Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas, dos niños muy valientes y aventureros: Rosa Linda y Juan. Rosa Linda era una niña de cabello rojo y ojos azules, siempre llena de energía y curiosidad. Juan, por su parte, tenía el cabello negro y también ojos azules, pero a menudo era un poco más cauteloso que su amiga.
Un día, mientras paseaban por el pueblo, Rosa Linda vio algo que llamó su atención. Era una enorme mansión antigua, cubierta de hiedra y sombras. Las ventanas estaban oscuras, y el viento soplaba suavemente, haciendo que las ramas de los árboles sonaran como susurros.
—¡Mira, Juan! —gritó Rosa Linda con emoción—. ¡Esa mansión se ve increíble! Debemos explorarlo.
Juan, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda, miró la mansión y frunció el ceño.
—No estoy seguro, Rosa Linda. Dicen que está embrujada. Tal vez no deberíamos acercarnos —dijo con un tono temeroso.
Pero Rosa Linda, llena de valentía, no quería perderse la oportunidad de vivir una aventura.
—Vamos, Juan. ¡No te preocupes! Estoy segura de que solo es un lugar viejo. ¡Te prometo que estaré contigo! —respondió, estirando su mano hacia él.
Con un profundo suspiro y un poco de nerviosismo, Juan decidió seguir a su amiga. A medida que se acercaban, la mansión parecía más grande y más misteriosa. El aire se sentía denso, y el cielo se oscureció un poco, como si la casa estuviera absorbiendo la luz.
Cuando llegaron a la puerta principal, Rosa Linda la empujó suavemente. La puerta chirrió, abriéndose con un sonido escalofriante. La entrada estaba oscura, y un fuerte olor a polvo llenó el aire. Juan temblaba un poco, pero se armó de valor y entró detrás de Rosa Linda.
—¡Hola! —gritó Rosa Linda, su voz resonando en el silencio de la mansión—. ¡Estamos aquí!
No hubo respuesta, solo el eco de su voz. Juan miró a su alrededor con desconfianza. Las paredes estaban cubiertas de retratos antiguos y los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas, como si hubieran estado esperando mucho tiempo.
—Rosa Linda, tal vez deberíamos irnos —susurró Juan, sintiendo que su corazón latía con fuerza.
Pero Rosa Linda no le prestó atención. En su mente, la aventura era mucho más emocionante que el miedo.
—Vamos a explorar un poco más —dijo, moviéndose hacia la sala principal.
Mientras caminaban, de repente, Juan sintió que algo se movía detrás de ellos. Giró la cabeza rápidamente, pero no vio nada.
—¿Viste eso? —preguntó, visiblemente asustado.
—No, ¿qué viste? —preguntó Rosa Linda, divertida por la reacción de su amigo.
Pero antes de que Juan pudiera responder, una sombra se deslizó por el pasillo. Juan dio un paso atrás, aterrorizado.
—¡Mira! —gritó Juan, señalando hacia la oscuridad.
Rosa Linda, siempre valiente, se acercó y trató de iluminar la oscuridad con su linterna.
—No hay nada, solo tu imaginación —dijo, riendo—. Vamos, no seas gallina.
Pero Juan no estaba convencido. Sin embargo, siguió a Rosa Linda mientras exploraban el lugar. Cada habitación era más extraña que la anterior, llena de objetos viejos y polvo. De repente, al entrar en una habitación grande, se encontraron con un espejo antiguo. Era un espejo enorme, cubierto de telarañas y con un marco dorado que parecía haber brillado una vez.
Rosa Linda se acercó y se miró en el espejo. Pero, para su sorpresa, no vio su reflejo. En lugar de eso, las palabras comenzaron a aparecer en la superficie del espejo. «Amor», «Valentía», «Aventura».
—¡Mira, Juan! ¡Este espejo es mágico! —exclamó Rosa Linda.
Juan, sintiéndose un poco más seguro, se acercó y miró también. Pero, de repente, un fuerte ruido resonó en la casa. Ambos se sobresaltaron y se giraron rápidamente hacia la puerta.
—¿Qué fue eso? —preguntó Juan, sintiéndose inquieto.
Antes de que Rosa Linda pudiera responder, un fantasma apareció en la habitación. Era una figura traslúcida, con ojos grandes y una expresión triste.
—¡Aaaah! —gritó Juan, retrocediendo y cayendo al suelo.
Rosa Linda, aunque sorprendida, también estaba fascinada.
—¿Quién eres? —preguntó, tratando de acercarse al fantasma.
—Soy el espíritu de esta mansión —respondió el fantasma con una voz suave y triste—. He estado atrapado aquí por muchos años. Busco ayuda para liberar mi alma.
Juan, aún temblando, miró a Rosa Linda con miedo.
—¡Debemos salir de aquí! —gritó.
Pero Rosa Linda se mantuvo firme.
—No, Juan. Este fantasma necesita nuestra ayuda. ¿Qué podemos hacer para ayudarte? —preguntó, con voz serena.
El fantasma miró a Rosa Linda con gratitud.
—Necesito que encuentren mi tesoro escondido en la mansión. Solo así podré encontrar la paz y liberarme de este lugar.
Juan, aunque asustado, sintió que debía apoyar a su amiga.
—Está bien, pero… ¿y si nos da miedo? —preguntó Juan, un poco dudoso.
—No te preocupes, Juan. Si lo hacemos juntos, podemos enfrentarlo —dijo Rosa Linda, dándole confianza.
El fantasma sonrió levemente.
—El tesoro está en la habitación de arriba, detrás de una puerta antigua. Tengan cuidado, y recuerden, el verdadero valor no está en la apariencia, sino en el corazón —les advirtió.
Con un último vistazo al fantasma, Rosa Linda y Juan subieron las escaleras crujientes, sintiendo un escalofrío recorrer sus espinas. Cuando llegaron al segundo piso, se encontraron con una larga pasillo y varias puertas cerradas.
—¿Dónde estará esa puerta antigua? —preguntó Juan, mirando a su alrededor con incertidumbre.
—Busquemos —respondió Rosa Linda, decidida.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.