Era una noche oscura y tranquila en el pequeño pueblo de Sonrisaville. Las estrellas brillaban en el cielo y la luna iluminaba suavemente las calles. En una de esas casas vivían dos amigos inseparables: Rodrigo y Raquel, conocidos por todos como Roco y Risa. Roco, con su cabello despeinado y su risa contagiosa, siempre estaba ideando travesuras. Risa, por otro lado, tenía una imaginación desbordante y una habilidad especial para encontrar el lado divertido de cualquier situación.
Esa noche, Roco y Risa se encontraban en el ático de la casa de Roco, el lugar perfecto para planear sus aventuras. Habían decidido quedarse hasta tarde para contar historias de miedo, aunque ambos sabían que preferían las risas a los sustos. Mientras acomodaban almohadas y sacaban su lámpara de linterna, escucharon un ruido extraño proveniente del pasillo.
«¿Escuchaste eso, Risa?» preguntó Roco, levantando una ceja.
«Sí, suena como si alguien estuviera caminando por el pasillo», respondió Risa, intentando no mostrar miedo.
Decididos a descubrir la fuente del ruido, bajaron al salón. La casa estaba en silencio, excepto por el sonido de sus propios pasos. Avanzaron cuidadosamente, con Roco liderando el camino y Risa siguiéndolo de cerca. De repente, una figura oscura apareció en el umbral de la puerta del comedor.
«¡Hola! ¿Quién está ahí?» exclamó Roco.
La figura no respondió, pero de repente comenzó a reírse de una manera muy particular, una risa que sonaba más como carcajadas que como un sonido aterrador. Risa no pudo evitar reír también, aunque su corazón latía rápido.
«Tal vez es solo el viento jugando un truco», sugirió Risa, intentando calmarse.
Pero antes de que pudieran reaccionar, la figura lanzó un pedazo de tela que se enredó en la lámpara, haciéndola girar y proyectar sombras danzantes en las paredes. Roco y Risa se miraron mutuamente, sin saber si reír o correr.
De repente, la lámpara cayó al suelo y las sombras desaparecieron. La figura también se desvaneció, dejando atrás una sensación de alivio mezclada con confusión.
«¡Vaya susto!», dijo Roco, soltando una carcajada nerviosa.
«Eso fue bastante extraño, pero también un poco divertido», añadió Risa, riendo.
Decidieron que era hora de regresar al ático y continuar con sus historias. Sin embargo, justo cuando subían las escaleras, escucharon otro ruido: esta vez, parecía que alguien estaba llamando su nombre.
«Roco… Risa…» decía una voz suave y melodiosa.
Ambos se detuvieron en seco. «¿Quién puede ser?» se preguntó Roco.
Risa, con su curiosidad habitual, sugirió: «Vamos a ver. Tal vez alguien necesita ayuda».
Bajaron nuevamente al salón y siguieron el sonido hasta llegar a la cocina. Allí, encontraron un pequeño ratón con un sombrero diminuto y un delantal limpio, parado junto a la mesa.
«Hola, soy Ricardo, el ratón de cocina», anunció el ratón con una sonrisa amigable. «Perdón por asustarlos. Solo quería compartir mi receta secreta de pastel de queso».
Roco y Risa se miraron sorprendidos pero aliviados. «¡Vaya! No esperaba encontrarte aquí, Ricardo», dijo Roco, riendo.
Risa agregó: «¡Y un ratón que cocina! Esto es increíble».
Ricardo sonrió ampliamente. «Sí, me encanta hornear. Pero últimamente, he tenido problemas para encontrar los ingredientes adecuados. ¿Podrían ayudarme a recolectar algunos?»
Entusiasmados por la nueva aventura, Roco y Risa aceptaron de inmediato. Ricardo los guió hacia el jardín trasero, donde crecían verduras y frutas frescas. Mientras recolectaban los ingredientes, Ricardo contó historias divertidas sobre sus experimentos culinarios y las travesuras que había hecho para obtener ingredientes especiales sin que los humanos lo notaran.
De repente, se dieron cuenta de que una de las zanahorias que Roco había agarrado estaba tirada en el suelo. Al inclinarse para recogerla, descubrieron que no era una zanahoria común, sino una zanahoria mágica que podía hablar.
«¡Hola! Soy Zanahoria Zuri, la más rápida del huerto», exclamó la zanahoria con una voz chispeante.
Risa, fascinada, preguntó: «¿Una zanahoria que habla? ¡Esto es increíble!»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.