Desperté con un dolor punzante en el costado y la boca más seca que un desierto. No recordaba exactamente cómo había terminado en esa casa, pero sabía que algo no estaba bien. Me levanté lentamente del sofá, que olía a una mezcla de pizza vieja y refresco derramado, y vi a mi amigo sentado frente al televisor, con una sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro.
«Buenos días, campeón», dijo con un tono burlón mientras encendía una consola nueva y brillante. Yo fruncí el ceño, sintiendo que algo estaba fuera de lugar.
«¿Qué pasó anoche?», pregunté, llevándome una mano al costado. El dolor seguía ahí, y cuando toqué, noté una venda extraña que cubría mi piel. Algo no estaba bien. «¿Qué es esto?», dije, señalando la venda.
Mi amigo, un tipo de 23 años con el pelo negro despeinado y una camiseta roja con rayas, se rió con una risa nerviosa. «Ah, eso… no te preocupes. Digamos que tuve que hacer un pequeño intercambio.»
«¿Intercambio?», repetí, tratando de mantener la calma. «¿Qué tipo de intercambio?»
«Bueno…», comenzó, evitando mirarme a los ojos, «¿recuerdas esa consola que siempre quise? La que es imposible de conseguir y cuesta una fortuna.»
«Sí…», respondí, temiendo lo que vendría después.
«Pues, resulta que vendí tu… eh… riñón para comprarla», dijo, riendo como si acabara de contar el mejor chiste del año.
Mi cerebro tardó unos segundos en procesar lo que acababa de escuchar. «¿Qué?», exclamé, sintiendo que el pánico empezaba a apoderarse de mí. «¿Me quitaste un riñón?»
Él levantó las manos como si no fuera gran cosa. «Tranquilo, solo necesitas uno para vivir. Además, ¡mira qué consola más genial!», dijo, señalando la consola como si eso fuera a hacer que me sintiera mejor.
Me quedé boquiabierto, sin poder creer lo que estaba escuchando. «¿Me quitaste un riñón… para comprar una consola?»
«Bueno, tú estabas dormido, no te ibas a dar cuenta», replicó, encogiéndose de hombros. «Y ahora podemos jugar toda la noche sin preocupaciones. ¡Es una ganga!»
Mi paciencia, que ya estaba colgando de un hilo, finalmente se rompió. «¡Eso no es una ganga, es una locura!» Grité, mientras me acercaba a él con las manos apretadas en puños.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.