Era una noche fría y tranquila. El viento soplaba suavemente, moviendo las ramas de los árboles en un susurro que apenas se escuchaba. La luna, alta en el cielo, iluminaba la calle vacía con un brillo pálido y misterioso. Caminaba por un parque que siempre había sido familiar para mí, pero aquella noche algo se sentía diferente. El silencio no era el mismo, y la luz de la luna proyectaba sombras que parecían moverse por su cuenta.
Fue entonces cuando la vi. Estaba sentada en un banco, justo al lado del camino, apenas iluminada por el resplandor lunar. Al principio no me di cuenta de su presencia, pero algo en mi interior me empujó a voltear la cabeza hacia ella. Allí, sentada en silencio, estaba una mujer. Parecía dormida, pero algo en su quietud me hizo detenerme.
Tenía el cabello oscuro, largo y desordenado, que caía sobre su rostro de una manera que no me permitía ver sus ojos. Llevaba un vestido blanco, antiguo, como de otra época, que parecía fuera de lugar en aquel entorno. El vestido se arrastraba por el suelo, manchado de tierra, pero no era lo que más me inquietaba. Era la quietud absoluta de su cuerpo lo que me hizo fruncir el ceño.
Me quedé observándola por un momento, indeciso sobre si debía acercarme o seguir mi camino. Algo en mi interior gritaba que debía alejarme, pero mis pies no respondían. Sentí una curiosidad extraña, una atracción que no podía explicar. Era como si aquella figura dormida me llamara en silencio, pidiéndome que no la dejara allí, sola, en la oscuridad.
Me acerqué lentamente, cada paso acompañado por el crujido de las hojas secas bajo mis pies. No podía apartar la vista de ella. Su respiración, si es que estaba respirando, era tan suave que no podía detectarla. Cuando estuve a solo unos metros, algo me hizo detenerme. El aire a su alrededor parecía más frío, como si la misma noche hubiera decidido envolverla en un manto helado.
Mi corazón latía con fuerza, pero no podía retroceder. Me incliné un poco hacia adelante, tratando de ver mejor su rostro. Su piel era pálida, casi translúcida bajo la luz de la luna, y había una extraña serenidad en su expresión. Pero aún no podía ver sus ojos, cubiertos por el cabello que caía en mechones desordenados.
—¿Estás bien? —pregunté en un susurro, como si temiera romper el hechizo que parecía envolvernos.
No hubo respuesta. Ni un solo movimiento. La noche siguió siendo igual de silenciosa, y de repente sentí que el parque entero se había desvanecido, como si solo existiéramos ella y yo.
Algo en mí sabía que debía irme, pero la fascinación me mantenía allí, atrapado. Di un paso más, y entonces sucedió. Su cabeza, que había estado inclinada hacia un lado, se enderezó lentamente. No vi cómo lo hizo, pero de pronto estaba mirando en mi dirección. Mi corazón se detuvo por un segundo. Sabía que no podía ver sus ojos bajo aquel cabello oscuro, pero la sensación de que me observaba era innegable.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, y antes de que pudiera reaccionar, su mano, delgada y fría, se movió ligeramente hacia su regazo. No sé si fue el viento o un reflejo, pero de alguna forma, sentí que estaba tratando de decir algo, de llamarme. Mi mente me pedía que corriera, pero mis piernas no obedecían.
—¿Quién eres? —pregunté, más para mí mismo que para ella.
Entonces, muy despacio, la mujer movió su cabeza hacia un lado, como si estuviera escuchando algo, algo que yo no podía oír. Fue en ese momento cuando lo comprendí. No estaba sola. El parque, que antes me había parecido vacío, ahora parecía lleno de presencias invisibles, sombras que se ocultaban entre los árboles. No estaban allí para protegerla. Estaban allí para observarme, para asegurarse de que no me fuera.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Los 5 Amigos en la Ciudad Olvidada
El Bosque de las Sombras
La Sonrisa Macabra que Devora el Alma
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.