Un tiempo atrás, y les hablo de un larguísimo tiempo atrás, en un reino envuelto por nubes densas y montañas tan altas que parecían tocar el cielo, vivía una pequeña princesa llamada Irene. Tenía solo nueve años, pero en sus ojos brillaba la inocencia y la esperanza de un mundo mejor, aunque su destino parecía estar marcado por la tristeza y la soledad.
Irene no estaba en un alegre castillo rodeado de jardines ni disfrutando de las risas de sus amigos. Estaba atrapada en una torre muy, muy alta, tan imponente que las nubes parecían acariciar su punta más aguda. Esta torre no era una más de las muchas que adornaban los reinos cercanos; estaba encerrada entre extrañas máquinas complejas —ruedas que giraban sin descanso, engranajes oxidados, tubos que serpenteaban como serpientes— que funcionaban a base de sangre y miedo. Estas máquinas nunca debían fallar: sorbían del temor y la angustia, alimentándose invisible y silenciosamente de lo que nadie podía imaginar.
Por las ventanas de barrotes gruesos, la luz apenas se filtraba, cubriendo todo con un tenue brillo que hacía que la tristeza pareciera más profunda. Allí, en ese espacio frío y solitario, la pequeña princesa pasaba los días jugando con sus muñecas favoritas. Tenía muñecas con vestidos de encaje, otras con cabellos dorados y ojos pintados que parecían casi reales. Jugaba y fingía no tener miedo, porque sabía que debía aparentar valentía. Pero claro que tenía miedo. Muchísimo miedo. Necesitaba ser rescatada, deseaba con todo su corazón que alguien viniera a liberarla.
Las paredes de la torre susurraban en la noche, y la princesa escuchaba. Eran secretos antiguos que la hacían temblar y a la vez despertar una chispa en su pecho que la animaba a no perder la esperanza. La pequeña Irene lloraba en silencio, pidió ayuda al viento, a las estrellas, pero nadie escuchó sus plegarias. Aquel lugar parecía olvidar a quien habitaba en su interior. Y eso fue hace muchísimo tiempo, cuando la realidad parecía distante y las promesas se volvían ecos lejanos.
Pero entonces, ¿podrá algún día escapar Irene? ¿Podrá encontrar a sus caballeros, valientes y justos, que la rescaten del encierro de sombra y máquinas?
La torre donde estaba encerrada había sido construida por un antiguo hechicero llamado Maldrake, un hombre que odiaba la alegría y la luz. Maldrake era un hombre orgulloso y muy astuto, capaz de crear las máquinas más extrañas que usaban la fuerza vital de quienes habitaban en el reino para mantener su poder y dominio. Nadie se atrevía a desafiarlo, pues decían que su magia podía devorar el alma de cualquiera que se cruzase en su camino.
La princesa Irene, sin embargo, no era como todos. Tenía un espíritu fuerte, valiente y soñador. Cada día, mientras jugaba con sus muñecas, imaginaba que ellas cobraban vida y eran sus compañeras en una aventura para encontrar a sus rescatadores: los caballeros del Reino de Luz. Se llamaban Sir Cedric, Sir Anselmo y Lady Elara, tres guardianes valientes que cuidaban la paz y la justicia en las tierras lejanas. Ellos no solo eran expertos en la espada, sino también en los secretos de la magia buena, la que trae esperanza y amor.
En la torre, por las noches, mientras las máquinas crujían y susurraban, la princesa escuchó algo diferente. Un pequeño suspiro, un ruido suave que parecía venir de las paredes mismas. Al principio tuvo miedo, pero la curiosidad fue más fuerte. Se acercó a una ventana y vio una figura diminuta entre la niebla: era un hada pequeña y luminosa, que desprendía luz de colores brillantes tan cálidos como los rayos del sol.
—Hola, princesa Irene —dijo el hada con voz dulce—. Soy Lúmina, el hada guardiana de los bosques cercanos. He escuchado tus sufrimientos a través de la magia que se escapa de la torre, y vengo a ayudarte.
Irene no podía creer lo que veía y escuchaba. Su corazón palpitó fuerte, no solo por la emoción, sino porque ahora tenía esperanza real de ser salvada. Lúmina le sonrió, extendió una pequeña mano brillante y le habló sobre un secreto que nadie en el reino conocía: las máquinas de la torre podían ser detenidas solo con la fuerza del coraje y la amistad verdadera. Pero para lograrlo, necesitaría algo muy especial: encontrar un objeto escondido en lo profundo del bosque, llamado el “Corazón de Cristal”. Solo este amuleto podría romper las cadenas invisibles que alimentaban las máquinas malévolas.
—¿Y cómo puedo hacerlo? —preguntó Irene, sintiendo un brillo nuevo de valor en su voz.
—No puedes hacerlo sola —respondió Lúmina—, pero puedo ayudarte enviándote a tres amigos tuyos. Ellos son los caballeros que tanto has imaginado en tus juegos, y aunque crees que están lejos, están más cerca de lo que imaginas. Su fuerza no es solo física, sino también del corazón. Pero antes, debemos hablar con ellos, y ellos deben aceptarte e invitarte a su camino.
Dicho esto, Lúmina agitó un polvillo luminoso que formó un mapa alrededor de Irene, mostrándole el camino secreto para salir de la torre sin ser vista por las máquinas. Pero la torre ya conocía el plan: empezó a crujir con más fuerza, como si sintiera traición. Las ruedas y engranajes comenzaron a girar peligrosamente, y una voz oscura resonó en la torre:
—¡Nadie escapará de la torre de las sombras eternas!
Irene sintió miedo por un instante, pero el hada Lúmina le aseguró que no estaba sola. Con un salto y la fuerza de la esperanza, comenzó a seguir el mapa hacia una habitación que nunca había visto antes, un cuarto pequeño y lleno de polvo donde un anillo descansaba en una caja de cristal. Era el «Anillo del Valor», un regalo dejado para ella por su madre muchos años atrás, para protegerla en la oscuridad.
Tomó el anillo y, con el latido de su corazón acelerado, comenzó a buscar la salida. Usó el mapa que Lúmina le dio para caminar entre los pasillos estrechos llenos de máquinas extrañas y evitar cámaras llenas de agua secreta que amenazaban con atraparla. Sus muñecas quedaron quietas en la habitación, como si ellas comprendieran que la aventura verdadera comenzaba.




La Princesa real.