Cuentos de Terror

La oscuridad de Victoria

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Victoria había crecido en una casa donde el silencio era una constante rota solo por los gritos. Su madre, una mujer siempre enojada, dejaba su ira escapar con la fuerza de un huracán. Desde que Victoria era pequeña, su madre descargaba en ella todo su odio y frustración. Los castigos eran constantes, pero lo que más dolía no eran los golpes, sino las palabras que su madre le decía: «No sirves para nada», «Eres un error». Cada una de esas frases se quedó grabada en su mente como cicatrices invisibles que nunca sanaron.

A medida que crecía, Victoria se fue encerrando en sí misma. Se convirtió en una chica reservada, fría y distante. No quería amigos, no quería que nadie se le acercara. El miedo a ser lastimada otra vez la mantenía alejada de todos. La violencia de su hogar había marcado su vida de manera irreparable. Y así, la oscuridad dentro de ella fue creciendo, alimentándose de su dolor y sus traumas.

Cuando llegó a la escuela secundaria, Victoria seguía siendo la chica callada que se sentaba en el último rincón del salón. Nadie se atrevía a hablarle. Su mirada distante y su forma de ser fría espantaban a cualquiera que intentara acercarse. Pero un día, dos compañeros nuevos llegaron a la escuela: Santiago y Leidy.

Santiago era un chico amable, siempre sonriendo, y Leidy era una chica risueña y amigable. A diferencia de los demás, ellos no le temían a la frialdad de Victoria. De hecho, Santiago intentó varias veces entablar conversación con ella, pero Victoria lo ignoraba.

—Hola, ¿te gustaría almorzar con nosotros? —le preguntó Santiago un día en la cafetería.

Victoria lo miró por un instante y luego volvió su atención a su comida, sin decir una palabra. Sin embargo, Santiago no se dio por vencido. Día tras día, tanto él como Leidy intentaban incluir a Victoria en sus actividades. Con el tiempo, la insistencia de ambos empezó a debilitar las barreras que Victoria había levantado. Finalmente, un día, se sentó con ellos.

Al principio, apenas hablaba, pero poco a poco comenzó a abrirse más. Para Santiago y Leidy, era un logro haber conseguido que Victoria confiara en ellos. Se convirtieron en sus mejores amigos, los únicos a los que les permitía estar cerca. Sin embargo, a medida que su amistad crecía, algo oscuro empezaba a emerger en el interior de Victoria.

La violencia y el dolor que había vivido en su hogar durante años no desaparecieron; estaban enterrados dentro de ella, esperando un momento para salir. Aunque Santiago y Leidy eran amables, algo en Victoria comenzó a cambiar. Esa oscuridad que la había acompañado desde niña empezó a manifestarse en su relación con ellos. Ya no solo era la chica fría y distante; ahora se estaba volviendo cruel.

Un día, mientras caminaban juntos después de la escuela, Victoria comenzó a hacer comentarios hirientes. Le dijo a Leidy que su ropa era ridícula y que no tenía sentido del estilo. Leidy, sorprendida, se quedó callada, tratando de no darle importancia.

—Solo está bromeando —pensó, intentando sonreír.

Pero Victoria no se detuvo ahí. Con Santiago, la crueldad se hizo más visible. Le decía que era débil, que no servía para nada, usando las mismas palabras que su madre le había dicho a ella. Santiago intentaba tomárselo con calma, pero cada palabra de Victoria dolía más.

—¿Por qué dices eso, Victoria? —le preguntó Santiago un día, herido por sus comentarios.

Victoria lo miró con una expresión vacía, como si no entendiera lo que había hecho. Dentro de ella, sentía una extraña satisfacción al ver a sus amigos sufrir. Era como si el dolor que ella había soportado durante tantos años ahora se reflejara en los demás, y eso le daba una retorcida sensación de alivio.

Los días pasaron, y el comportamiento de Victoria empeoró. Sus palabras se convirtieron en cuchillos afilados que desgarraban la confianza de Santiago y Leidy. Lo que comenzó como una amistad, poco a poco se fue convirtiendo en una relación tóxica. Victoria comenzó a manipular a sus amigos, haciéndoles sentir que no podían hacer nada sin ella.

Una tarde, los tres decidieron ir a una casa abandonada que estaba en las afueras de la ciudad. Era un lugar conocido por ser inquietante, lleno de leyendas sobre sucesos extraños. Santiago y Leidy no estaban muy seguros de ir, pero Victoria insistió. Había algo en esa casa que la atraía, como si la oscuridad que sentía dentro de ella tuviera un eco en las paredes viejas y deterioradas del lugar.

Cuando entraron en la casa, el ambiente era pesado, como si algo los estuviera observando. Las paredes estaban agrietadas y el suelo crujía bajo sus pies. El silencio era absoluto, interrumpido solo por sus pasos cautelosos. Victoria se adentró en la casa con una confianza extraña, mientras que Santiago y Leidy se quedaban cada vez más atrás, sintiendo una inquietud que no podían explicar.

—Victoria, no deberíamos estar aquí —dijo Leidy con voz temblorosa.

—¿Tienes miedo? —respondió Victoria con una sonrisa burlona—. Pensé que eras más valiente.

Leidy bajó la mirada, sintiéndose pequeña bajo las palabras de Victoria. Santiago, en cambio, trató de mantener la calma.

—Vamos, Victoria, ya fue suficiente. Este lugar no es seguro —dijo con tono firme.

Pero Victoria no escuchó. Algo en la casa parecía llamarla, como si estuviera conectada con la oscuridad que había dentro de ella. Llegaron a una habitación en lo más profundo de la casa, donde la luz apenas entraba. El aire era más frío, y Santiago y Leidy sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.

De repente, las puertas de la casa se cerraron de golpe, atrapándolos dentro. Santiago corrió hacia la puerta, intentando abrirla, pero no se movía.

—¡Victoria, esto no es una broma! ¡Tenemos que salir de aquí! —gritó desesperado.

Pero Victoria estaba en el centro de la habitación, inmóvil, con los ojos fijos en el suelo. El silencio fue roto por un leve susurro que llenó el aire, y algo se materializó frente a ellos: una sombra oscura, alta y deformada. Parecía una figura humana, pero sin rasgos definidos, y emanaba una presencia aterradora.

Leidy dio un paso hacia atrás, temblando de miedo, mientras Santiago intentaba protegerla.

—Victoria, ¿qué es eso? —preguntó Leidy con la voz entrecortada.

Victoria levantó la vista y sonrió, pero no era una sonrisa cálida ni amistosa. Era una sonrisa fría, vacía, como si la oscuridad dentro de ella hubiera tomado control.

—Es todo lo que he estado guardando dentro de mí —dijo Victoria con voz tranquila—. Todo el dolor, todo el odio… ahora no tiene que quedarse solo conmigo.

La figura oscura se acercó lentamente a Santiago y Leidy, y ellos no podían moverse, paralizados por el terror. Era como si la misma casa los estuviera reteniendo, atrapándolos en su lugar. La sombra se cernió sobre ellos, y justo cuando todo parecía perdido, Santiago, reuniendo todas sus fuerzas, gritó:

—¡Victoria, por favor, basta!

Sus palabras resonaron en la habitación, y por un breve instante, los ojos de Victoria parecieron llenarse de confusión. Era como si algo dentro de ella luchara por salir, algo más profundo que la oscuridad. Pero antes de que pudiera reaccionar, la sombra los envolvió, y todo se oscureció.

Cuando Santiago y Leidy despertaron, se encontraron afuera de la casa, tirados en el suelo. No había señales de Victoria ni de la sombra. La casa estaba en completo silencio. Ambos se miraron, asustados pero aliviados de estar a salvo.

—¿Dónde está Victoria? —preguntó Leidy con la voz temblorosa.

Santiago no respondió de inmediato. Sabía que, de alguna manera, Victoria había sido consumida por su propia oscuridad. Había sido una víctima del dolor que había sufrido, pero también había permitido que esa oscuridad tomara control.

—No lo sé… pero no podemos dejarla aquí —dijo finalmente Santiago, levantándose con dificultad.

Decididos a encontrar a su amiga, Santiago y Leidy comenzaron a caminar hacia la casa, sin saber lo que les esperaba adentro.

Fin.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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