En un pequeño pueblo rodeado de colinas y un espeso bosque, cuatro amigos, Luca, Pedro, Pablo y Paula, siempre habían sentido curiosidad por las historias que sus abuelos contaban sobre el enigmático Rey de las Sombras que, según decían, habitaba en lo más profundo del bosque.
Una noche de luna llena, armados con linternas y un mapa antiguo que encontraron en el desván de Luca, decidieron aventurarse en el bosque para descubrir la verdad. Sabían que el bosque albergaba muchos secretos y criaturas misteriosas, pero su sed de aventura era más fuerte que el miedo.
A medida que se adentraban en el bosque, la luz de la luna se filtraba entre los árboles, creando sombras que danzaban a su alrededor. De pronto, un aullido lejano rompió el silencio de la noche, haciendo que los corazones de los niños latieran más rápido. «¿Habéis oído eso?», susurró Pablo, su voz temblorosa.
No tardaron en darse cuenta de que no estaban solos. Figuras escurridizas se movían entre los árboles, sus ojos brillantes observándolos desde la oscuridad. Eran criaturas del bosque, algunas con aspectos de animales conocidos, otras totalmente desconocidas y extrañas.
Luca, el más valiente del grupo, intentaba mantener la calma. «Solo son animales del bosque, no hay nada que temer», dijo tratando de convencerse a sí mismo y a sus amigos. Sin embargo, una sensación de inquietud crecía en su interior.
Continuaron su camino, siguiendo el mapa antiguo que los llevaba a lo más profundo del bosque. De repente, Pedro, el más pequeño del grupo, tropezó y cayó. Al levantarse, notó que su linterna iluminaba una cueva oculta entre las raíces de un árbol gigante. «Miren, ¿qué es eso?», exclamó señalando hacia la oscura entrada.
Los cuatro amigos se acercaron cautelosamente. La cueva estaba adornada con extraños símbolos y parecía emitir un frío sobrenatural. «Debe ser aquí», dijo Paula, la más curiosa y aficionada a los misterios. «El mapa muestra que el tesoro del Rey de las Sombras está escondido en una cueva».
Decidieron entrar. El interior de la cueva era aún más oscuro y frío. Sus linternas apenas iluminaban las paredes cubiertas de extrañas pinturas y símbolos antiguos. Mientras exploraban, una voz profunda y resonante llenó la cueva: «¿Quiénes se atreven a entrar en mi dominio?».
De las sombras emergió una figura imponente, el Rey de las Sombras. Su presencia era tan majestuosa como aterradora, y su mirada penetrante hacía que los niños se sintieran pequeños e indefensos. «Hemos venido a encontrar tu tesoro», dijo Luca, tratando de ocultar su miedo.
El Rey de las Sombras sonrió, revelando una fila de dientes afilados. «Mi tesoro no es lo que esperáis», dijo con una voz que resonaba en las paredes de la cueva. «Pero os daré una oportunidad. Si superáis tres pruebas, podréis llevaros el mayor de mis tesoros: el conocimiento de los secretos de este bosque».
La primera prueba era un enigma que debían resolver. El Rey de las Sombras les recitó un acertijo cuya respuesta revelaría la entrada secreta a un pasaje oculto. Los niños, trabajando juntos, lograron resolverlo, impresionando al Rey.
La segunda prueba era de valentía. Debían cruzar un puente colgante sobre un abismo oscuro, enfrentando sus miedos más profundos. Uno a uno, con el corazón en la garganta, cruzaron el puente, apoyándose mutuamente con palabras de ánimo.




deben ponerle imágenes al cuento
Hola, lo comprendo, pero con las limitaciones técnicas y unido a que hacer cada cuento tiene un coste, ahora mismo es inviable poder hacer más imágenes de cada cuento. Lo siento.