y la sabiduría en sus palabras.

Haruto y Urikohime comenzaron a pasar tiempo juntos, explorando los bosques cercanos, escuchando el canto de los pájaros y compartiendo risas bajo la sombra de los cerezos en flor. Con cada día que pasaba, su amistad se convirtió en algo más profundo: el amor floreció como la primavera en el corazón de ambos.

El pueblo entero celebró la noticia del compromiso, pues todos sabían que la unión entre la princesa del melón y el príncipe Haruto traería prosperidad y alegría. Prepararon la gran ceremonia con esmero, adornando cada rincón con flores silvestres y telas tejidas a mano por Urikohime, que brillaban con la luz del amanecer.

Sin embargo, aunque parecía todo perfecto, en la sombra, una presencia oscura comenzaba a gestarse. Desde lo profundo del bosque, una antigua y malvada bruja llamada Yureika observaba la felicidad que se avecinaba. Ella odiaba la pureza y la bondad que habitaban en la joven tejedora y deseaba arrebatarle toda la alegría para sumergir al reino en la tristeza y el miedo.

Yureika se acercó al pueblo una noche de luna llena, disfrazada de una anciana frágil. Tocó la puerta de la casa del anciano y la anciana, presentándose como una viajera cansada que necesitaba ayuda. Sin embargo, cuando entró, lanzó un hechizo que puso en peligro a Urikohime, llenándola de un sueño profundo del que nadie podía despertarla.

El anciano y la anciana, desesperados, pidieron ayuda a los sabios del reino, pero nadie sabía cómo romper el maleficio. Se escucharon suspiros tristes que recorrían el río y las montañas; parecía que la luz de Urikohime se apagaba poco a poco.

Entonces, llegó Haruto, decidido a salvar a la mujer que amaba. Recordó las historias que su abuelo le contaba cuando era niño, sobre la fuerza del amor verdadero y la luz que puede brillar incluso en la oscuridad más profunda. Gabinete en mano, se dirigió al río donde la princesa había llegado por primera vez a casa, y allí empezó a cantar una canción antigua, una melodía que hablaba de valentía, esperanza y sueños eternos.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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