Había una vez una niña muy pequeña y curiosa llamada Nina. Nina vivía en una casita en la ciudad con su mamá y su papá. Todas las noches, cuando se acostaba en su camita, cerraba los ojos y soñaba con cosas maravillosas. Le encantaba imaginar mundos llenos de colores, juguetes y dulces.
Una noche, mientras se acurrucaba bajo su suave manta, Nina pensó: «¡Me gustaría visitar una casa hecha de dulces! Sería tan divertido vivir en un lugar así». Y así, mientras dormía profundamente, comenzó a soñar.
En su sueño, Nina se encontró caminando por un bosque mágico. Pero no era un bosque cualquiera. ¡No! Era un bosque lleno de caramelos. Las ramas de los árboles eran bastones de caramelo, las flores eran piruletas de colores, y había nubes de algodón de azúcar flotando en el cielo. Nina estaba tan emocionada que saltaba de un lado a otro, recogiendo pequeñas chucherías del suelo.
De repente, mientras caminaba, vio algo sorprendente a lo lejos. ¡Era una casa! Pero no era una casa normal. ¡Era una casa hecha de dulces! Las paredes eran de chocolate, las ventanas de caramelo y el techo estaba cubierto de galletas de jengibre. Había enormes bastones de caramelo en la puerta y un gran jardín lleno de gomitas de colores.
«¡Guau! ¡Es la casa de mis sueños!» dijo Nina emocionada, mientras corría hacia la puerta de la casa.
Nina entró en la casa y, para su sorpresa, estaba llena de más dulces. En la mesa había una fuente de chocolate derretido, y en las estanterías había frascos llenos de caramelos de todos los colores. Todo parecía tan perfecto que Nina no podía creerlo.
Pasó un buen rato explorando la casa, comiendo pequeños caramelos y sonriendo de felicidad. Pero, a medida que el día avanzaba, el cielo comenzó a oscurecer. Las estrellas empezaron a brillar en el cielo, y Nina sintió un leve escalofrío. «Es hora de salir», pensó, «no quiero quedarme aquí sola en la noche».
Cuando salió de la casa de dulces, notó que el bosque se había vuelto muy silencioso. Los pájaros, que antes volaban alegremente, ahora estaban posados en las ramas de los árboles, mirándola con ojos tristes. Sin pensarlo mucho, Nina, que a veces no sabía controlar sus emociones, empezó a asustar a los pobres pajaritos.
«¡Fuera de aquí, pajaritos!» gritaba Nina, sin darse cuenta de que los pajaritos no le habían hecho nada malo.
Los pajaritos volaron asustados, y Nina, al verlos huir, comenzó a sentir algo raro en su corazón. «¿Qué hice?», pensó, «no quería asustarlos. Ahora me siento mal.»
Justo en ese momento, mientras Nina se sentaba en el suelo pensando en lo que había hecho, una figura extraña apareció entre los árboles. Era una bruja llamada Solapa. Tenía una nariz larga y puntiaguda, y vestía una capa negra que arrastraba por el suelo.
«¡Hola, pequeña Nina!», dijo la bruja con una voz ronca, «¿Qué haces asustando a los pobres pajaritos?»
Nina se levantó rápidamente, sintiendo un escalofrío. «Yo… yo no quería. Fue un error», dijo con voz temblorosa.
Pero la bruja Solapa no parecía querer escuchar. «Ah, pequeña Nina, ahora te llevaré conmigo. Te convertiré en… ¡sopa!»
Nina gritó asustada: «¡Noooo! ¡Ayuda, ayuda! ¡Me lleva la Solapa!»
Mientras la bruja la agarraba con sus manos frías, Nina cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas que alguien la rescatara. ¡Y entonces sucedió algo increíble! De repente, el cielo se iluminó, y apareció un héroe volando entre las estrellas. Era Marco, el valiente superhéroe.
«¡No te preocupes, Nina! ¡Estoy aquí para salvarte!» gritó Marco, aterrizando frente a la bruja.
La bruja Solapa soltó a Nina de inmediato, asustada por el poder del superhéroe. «¡No puedes llevártela! ¡Es mía!» chilló la bruja.
«¡No, no lo es! Nina es una buena niña, y todos merecen una segunda oportunidad. No la convertirás en sopa,» dijo Marco con firmeza.
Con un rápido movimiento, Marco extendió su capa mágica, y un rayo de luz envolvió a la bruja. Solapa, sin saber qué hacer, desapareció entre las sombras del bosque, dejando a Nina y a Marco en paz.
Nina respiró aliviada y, con una gran sonrisa, le dijo a Marco: «¡Gracias por salvarme, Marco! Me porté mal con los pajaritos, pero ya no quiero asustarlos. Aprendí mi lección.»
Marco, sonriendo, le acarició la cabeza y le dijo: «Está bien, Nina. Todos cometemos errores, pero lo importante es aprender de ellos. Ahora, ¿quieres regresar a casa y tener dulces sueños?»
Nina asintió con una gran sonrisa. Marco la acompañó hasta la salida del bosque, donde el mundo real la esperaba. Antes de desaparecer entre las estrellas, Marco le dio un último consejo: «Recuerda, Nina, ser amable siempre es la mejor opción.»
Esa noche, Nina volvió a su cama, y mientras se acomodaba bajo su manta, pensó en todo lo que había sucedido en su sueño. Sabía que, a partir de ahora, trataría de ser más amable con todos, incluso con los pequeños pajaritos.
Y así, con una sonrisa en su rostro, Nina se quedó profundamente dormida, soñando con nuevas aventuras llenas de dulces y amigos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.