Había una vez, en un reino lleno de flores y árboles mágicos, una pequeña princesa llamada Patricia. Patricia era una niña dulce y alegre, con una hermosa tiara que brillaba con el sol y un vestido de colores vibrantes que la hacía ver como un arcoíris. Sin embargo, había algo que la entristecía: no le gustaba ir a la guardería.
Cada mañana, cuando el sol asomaba por la ventana de su habitación, su mamá entraba con una sonrisa. “¡Buenos días, mi pequeña princesa! Es hora de levantarse y prepararte para la guardería”, decía su mamá con una voz suave y cariñosa. Pero Patricia fruncía el ceño y decía: “No quiero ir a la guardería, mamá. Quiero quedarme aquí, en casa”.
Su madre, con mucha paciencia, le explicaba que la guardería era un lugar especial donde podía jugar con otros niños, aprender cosas nuevas y hacer amigos. Pero a Patricia no le importaba. Ella prefería quedarse en su habitación, rodeada de sus muñecas y cuentos de hadas.
Un día, su mamá decidió que era hora de hablar con la maestra de la guardería. La maestra era una mujer amable, con un gran corazón y siempre tenía una sonrisa para todos los niños. “No te preocupes, Patricia”, le dijo su madre mientras la llevaban a la guardería. “La maestra te ayudará a sentirte mejor”.
Cuando llegaron, Patricia vio que otros niños jugaban felices en el patio. Algunos corrían, otros se reían y todos parecían estar disfrutando. Pero a ella no le gustaba el bullicio. Se quedó agarrada de la mano de su mamá, sin moverse.
La maestra, al verla, se acercó rápidamente. “¡Hola, Patricia! Soy la maestra Ana, y estoy muy contenta de conocerte. ¿Te gustaría venir a jugar con nosotros?” Patricia miró a la maestra y luego a su mamá, que le sonreía.
“No sé si quiero jugar”, dijo Patricia con una voz pequeña.
“Eso está bien”, respondió la maestra Ana con ternura. “No hay prisa. Puedes quedarte con tu mamá un ratito más. Pero si alguna vez necesitas algo, aquí estoy para ayudarte”.
Patricia sintió un pequeño destello de esperanza. La maestra Ana era muy amable. “¿Puedo jugar con los bloques?” preguntó, mirando a un grupo de niños que apilaban coloridos bloques en el suelo.
“¡Claro que sí! Ven, te mostraré cómo hacerlo”, dijo la maestra, guiándola hacia el grupo. Patricia sintió que su corazón latía un poco más rápido mientras se acercaba. Al principio, fue un poco tímida, pero pronto se dio cuenta de que los otros niños también eran amigables.
Comenzó a jugar con los bloques y, poco a poco, se fue sintiendo más cómoda. Con cada bloque que colocaba, una sonrisa se dibujaba en su rostro. “Mira, estoy construyendo un castillo”, exclamó Patricia, orgullosa.
La maestra Ana aplaudió. “¡Eso es maravilloso, Patricia! Ese castillo es muy bonito. ¿Quieres que lo decoren con las banderas que hicimos ayer?” Patricia asintió emocionada.
Mientras decoraban el castillo con banderas de colores, Patricia olvidó que no quería estar en la guardería. Empezó a reír y a hablar con los otros niños, quienes la invitaron a jugar a otros juegos. Patricia sintió que estaba comenzando a disfrutar.
“¿Puedo venir mañana también?” preguntó Patricia a la maestra Ana, al ver que el día estaba llegando a su fin. La maestra sonrió. “Por supuesto, princesa. Aquí siempre serás bienvenida”.
Cuando llegó su mamá a buscarla, Patricia corrió hacia ella con una gran sonrisa. “¡Mamá, mamá! ¡Hice un castillo! ¡Y quiero volver mañana!” Su madre se sorprendió y abrazó a Patricia con alegría.
“¡Eso es maravilloso, Patricia! Estoy tan feliz de que te haya gustado. Sabía que la guardería sería divertida”, dijo su mamá, sintiendo un gran alivio.
Patricia y su mamá regresaron a casa, y durante el camino, Patricia no paraba de hablar sobre su día. “Y había otros niños, y todos jugaron conmigo. ¡El castillo fue muy divertido! Y la maestra Ana es tan amable”, dijo con entusiasmo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.