Camila era una niña de 6 años que no disfrutaba de estudiar. A pesar de que en la escuela le enseñaban cosas interesantes, ella siempre encontraba más divertido correr, jugar con sus amigos o mirar las nubes desde la ventana. No entendía por qué era tan importante estar sentada frente a los libros cuando había tantas cosas divertidas que hacer afuera.
Un día, mientras estaba en casa, su amiga Paula vino a visitarla. Paula era muy aplicada en sus estudios y siempre le gustaba aprender cosas nuevas. Tenía el pelo largo, recogido en una coleta, y su cuaderno siempre estaba lleno de dibujos y palabras que había aprendido en clase.
—Camila, ¿ya hiciste la tarea de matemáticas? —preguntó Paula, abriendo su mochila y sacando su cuaderno.
Camila, quien estaba acostada en el sofá con su juguete favorito, suspiró y dijo:
—No quiero hacerla. Estudiar es aburrido, prefiero jugar.
Paula la miró con una sonrisa comprensiva.
—A mí me gusta estudiar —dijo—. Cada vez que aprendo algo nuevo, siento que puedo hacer más cosas. ¿No te parece divertido aprender cosas que te ayuden a entender mejor el mundo?
Camila se encogió de hombros. No entendía por qué Paula estaba tan emocionada con los estudios. Para ella, los números y las letras eran sólo cosas que estaban en los libros, no algo que pudiera hacer que su día fuera más divertido.
—Camila —insistió Paula—, ¿sabías que los números pueden ayudarte a contar todas las flores del jardín o saber cuántos pasos hay de aquí al parque? Y si aprendes a leer bien, podrías leer tus propios cuentos de aventuras sin esperar a que alguien te los cuente.
Camila se sentó, intrigada.
—¿De verdad los números pueden hacer eso? —preguntó, levantando una ceja.
Paula asintió con entusiasmo.
—¡Claro que sí! El estudio no es solo para sacar buenas notas en la escuela, también es para ayudarte a entender y disfrutar más de todo lo que te rodea. Si sabes más, puedes hacer cosas que antes no podías, como descubrir cuántas estrellas hay en el cielo o entender los mapas para no perderte cuando vayas de paseo.
Camila pensó por un momento. Le gustaba la idea de poder descubrir cosas por sí misma, pero aún no estaba completamente convencida.
—No lo sé, Paula. Es que me cuesta concentrarme cuando me siento a estudiar. Siempre pienso en otras cosas.
Paula la miró con ternura.
—Yo también a veces pienso en jugar mientras hago la tarea, pero encontré una manera de hacer que estudiar sea divertido. ¿Te gustaría que te lo enseñe?
Camila asintió con curiosidad, y Paula sacó un par de colores, hojas en blanco y algunos juguetes.
—Podemos aprender jugando —dijo Paula—. Por ejemplo, estos juguetes pueden ser los personajes de una historia que inventemos, y cada vez que resolvamos una suma o escribamos una palabra nueva, avanzarán en su aventura. Así, mientras jugamos, también estamos aprendiendo.
Camila sonrió. ¡Eso sonaba mucho más divertido!
Las dos niñas empezaron a crear una historia sobre un grupo de animales aventureros que viajaban por el mundo en busca de tesoros. Cada tesoro que encontraban representaba algo nuevo que aprendían: uno era una suma difícil, otro era una nueva palabra que tenían que escribir correctamente. Mientras avanzaban en su historia, Camila se dio cuenta de que estaba haciendo la tarea sin siquiera darse cuenta.
—¡Mira, Paula! —dijo Camila emocionada—. ¡Ya sé cómo resolver esta suma!
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.