Era una tarde soleada en el pequeño pueblo de Valle Oscuro, un lugar rodeado de montañas altas y frondosos bosques. Andrés y Katia, dos amigos inseparables, siempre estaban buscando aventuras. Tenían once años, una curiosidad insaciable y un espíritu aventurero que los llevaba a explorar cada rincón escondido de su hogar. Sin embargo, ese día iba a ser diferente.
Mientras paseaban por el bosque, escucharon historias sobre la leyenda de la Mano de la Montaña. Según contaban los mayores, una extraña mano de piedra emergía desde lo alto de la montaña en las noches de luna llena. Se decía que, si uno se acercaba lo suficiente, la mano podía cumplir deseos, pero a un alto precio. Nadie había podido comprobar la veracidad de la historia, aunque a los niños les encantaba hablar sobre ella.
Katia miró a Andrés con emoción. «¿Y si buscamos la mano este fin de semana?», sugirió, sus ojos brillando de emoción. Andrés, que siempre estaba listo para una aventura, asintió. «¡Sí! Pero debemos ser cuidadosos. Si la mano de verdad existe, no sabemos qué podría pasar».
Los días pasaron volando, y finalmente llegó el fin de semana. Andrés y Katia se armaban con una linterna, un bocadillo, y muchas ganas de aventura. Esa noche, el cielo estaba despejado y la luna llena brillaba intensamente, iluminando su camino hacia la montaña. Caminaban juntos, hablando y riendo, cuando de pronto, escucharon un ruido extraño que provenía de entre los árboles. Katia se detuvo en seco. «¿Escuchaste eso?»
Andrés asintió, aunque un leve escalofrío recorrió su espalda. «Probablemente sea un animal. Sigamos adelante». Sin embargo, su tono no era tan convincente, y Katia le lanzó una mirada escéptica. Ambos decidieron acercarse al lugar de donde provenía el sonido, y lo que encontraron los sorprendió. Un pequeño gato negro estaba atrapado entre unas ramas.
«¡Pobre gatito!», exclamó Katia. «Debemos ayudarlo». Sin pensarlo, se agachó y con cuidado comenzó a liberar al animal. Andrés, aún algo nervioso, observaba. Una vez liberado, el gato salió corriendo, pero no sin antes mirarlos con sus ojos amarillos y misteriosos. «Es un buen augurio, ¿no crees?», dijo Katia, intentando tranquilizar a Andrés. «Tal vez nos está guiando a la mano».
Los niños continuaron su camino, guiándose por la luz de la luna. Tras unos minutos de caminata, finalmente llegaron al pie de la montaña. En la cima, pudieron distinguir la silueta de lo que parecía una mano de piedra. «Allí está», murmuró Andrés con asombro.
Sin embargo, a medida que comenzaron a escalar, una sensación de inquietud llenó el aire. Katia, que siempre había sido más valiente, fue la primera en llegar a la cima. “¡Andrés, ven! ¡Es impresionante!”. Cuando Andrés llegó, la vista era espectacular. La mano de piedra era enorme, con dedos que parecían señalar al cielo.
«¿Y bien, qué deseamos?», preguntó Katia, con un brillo en sus ojos. «No sé… Tal vez desear que siempre seamos amigos», sugirió Andrés. Katia asintió y, con ambas manos puestas en la piedra fría, dijeron al unísono su deseo. En ese preciso momento, un viento helado sopló.
«No creo que algo haya pasado», dijo Andrés, un poco decepcionado. Justo en ese momento, el gato negro apareció nuevamente, mirándolos con intensidad. Katia sonrió. «Mira, el gato está aquí otra vez. Debemos seguirlo». Sin pensarlo dos veces, el gato comenzó a correr hacia un pequeño sendero que se adentraba en la montaña.
Intrigados, los niños decidieron seguirlo. Sin embargo, lo que comenzó como una divertida aventura pronto se volvió inquietante. A medida que avanzaban, el ambiente se tornó más oscuro y silencioso. «¿Qué está pasando?», murmuró Andrés, sintiendo un escalofrío recorrerle el cuerpo. Katia trató de reírse, pero su risa sonó nerviosa.
Ambos siguieron al gato hasta que llegaron a una cueva. El animal se sentó en la entrada, mirándolos con ojos desafiantes. Era ella o la cueva, una opción que definitivamente les hizo dudar. «No sé, Katia. Tal vez deberíamos regresar», sugirió Andrés, comenzando a sentir miedo. «No, Andrés. ¡Tenemos que ser valientes! Solo es una cueva. Lo que hay adentro podría ser más emocionante que lo que pensamos.»
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.