En un pequeño y colorido pueblo, donde las casas parecían sacadas de un cuadro y los jardines siempre estaban llenos de flores, vivía un niño llamado Zael. Él tenía el cabello castaño y unos ojos azules que miraban el mundo con curiosidad y algo de reserva. Aunque amaba aprender cosas nuevas y jugar con los rompecabezas, encontraba difícil hacer amigos y a menudo se sentía solo.
Zael asistía al jardín de infantes del pueblo, un lugar amigable con un enorme patio lleno de juegos y una pequeña biblioteca repleta de cuentos. Aunque el lugar era encantador, Zael sentía que no encajaba del todo. Los otros niños corrían y jugaban entre ellos sin preocupaciones, mientras que él prefería sentarse bajo la sombra de un gran árbol de manzanas, observando o leyendo.
Un día, mientras Zael estaba concentrado en un libro de aventuras, un niño se acercó a él. Era Tomás, conocido por todos en el jardín por su cabello rubio rizado y su eterna sonrisa. Se sentó junto a Zael y, sin pedir permiso, empezó a mirar las ilustraciones del libro.
—¿Qué lees? —preguntó Tomás con interés.
Zael, un poco sorprendido por la repentina compañía, tardó unos segundos en responder. No estaba acostumbrado a que otros niños quisieran interactuar con él sin que un adulto los incentivara.
—Es un libro sobre piratas y tesoros escondidos —respondió finalmente, mostrando una página con una ilustración de un barco surcando los mares.
—¡Guau! ¿Y podemos buscar un tesoro nosotros también? —exclamó Tomás, y su entusiasmo era tan genuino que Zael no pudo evitar sonreír.
A partir de ese día, los dos niños se convirtieron en inseparables. Tomás mostró a Zael cómo era divertido correr tras las mariposas en el jardín y cómo construir castillos de arena que parecían fortalezas invencibles. Por su parte, Zael le enseñó a Tomás a hacer aviones de papel que volaban más alto y más lejos que cualquier otro.
Con el tiempo, Zael empezó a sentirse más cómodo con los demás niños. Aprendió que cada uno de sus compañeros tenía algo especial que compartir, y que él también tenía mucho que ofrecer. La risa y los juegos se convirtieron en una parte importante de sus días, y el jardín de infantes, una vez un lugar de solitaria observación, se transformó en un espacio de amistad y descubrimiento.
Un día, la maestra del jardín organizó un evento llamado «El Día de la Amistad», donde cada niño debía hablar sobre sus amigos y lo que habían aprendido juntos. Cuando llegó el turno de Zael, se puso de pie frente a todos, algo nervioso pero decidido.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.