Había una vez, una niña llamada Nelly. Tenía 8 años, y aunque era pequeña, su corazón estaba lleno de sueños grandes y aventuras por descubrir. Nelly siempre había escuchado hablar del circo, un lugar mágico donde todo parecía posible. A menudo, cuando cerraba los ojos antes de dormir, se imaginaba a sí misma rodeada de payasos coloridos, animales que hacían trucos sorprendentes, y artistas que volaban por los aires en trapecios. Pero había un problema: Nelly nunca había ido a un circo de verdad.
Una tarde, mientras Nelly jugaba en el jardín, su papá se acercó con una gran sonrisa en el rostro. Llevaba algo detrás de la espalda, pero no dejaba que Nelly lo viera.
—¡Tengo una sorpresa para ti! —dijo su papá emocionado.
Nelly lo miró con curiosidad, tratando de adivinar qué podría ser. Su papá sacó dos entradas brillantes de color dorado y las agitó en el aire.
—¡Vamos al Circo de las Maravillas esta noche!
Nelly sintió que su corazón daba un salto de emoción. ¡El Circo de las Maravillas! Había escuchado a sus amigos hablar de él en la escuela, pero nunca pensó que algún día iría. Era el circo más famoso de la ciudad, lleno de espectáculos increíbles y de momentos mágicos que nunca se olvidaban.
—¿De verdad? —preguntó Nelly, casi sin poder creerlo.
—¡Claro que sí! —respondió su papá con una sonrisa—. Hoy veremos juntos ese mundo mágico del que tanto has oído hablar.
Durante todo el camino al circo, Nelly no podía dejar de sonreír. Sus manos temblaban de emoción mientras sujetaba con fuerza la entrada. Cuando finalmente llegaron, lo primero que vio fue la gran carpa del circo, enorme y colorida, iluminada por luces que parpadeaban en todas direcciones. La música alegre llenaba el aire, y el sonido de las risas se mezclaba con el murmullo de la multitud que entraba emocionada.
Dentro de la carpa, el ambiente era aún más impresionante. Las luces brillaban en lo alto, como si fueran pequeñas estrellas dentro de la carpa, y los asientos estaban llenos de familias y niños como Nelly, esperando ansiosos a que comenzara el espectáculo.
—Papá, ¡es más bonito de lo que imaginé! —dijo Nelly mientras miraba a su alrededor con los ojos bien abiertos.
El sonido de los tambores anunció el inicio del espectáculo, y de repente, las luces se apagaron. Todo quedó en silencio por un instante, hasta que una voz profunda y alegre rompió el silencio.
—¡Damas y caballeros, bienvenidos al Circo de las Maravillas!
Era el Maestro de Ceremonias, un hombre alto y elegante, con un sombrero de copa y una capa que brillaba con cada movimiento. Su voz resonaba en todo el lugar, y cada palabra que decía llenaba a Nelly de emoción. El espectáculo estaba por comenzar.
El primer acto fue un desfile de animales maravillosos. Había elefantes que caminaban en fila, con sus enormes patas moviéndose con elegancia al ritmo de la música. Luego, leones que saltaron a través de aros de fuego, dejando a todos con la boca abierta. Pero lo que más impresionó a Nelly fue cuando apareció un grupo de caballos blancos, que corrían en círculos mientras un jinete los guiaba con delicadeza. Parecían bailar al compás de la música.
—¡Mira, papá! —exclamó Nelly—. ¡Son tan hermosos!
El siguiente acto fue uno de los más esperados por todos: los payasos. Estos personajes graciosos y divertidos llenaron la carpa de risas con sus ocurrencias. Uno de ellos intentaba montar una bicicleta que parecía demasiado pequeña para él, mientras que otro lanzaba tartas de crema a sus amigos, y cada vez que fallaban, el público estallaba en carcajadas.
Nelly no paraba de reír, sosteniéndose la barriga mientras las lágrimas de tanto reír caían por sus mejillas. Los payasos eran todo lo que había imaginado y más.
Pero el momento más impresionante llegó con los trapecistas. Desde lo alto de la carpa, un grupo de artistas volaba de un lado a otro, sosteniéndose solo de sus manos y piernas. Parecía que flotaban en el aire. Nelly observaba con el corazón latiendo rápido, temiendo que alguno pudiera caer, pero cada vez que uno de ellos saltaba, otro lo atrapaba con una precisión asombrosa.




Circo.