Era una oscura y tormentosa noche cuando Ryan, Marc, Marcus y Jack decidieron explorar la vieja mansión de los Thompson, una casa abandonada en las afueras de su ciudad. La mansión había estado vacía durante más de una década, y los rumores decían que estaba maldita. Los cuatro amigos, siempre en busca de aventura, no podían resistir la tentación de entrar.
La casa tenía un aire inquietante, con ventanas cubiertas de polvo y puertas que chirriaban al abrirse. Al entrar, una ráfaga de viento helado los recibió, haciendo que los cuatro se estremecieran. Ryan, el más valiente del grupo, lideró la marcha mientras Jack, el más miedoso, se quedó un paso atrás, aferrándose a su linterna como si su vida dependiera de ello.
“Vamos, no es más que una casa vieja”, dijo Ryan con una sonrisa confiada. “Seguro que solo hay polvo y telarañas”.
Marc, que siempre había sido un poco escéptico, levantó las cejas. “¿Y si hay algo más? ¿Algo… sobrenatural?”
“¡Por favor! No empieces con tus historias de terror”, respondió Marcus, riendo. Pero, en el fondo, todos sentían un escalofrío recorrerles la espalda.
La mansión estaba en un estado deplorable. Las paredes estaban cubiertas de manchas y los muebles, cubiertos de sábanas blancas, parecían fantasmas esperando ser despertados. El grupo decidió explorar el piso de abajo primero. Jack iluminaba el camino con su linterna, su luz bailando entre las sombras.
De repente, un ruido proveniente del piso de arriba hizo que todos se detuvieran en seco. Un estruendo resonó, como si algo o alguien hubiera caído. Ryan miró a sus amigos, y sus ojos se agrandaron de sorpresa.
“¿Oyeron eso?” preguntó, con la voz temblorosa.
“Claro que sí. Debemos ir a ver”, respondió Marcus, emocionado. “Tal vez haya alguien más aquí”.
“¿Qué tal si es un ladrón? O algo peor”, dijo Jack, ya más pálido de lo habitual. Pero la curiosidad de todos los superó el miedo, y decidieron subir las escaleras.
El segundo piso era más oscuro y polvoriento que el primero. Las puertas estaban cerradas, y el aire era pesado. Al llegar al final del pasillo, encontraron una puerta entreabierta que crujía. La luz de la linterna de Jack iluminó un cuarto que parecía haber sido el estudio del antiguo dueño.
En el centro de la habitación, había un viejo escritorio cubierto de papeles amarillentos y una silla volcada. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue una mancha oscura en el suelo. Se acercaron, y al ver más de cerca, Ryan se dio cuenta de que era sangre.
“Esto no es bueno”, murmuró Marc, su voz apenas un susurro.
“¿Qué hacemos ahora?” preguntó Jack, su voz temblando. “Debemos salir de aquí”.
“No. Necesitamos averiguar qué pasó”, insistió Ryan, decidido. “Si hay un asesino suelto, debemos reportarlo”.
Marcus miró alrededor, inquieto. “Tal vez no deberíamos haber venido aquí. Quizás deberíamos llamar a la policía”.
Justo en ese momento, un ruido fuerte procedente de la planta de abajo interrumpió su conversación. Todos se miraron, el pánico reflejado en sus rostros. Ryan respiró hondo y, sin pensarlo, se dirigió hacia la puerta.
“¡Esperen! No podemos separarnos”, gritó Jack, pero ya era demasiado tarde. Ryan salió al pasillo y comenzó a bajar las escaleras. Sus amigos lo siguieron de cerca, tratando de no dejar que el miedo los paralizara.
Cuando llegaron al primer piso, encontraron la puerta principal abierta de par en par. “¿Quién dejó la puerta abierta?” preguntó Marc, frunciendo el ceño.
“Eso no es bueno. Debemos salir, ya”, dijo Jack, temiendo lo que pudiera estar acechando en la oscuridad.
Pero justo cuando estaban a punto de cruzar el umbral, un grito desgarrador resonó en la casa. Era un grito que no podían ignorar. Ryan, decidido a ayudar, corrió hacia la dirección del sonido.
“¡Ryan, no!” gritaron sus amigos, pero él ya había desaparecido en la oscuridad.
Sin otra opción, los tres amigos se miraron y decidieron seguirlo. Con el corazón en la garganta, avanzaron por el pasillo oscuro, iluminando con la linterna todo lo que podían. El aire se volvió más frío a medida que se acercaban a una puerta que no habían notado antes.
Al abrirla, se encontraron en una habitación pequeña, con las paredes cubiertas de fotos antiguas. En el centro, un espejo grande y polvoriento reflejaba sus figuras temerosas. Pero lo que realmente les puso los pelos de punta fue la figura difusa que apareció detrás de ellos en el espejo.
“¡Miren!” gritó Marcus, retrocediendo.
Cuando se dieron la vuelta, no había nadie allí. Solo silencio. Pero el miedo ya había calado hondo en sus corazones. “Debemos encontrar a Ryan y salir de aquí”, dijo Marc, intentando mantener la calma.
“¡Ya es suficiente! Esto es una locura”, dijo Jack. “¿Y si hay un asesino suelto? No podemos quedarnos aquí”.
Justo cuando estaban a punto de salir, un sonido metálico resonó en la habitación. Era como el ruido de algo arrastrándose. Con el corazón en un puño, decidieron investigar. Abrieron la puerta que daba a un pasillo que se extendía más allá de la habitación.
A medida que avanzaban, comenzaron a escuchar murmullos. Era un susurro casi imperceptible, pero definitivamente había voces. Se miraron, preguntándose si estaban escuchando lo mismo.
“¿Qué es eso?” preguntó Marcus, su voz temblando.
“No lo sé, pero no me gusta”, respondió Jack, sintiendo cómo la piel se le erizaba.
Finalmente, llegaron a una habitación donde el ruido se intensificó. Con una mezcla de valentía y miedo, abrieron la puerta. Lo que encontraron allí los dejó helados. Ryan estaba de pie, mirando fijamente a una figura que se mantenía en la sombra. La luz de la linterna iluminó parcialmente la figura, y todos contuvieron la respiración.
Era una mujer vestida de policía, su rostro pálido y marcado por la tristeza. “¿Por qué están aquí?” preguntó con una voz escalofriante. “No deberían haber venido”.
“¿Qué está pasando?” preguntó Ryan, su voz temblando. “¿Quién eres tú?”
La mujer dio un paso adelante, su mirada triste se convirtió en un destello de determinación. “Soy la última en conocer la verdad sobre este lugar. Han pasado muchos años desde que ocurrió el asesinato”.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.