“Todos somos diferentes y eso está bien.” Esta frase era algo que Dajhanne siempre escuchaba de su maestra, la señora Laura. Dajhanne era un niño curioso y le gustaba hacer preguntas sobre el mundo que lo rodeaba. Le encantaba aprender cosas nuevas, pero a veces se daba cuenta de que necesitaba más tiempo que otros niños para entender algo. Y eso, al principio, le preocupaba.
Un día, en la clase de la señora Laura, estaban hablando sobre las diferencias que todos tenemos. Ella explicó que, aunque algunas personas pueden aprender rápido, otras necesitan más tiempo y apoyo, y eso no era malo, solo era una manera diferente de aprender.
—Algunas personas —dijo la señora Laura— tienen algo llamado discapacidad intelectual. Esto significa que aprenden más despacio y necesitan más ayuda para entender ciertas cosas. Pero, al igual que todos, pueden aprender y hacer cosas increíbles.
Dajhanne escuchó con atención. —¿Discapacidad intelectual? —preguntó, levantando la mano—. ¿Eso significa que no pueden aprender?
La señora Laura sonrió. —¡No, Dajhanne! Claro que pueden aprender, pero lo hacen a su propio ritmo. A veces necesitan más tiempo, o tal vez un poco más de ayuda. Pero con paciencia, apoyo y esfuerzo, ellos también pueden aprender a hacer muchas cosas.
Eso hizo que Dajhanne pensara. Siempre había creído que, si alguien no entendía algo rápido, no podría aprenderlo. Pero ahora se daba cuenta de que eso no era cierto. Todos somos diferentes, y eso incluía la manera en que aprendemos.
La maestra continuó explicando más sobre la discapacidad intelectual.
—Imagina que todos tenemos un cerebro lleno de engranajes —dijo la señora Laura, dibujando en la pizarra—. Algunos engranajes giran rápido, otros más despacio. Pero lo importante es que, sin importar la velocidad, todos los engranajes ayudan a aprender. Cada persona es única y puede aprender, pero a su propio ritmo.
Dajhanne asintió. Le gustaba la idea de los engranajes. Pensó en su propio cerebro, que a veces necesitaba más tiempo para entender matemáticas, pero que era muy rápido para recordar cosas sobre la naturaleza, los animales y los planetas. Y sabía que no estaba solo, todos sus compañeros también tenían diferentes maneras de aprender.
Después de la clase, la señora Laura invitó a Dajhanne y a algunos otros niños a hacer actividades. Ella les dijo que ayudarían a unos compañeros a aprender algunas cosas nuevas.
—Las personas con discapacidad intelectual —explicó la señora Laura— necesitan más tiempo, apoyo y paciencia para aprender. Y hoy vamos a ayudarlos.
Dajhanne se sentó junto a una niña que estaba aprendiendo a atarse los zapatos. La niña estaba concentrada, pero le costaba mucho trabajo. Dajhanne la miró, recordando que cuando él era pequeño, también le había tomado mucho tiempo aprender a atarse los zapatos. Sonrió y, con paciencia, le mostró cómo hacerlo paso a paso.
—Tómate tu tiempo —dijo Dajhanne—. Yo también necesité mucha práctica.
La niña lo miró y, aunque al principio parecía frustrada, pronto comenzó a sonreír cuando finalmente logró atarse un zapato.
—¡Lo hice! —dijo emocionada.
—¡Sabía que podías! —exclamó Dajhanne, feliz de haberla ayudado.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.