Cuentos de Terror

La Casa de los Secretos

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Atahuara, un joven de 18 años, se detuvo frente a la puerta oxidada de la vieja casa en la que había crecido. El aire olía a humedad y descomposición, como si el tiempo mismo hubiera decidido abandonar aquel lugar hacía mucho. Las ventanas estaban rotas, las enredaderas cubrían las paredes y las hojas secas se acumulaban en cada rincón. Parecía un lugar olvidado por todos, menos por él. Y aunque quería olvidar, la casa siempre volvía a su mente como una sombra persistente.

Había sido su hogar, pero también había sido su prisión. Todo lo que había vivido dentro de esas paredes lo perseguía, incluso después de haber pasado tiempo en la cárcel. El recuerdo de su vida anterior lo atormentaba cada noche, como un espectro al que no podía escapar.

Atahuara no estaba solo en esa visita. A su lado estaba Felipe, un chico más joven que él, de 16 años. Felipe había pasado por cosas que nadie podía explicar. Tenía una enfermedad extraña que lo debilitaba poco a poco. Sus ojos, hundidos y oscuros, reflejaban la constante batalla que luchaba dentro de él. A veces, parecía que Felipe cargaba un secreto que ni él mismo conocía, algo que lo consumía desde el interior.

«¿Por qué estamos aquí?» preguntó Felipe, su voz apenas un susurro, como si le costara demasiado esfuerzo hablar. Siempre se sentía débil, pero en ese momento, parado frente a la casa, parecía más frágil que nunca.

Atahuara miró la casa, sin responder de inmediato. Sabía por qué estaban allí, pero no tenía el valor de decirlo en voz alta. Había algo en esa casa, algo oscuro y peligroso, algo que había quedado sin resolver cuando él se fue. Era como si la casa lo llamara, como si los secretos que había dejado atrás quisieran salir a la luz, arrastrándolo de nuevo a su pesadilla.

«Hay cosas de las que no puedes escapar, Felipe», dijo Atahuara al fin, con la mirada perdida en las ventanas rotas. «Cosas que te siguen aunque no quieras, que te atormentan incluso cuando crees que ya las has dejado atrás.»

Felipe frunció el ceño. «¿Qué cosas?»

«Cuando era más joven, antes de que todo se fuera al infierno, esta casa estaba llena de vida. Mis padres… bueno, estaban aquí, pero también había algo más. Algo que nunca pude entender del todo. A veces, escuchaba cosas por la noche, susurros que venían de las paredes, como si alguien o algo estuviera allí, observando.»

Felipe tembló al escuchar esas palabras, pero no era solo el frío lo que lo afectaba. Desde que había conocido a Atahuara, había sentido una conexión extraña con él, como si compartieran algo más allá de la amistad, una oscuridad común que los unía sin que pudieran evitarlo.

«¿Qué pasó entonces?» preguntó Felipe, su voz temblando ligeramente.

Atahuara suspiró. «Mis padres desaparecieron un día. Solo se fueron. No dejaron una nota, no se llevaron nada. Simplemente… se desvanecieron. Y la casa cambió después de eso. El silencio se volvió más denso, y los susurros en las paredes se hicieron más fuertes. Fue entonces cuando todo empezó a ir mal.»

Felipe lo miró, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. «¿Y qué tiene que ver conmigo?»

Atahuara no respondió al principio. Había una razón por la que había traído a Felipe allí, pero temía decirla. Finalmente, habló, su voz un susurro casi inaudible. «Creo que lo que te está pasando está conectado con esta casa. Los susurros, los sueños, las sombras que ves… todo empezó aquí.»

Felipe retrocedió un paso, el miedo apoderándose de él. «¿Estás diciendo que…?»

«Sí», dijo Atahuara, asintiendo lentamente. «Creo que lo que te está enfermando viene de aquí. Y la única forma de detenerlo es enfrentarnos a lo que sea que esté dentro de esta casa.»

La idea de entrar en esa casa lo aterrorizaba a Felipe. Pero una parte de él, una parte profunda y oculta, sabía que Atahuara tenía razón. Desde hacía meses, había estado teniendo pesadillas sobre un lugar oscuro, sobre una casa que nunca había visto, pero que de alguna manera conocía. Y ahora, parado frente a esa casa, comprendió que sus peores miedos estaban a punto de hacerse realidad.

«Está bien», dijo Felipe, su voz temblorosa pero decidida. «Vamos a entrar.»

Atahuara lo miró sorprendido, pero asintió con la cabeza. Juntos, empujaron la puerta de la casa, que se abrió con un chirrido espeluznante. El interior estaba oscuro, pero había algo en el aire, una sensación de ser observado, como si la casa misma los estuviera esperando.

«Recuerdo este lugar», dijo Atahuara, su voz apenas un susurro. «Pero también sé que algo cambió desde que me fui.»

Avanzaron lentamente por el pasillo, donde las tablas del suelo crujían bajo sus pies. Las paredes, una vez cubiertas de retratos familiares, ahora estaban desnudas, con manchas de humedad que parecían formar figuras extrañas. Cada paso que daban, el ambiente se hacía más pesado, como si el aire estuviera cargado de electricidad.

De repente, Felipe se detuvo. «¿Escuchaste eso?»

Atahuara se detuvo y aguzó el oído. Al principio, no oyó nada, pero luego, un suave susurro llegó desde las profundidades de la casa. No era un sonido normal, era como si viniera de las mismas paredes, como si la casa estuviera susurrando secretos que solo ellos podían oír.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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