En el bullicioso Hospital General de la Ciudad, tres mujeres trabajaban incansablemente, enfrentando desafíos diarios, con una sonrisa en sus rostros y un sentido del humor que iluminaba incluso los días más oscuros. Mariana, una médica alta con cabello rizado negro y gafas, era conocida por su risa contagiosa. Isabel, una enfermera de menor estatura con cabello rubio lacio, siempre llevaba un estetoscopio colgado al cuello y una actitud positiva. Priscila, con su cabello rojo recogido en una cola de caballo, se destacaba por su eficiencia y su habilidad para mantener todo en orden mientras sostenía su confiable clipboard.
Una mañana, el hospital estaba particularmente agitado. Había llegado una avalancha de pacientes debido a un extraño brote de resfriados veraniegos, y cada rincón del hospital estaba lleno de gente tosiendo y estornudando. Mariana entró al área de emergencias con su habitual energía, preparada para cualquier cosa que el día pudiera traerle.
—¡Buenos días, equipo! —saludó, ajustándose las gafas.
—¿Buenos? ¡Más bien caóticos! —respondió Isabel mientras trataba de encontrar una vena en el brazo de un paciente inquieto.
Priscila, que estaba organizando una pila de historias clínicas, levantó la vista y sonrió. —Al menos nos mantenemos ocupadas. ¿Qué sería de nosotras sin un poco de caos?
El primer paciente del día para Mariana fue un hombre mayor que insistía en que tenía una “rara enfermedad exótica” porque había estado viendo documentales de animales toda la noche y soñó que era mordido por una serpiente.
—Señor, solo tiene un resfriado muy común —explicó Mariana con paciencia, mientras le tomaba la temperatura.
—¿Estás segura? —insistió el hombre, tosiendo dramáticamente—. Podría ser algo mucho más grave.
—Estoy segura —aseguró Mariana—. Le recetaré algo para el resfriado y mucho descanso.
Mientras tanto, Isabel tenía sus propias dificultades en la sala de pediatría. Un niño de cinco años, que parecía tener una energía infinita a pesar de estar enfermo, se negaba a quedarse quieto para que ella pudiera revisarlo.
—¡Ven aquí, pequeño terremoto! —dijo Isabel, tratando de contener la risa mientras el niño corría alrededor de la sala.
Finalmente, Priscila llegó en su rescate. —Déjamelo a mí, Isabel. —Priscila tenía un don especial para calmar a los pacientes más pequeños. Se acercó al niño con una sonrisa y le mostró su clipboard—. ¿Quieres ayudarme a escribir en mi clipboard?
El niño se detuvo y miró el clipboard con curiosidad. —¿Puedo?
—¡Claro! —respondió Priscila, entregándole un bolígrafo. Con la ayuda del niño, Isabel finalmente pudo hacer su trabajo.
El día continuó con una serie de situaciones igualmente cómicas. Hubo un momento particularmente memorable cuando Mariana, tratando de demostrar cómo usar un inhalador, accidentalmente inhaló una nube de polvo de talco que alguien había dejado en la mesa.
—¡Esto no está en mi descripción de trabajo! —dijo, tosiendo, mientras Isabel y Priscila se reían a carcajadas.
En otro momento, Isabel tuvo que lidiar con un paciente que afirmaba tener una alergia severa a las agujas, pero que resultó ser simplemente un miedo irracional. Con mucha paciencia, Isabel lo convenció de que las vacunas eran necesarias y lo ayudó a superar su miedo, aunque no sin algunos gritos exagerados por parte del paciente.
Mientras tanto, Priscila se encontró atrapada en una situación insólita cuando un grupo de residentes médicos decidió que era una buena idea practicar vendajes en ella.
—¡Soy una enfermera, no una momia! —exclamó, luchando por liberarse de las capas de vendajes, lo que provocó risas de todos en la sala.
A pesar de las constantes interrupciones y el caos, el equipo de Mariana, Isabel y Priscila siempre encontraba la manera de hacer su trabajo con eficiencia y buen humor. Su camaradería y su capacidad para reírse de sí mismas eran su mayor fortaleza en medio de un ambiente tan estresante.
Un día, sin embargo, las cosas tomaron un giro inesperado. El hospital recibió la noticia de una inspección sorpresa. El rumor se extendió como un reguero de pólvora, y de repente, todos estaban corriendo de un lado a otro, tratando de asegurarse de que todo estuviera en orden.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.