Había una vez, en un reino mágico muy lejano, un invierno tan crudo que el frío parecía querer detener el tiempo. La nieve cubría los árboles, las casas y los caminos con un manto blanco e infinito que brillaba bajo la suave luz del sol pálido de aquella época del año. En medio de aquel paisaje helado, se alzaba un majestuoso castillo de piedra blanca, cuyos altos torres y ventanas de cristal teñidas con colores iluminaban la noche estrellada. Allí vivía la bondadosa reina Irena, conocida por su paciencia y dulzura, una mujer que amaba los pequeños detalles de la vida.
Una tarde, mientras el viento gélido golpeaba las ventanas del castillo, la reina estaba sentada junto a uno de los grandes ventanales del ala este, bordando delicados hilos de oro y plata sobre un lienzo de terciopelo azul. Sus ojos se posaban a veces en los finos copos de nieve que caían lentamente, como plumas que el cielo depositaba sobre la tierra. De repente, uno de esos copos parecía desprenderse del resto y flotar suavemente hasta posarse en el alféizar, cerca de donde ella estaba. Tan absorta estaba en la belleza de aquella diminuta estrella helada, que sin querer, se pinchó con la aguja en uno de sus dedos. Un pequeño punto de sangre roja brilló contra la palidez de su piel delicada. Al ver aquel color tan intenso, la reina suspiró y con una mezcla de tristeza y esperanza se dijo a sí misma:
—¡Me encantaría tener una hija con una piel tan blanca como la nieve, unos labios tan rojos como la sangre, mejillas sonrosadas, ojos azules como el río cristalino que atraviesa nuestro reino y un cabello tan negro como el ébano que crece en los bosques del sur!
Ni bien terminó de pronunciar aquel deseo, el viento pareció susurrarle al oído una promesa. La reina sintió una calidez en su pecho que reemplazaba el frío invernal y se alegró pensando que su corazón aún albergaba sorpresas.
Pasaron los meses y, como por arte de magia, el deseo se cumplió. Nació una niña hermosa a quien llamaron Guinevere. Su piel era tan blanca que parecía hecha de nieve fresca, sus labios eran rojos como el más brillante rubí, sus mejillas tenían el rubor delicado de la manzana y sus grandes ojos azules reflejaban el cielo más puro. Su cabello negro y sedoso caía como una cascada entre sus pequeños hombros. Sin embargo, aquel milagro no fue gratuito, pues la Reina Irena, por la alegría de dar a luz a su hija tan anhelada, enfermó gravemente y murió poco tiempo después, dejando al castillo sumido en una tristeza profunda. El rey Edmundo, su esposo y padre de Guinevere, quedó desconsolado, pero con un amor inmenso por su única hija, prometió cuidarla y protegerla con todo su ser.
Desde el primer día, el rey se dedicó a criar a la princesa con ternura y sabiduría. Contrató a los mejores maestros y tutores del reino para que Guinevere aprendiera a leer, escribir, tocar instrumentos y conocer las ciencias y las artes. Pero, a pesar de la enseñanza formal, lo que hacía especial a la princesa era su inteligencia natural y su corazón lleno de bondad. Creció como una niña alegre, simpática y muy curiosa, que disfrutaba tanto de jugar en el jardín del castillo como de conversar con los artesanos o los campesinos que alguna vez visitaban el palacio para vender sus productos o contar historias.
Cuando Guinevere tenía nueve años, vivió un momento inolvidable. Una noche, después de un día lleno de juegos y aprendizaje, la princesa tuvo un sueño muy especial, un recuerdo que parecía venir de un tiempo lejano en el que no podía estar segura de si había existido o no. En ese sueño, la Reina Irena apareció ante ella, envuelta en un vestido plateado que reflejaba la luz de la luna, y la miraba con amor y ternura. La madre le hablaba con voz suave y cálida, diciéndole que, aunque no estaba allí físicamente, siempre estaría en su corazón y en el espíritu del reino, velando por ella desde una estrella brillante en el cielo. Al despertar, Guinevere sintió una paz profunda que la acompañó durante muchos días. Esa experiencia la ayudó a enfrentar con valentía la ausencia de su madre y a seguir adelante con esperanza.
Los años pasaron rápidamente. Guinevere creció y se convirtió en una joven mujer tan bella como lo había sido su madre en vida, pero con una personalidad aún más luminosa. A los 24 años, ella no solo era una princesa real por nacimiento, sino una princesa real por corazón. Siempre buscaba ayudar a quienes la rodeaban, y era amable con todos, desde el más humilde campesino hasta el consejero más sabio. Sabía escuchar como nadie y tenía una sabiduría que muchos envidiaban, aunque hacía todo lo posible por ser sencilla y cercana a su gente.
Una tarde de primavera, cuando los campos comenzaban a teñirse de verde y flores, Guinevere salió a pasear en los alrededores del castillo con su fiel amigo y confidente, un joven llamado Alaric, que era el hijo del herrero del pueblo vecino. Alaric había sido siempre el compañero de juegos y aventuras de la princesa; juntos exploraban los bosques, inventaban historias y aprendían las costumbres de animales y plantas. Aquella tarde, mientras caminaban por un sendero bordeado de flores silvestres, Guinevere compartió con Alaric un pensamiento que la rondaba desde hacía tiempo:
—A veces siento que hay cosas que debo descubrir más allá de este castillo, que mi destino es mayor que solo ser princesa aquí.
Alaric la miró con ojos sinceros y le respondió:
—Creo que tienes razón, Guinevere. El reino es hermoso, pero estoy seguro de que está lleno de misterios y aventuras esperando por ti. Quizá debas escuchar tu corazón y buscar lo que realmente te haga feliz.
Esa conversación quedó en sus corazones, y durante los días siguientes Guinevere comenzó a planear un viaje que la llevara a conocer el mundo más allá de las murallas del castillo. Su padre, el rey Edmundo, aunque preocupado por su seguridad, entendió el deseo de su hija y le permitió emprender aquella aventura, acompañada por Alaric y algunos guardias leales.
El viaje comenzó en plena primavera, cuando los árboles estaban en flor y el aire lleno de música y aromas de verano. Cruzaron bosques frondosos, ríos cristalinos y montañas cubiertas por nubes que parecían vagar como bandadas de aves. En cada lugar que visitaban, Guinevere escuchaba historias antiguas, leyendas de héroes y héroes, secretos de la naturaleza y enseñanzas de sabios aldeanos. Aprendió a montar a caballo como los mejores jinetes, a cuidar de los enfermos con hierbas medicinales y a respetar el equilibrio delicado del mundo que la rodeaba.
Durante esas aventuras, Guinevere comprendió algo muy importante: el deseo que su madre había formulado aquel invierno tan frío no solo se refería a su apariencia o a su belleza externa, sino al corazón que debía tener, capaz de brillar con la luz más pura igual que la nieve reflejaba el sol. Entre las personas a las que conocía en sus viajes, encontró amigos y amigas, enseñanzas y corazones nobles. También enfrentó desafíos que la hicieron más fuerte, pues en un reino tan vasto y diverso no todo era fácil ni justo.
Un día, al llegar a un pequeño pueblo montañoso, escucharon hablar de un anciano sabio que vivía en lo profundo de un bosque encantado, un hombre que poseía un libro antiguo con secretos para proteger la paz en cualquier reino. Guiados por la curiosidad y la esperanza de ayudar a su propio reino, Guinevere y sus compañeros fueron a buscarlo. Después de enfrentar pruebas de valor, paciencia y confianza, llegaron a la cabaña del sabio, un hombre de barba blanca y ojos que reflejaban la bondad del mundo.
El anciano les habló con voz pausada pero firme:
—Princesa Guinevere, en ti reside la fuerza de tu madre, la reina Irena. La pureza de tu corazón y la sabiduría que has acumulado en este viaje son las armas más poderosas para traer paz a tu hogar. Debes recordar siempre que la belleza verdadera no está en la apariencia ni en el poder, sino en la bondad, la valentía, la justicia y la capacidad de amar sin condiciones.
Con esas palabras, la princesa sintió cómo en su interior renacía una llama nueva, una luz que no dependía ni del invierno ni de la primavera, sino de la certeza de ser quien realmente quería ser. Regresó al castillo, acompañada por sus amigos y con un corazón lleno de sueños, pero también de compromisos y decisiones.
Al llegar, encontró a su padre, el rey Edmundo, envejecido pero orgulloso y feliz de ver a su hija convertida en la mujer que siempre había esperado. Juntos comenzaron a trabajar por la prosperidad del reino: Guinevere ayudaba a los necesitados, proponía leyes justas y promovía la educación y la cultura. Su reinado, que empezó durante aquella primavera de retorno, fue recordado por generaciones como un tiempo de paz, alegría y progreso.
La princesa nunca olvidó el deseo que su madre había tenido, ni el pinchazo con la aguja en un invierno lejano. Ese deseo fue más que un simple deseo; fue el primer paso para que el coraje, la bondad y el amor se convirtieran en la sonrisa y el corazón de Guinevere. Ella entendió que a veces los momentos más pequeños, como un copo de nieve o una gota de sangre, pueden cambiar el mundo entero cuando están llenos de esperanza.
Y así, en aquel reino mágico, la princesa Guinevere vivió feliz y amada, transformando el deseo del corazón en una historia eterna para todos los que la conocieron. Porque al final, la verdadera magia no estaba en los encantamientos, sino en el amor profundo y en la valentía de seguir el corazón.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.




La Princesa real.