Cuentos de Princesas

La Princesa de la Oscuridad y la Luz Eterna

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Había una vez, en el lejano Reino de Japón, donde las montañas se elevaban majestuosamente hacia el cielo y los ríos serpenteaban como hilos de plata bajo el sol, un lugar lleno de magia y misterios antiguos. Sin embargo, en este mundo donde la naturaleza se mostraba en todo su esplendor, también existía un pequeño y sorprendente reino vecino: un palacio imperial en China, lugar donde vivía el Emperador del Demonio, un ser envuelto en sombras y poder oscuro. A su lado, irradiando luz y ternura, estaba su querida esposa, la Emperatriz Shiana, una humana de corazón luminoso y bondadoso.

El amor entre ellos fue una chispa inesperada que rompió barreras y tradiciones. Aunque venían de mundos completamente distintos —él de la oscuridad y ella de la luz—, sus almas se encontraron y se enamoraron sin importar sus diferencias. Decidieron unirse para siempre y se casaron en una ceremonia llena de esperanza, donde la noche y el día parecían fundirse en un abrazo mágico.

Poco tiempo después, la Emperatriz Shiana quedó embarazada. Todos en el reino esperaban con ilusión la llegada de un hijo que uniera aún más esos dos mundos tan distintos. La felicidad llenaba los pasillos del palacio, y aunque el Emperador del Demonio era temido por muchos, la luz de su esposa había hecho que en su corazón naciera un deseo de protección y ternura que nunca antes había conocido.

Finalmente llegó el día más esperado: el nacimiento de la pequeña princesa imperial. Cuando Shiana dio a luz, miró a su esposo con ojos llenos de amor y le susurró con voz débil pero firme: “Ámala con todo tu corazón y cuídala con mucho amor”. No mucho después, Shiana perdió la vida, dejando un silencio profundo en el palacio y una tristeza inmensa en el corazón del Emperador. Pero su promesa seguía viva, y su hija, llamada Princesa Onari, nació como un ser de luz y sombra, mitad humana y mitad demonio.

Onari tenía unos ojos especiales, un destello rojo brillante como el fuego del infierno, que brillaban intensamente en la oscuridad. Su piel era suave, pero en su cabeza crecía un par de pequeños cuernos, como los Oni de las antiguas leyendas. Su caballo, un magnífico corcel negro como la noche más profunda, era su inseparable compañero. Desde entonces, el Emperador del Demonio cuidó a su hija con un amor inmenso, decidido a cumplir la promesa hecha a su esposa.

Cuando Onari tenía cinco años, era una niña alegre, divertida y traviesa. Amaba explorar los jardines del palacio y jugar con las criaturas mágicas que habitaban en los bosques cercanos. Su risa era contagiosa, y aunque a veces se asustaba cuando notaba la oscuridad en su interior, siempre encontraba la luz en las pequeñas cosas que la rodeaban. Aprendió a montar su caballo negro y a entender los susurros del viento entre los árboles, sintiendo que su corazón latía fuerte con la unión de esos dos mundos.

Pero a medida que fue creciendo, las cosas empezaron a cambiar. A los trece años, Onari se había convertido en una joven princesa, hermosa y enigmática, pero con un carácter rebelde y sarcástico que reflejaba el fuego que ardía en su interior. Era una adolescente nerd en el sentido que amaba estudiar historia, magia y las antiguas tradiciones de su reino, pero también se mostraba caprichosa y orgullosa, como si un demonio travieso hubiera despertado en su alma.

Un día, mientras exploraba la biblioteca secreta del palacio, descubrió un libro antiguo cubierto de polvo que hablaba sobre el fuego sangrado de la oscuridad, un poder que solo unos pocos podían controlar. Al leer las páginas con atención, Onari sintió que algo dentro de ella se despertaba. De pronto, una llama invisible comenzó a bailar en sus venas, y pudo sentir el calor ardiente de un fuego que provenía de lo más profundo de su ser.

Asustada pero intrigada, Onari decidió enfrentarse a ese poder para entenderlo y controlarlo. En las noches siguientes, practicaba en secreto, tratando de dominar esa llama que podía quemar y proteger al mismo tiempo. Su caballo negro, fiel y valiente, estaba siempre a su lado, como un guardián que nunca la abandonaría.

Sin embargo, no todo en la vida de Onari era fácil. En el palacio, algunos ministros y nobles temían su poder, pues desconfiaban del hijo del Emperador del Demonio. Se susurraban historias de antiguos conflictos y guerras, y algunos querían mantenerla alejada de cualquier responsabilidad. Pero la princesa sabía que su destino era distinto: debía unir ese fuego oscuro con la luz de su madre para traer paz y esperanza a su pueblo.

Un día, mientras paseaba por los jardines, Onari se encontró con un joven llamado Haru. Era un aprendiz de mago que había viajado desde las tierras lejanas para estudiar las artes mágicas del reino. Haru no tenía miedo de los cuernos ni de los ojos de Onari; al contrario, veía en ella algo especial y mágico. Pronto se hicieron amigos y compartieron sus inquietudes y sueños.

Haru le contó a Onari que en las leyendas antiguas se hablaba de una princesa que podía caminar entre la oscuridad y la luz y que solo ella podría salvar a ambos mundos de una gran amenaza que se acercaba. Al escuchar esto, Onari sintió una mezcla de miedo y responsabilidad. Sabía que esa misión era para ella, pero también comprendía que no podría lograrlo sola.

Con el tiempo, la relación entre Onari y Haru se fortaleció, y juntos comenzaron a entrenar para controlar mejor sus poderes y enfrentar cualquier peligro. Onari aprendió no solo a manejar el fuego sangrado de la oscuridad sino también a usar la luz que había heredado de su madre. Su corazón se convirtió en un puente entre el día y la noche, entre el amor y el coraje.

Pero la verdadera prueba llegó cuando una sombra oscura comenzó a extenderse por el reino. Una antigua criatura maligna, conocida como el Dragón de las Tinieblas, despertó y comenzó a amenazar la paz y la vida en los dos reinos. Sus llamas negras consumían todo a su paso, y parecía imparable. El Emperador del Demonio se preparó para luchar, pero sabía que la fuerza de la oscuridad era inmensa.

Onari, a pesar de su juventud, decidió enfrentar al Dragón. Sabía que el secreto para vencerlo estaba en unir la luz y la oscuridad dentro de sí misma. Junto con Haru y su fiel caballo negro, partió hacia la montaña más alta donde se ocultaba la criatura maldita. El viaje fue duro, lleno de pruebas que pusieron a prueba su valor, paciencia y fe.

Cuando finalmente llegaron a la cueva donde el Dragón dormía, Onari se paró frente a él con la mirada firme y el corazón lleno de amor y coraje. Recordó las palabras de su madre y el amor de su padre, y sintió cómo la luz y la oscuridad en su interior se unían para formar un fuego inquebrantable.

Con su poder, la princesa lanzó una llama brillante y oscura al mismo tiempo, que envolvió al Dragón. La bestia rugió y se retorció, pero aquel fuego mágico y puro la calmó y la transformó en una criatura de luz que protegería para siempre el reino y sus habitantes. La sombra que había amenazado ambos reinos desapareció, y la paz volvió a reinar.

De regreso en el palacio, Onari fue recibida con alegría y respeto, no solo por ser la hija del Emperador del Demonio, sino por haber demostrado que dentro de la oscuridad también existía luz, y que la verdadera fuerza venía de aceptar y amar toda parte de uno mismo. El Emperador sonrió orgulloso, sabiendo que su hija había cumplido la promesa de su madre y había unido para siempre el reino de la luz y la oscuridad.

Así, la princesa se convirtió en un símbolo de esperanza y valentía, recordándole a todos que el amor, el coraje y la comprensión pueden vencer incluso las diferencias más grandes. Onari siguió creciendo, explorando sus poderes y enseñando a otros que la verdadera magia nace cuando aprendemos a aceptar quienes somos, con nuestras luces y nuestras sombras.

Y así, en el lejano Reino de Japón, donde las montañas tocaban el cielo y los ríos brillaban como hilos de plata, la historia de la Princesa Onari se contó por generaciones, como un cuento eterno de amor, valentía y unión entre la oscuridad y la luz. Porque en cada corazón, incluso en el más oscuro, puede brillar una chispa de esperanza.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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