Hola, mi nombre es Luis y todo comenzó en una pequeña aldea llamada Igualandia, donde todos éramos perfectamente iguales. No solo en apariencia, sino también en muchas cosas más. Era como vivir en una enorme población de clones. La gente vestía igual, hablaba igual y se comportaba igual. La única diferencia notable entre nosotros eran las habilidades especiales que cada uno tenía desde que nacía. En desigualandia, eso sí, esas diferencias marcaban quién era considerado más importante o qué talentos se premiaban y cuáles se ignoraban.
En la escuela de la aldea, donde todos los niños llegábamos cada día con la ilusión de aprender y hacer nuevos amigos, lo que más predominaba eran las habilidades peculiares. Había quienes podían aprender a una velocidad sorprendente. Marco, por ejemplo, era uno de esos niños que con solo escuchar una explicación ya dominaba la lección completa. Él siempre estaba entre los primeros de la clase y le encantaba presumirlo. Luego estaban los niños que eran casi inagotables en los deportes. Podían correr largas distancias o saltar más alto que los demás sin cansarse, lo que los hacía muy populares y admirados.
También estaban los que habían nacido hablando varios idiomas sin necesidad de estudiar; parecían ser los privilegiados más presuntuosos del grupo. Cantantes, bailarines y aquellos que podían crear cosas maravillosas con sus manos, los artistas, formaban otro grupo también bien valorado. Los más fuertes de todos, sin embargo, eran los que podían hablar en público sin sentir ni una pizca de miedo ni vergüenza. A esos los envidiaba muchísimo. Yo, Luis, no era ninguno de esos. Yo nací con una habilidad muy particular: podía moverme en ruedas. Sí, exactamente así. Mi cuerpo tenía la capacidad de transformarse parcialmente y podía rodar tan rápido como una bicicleta sobre ruedas. Era algo que había descubierto desde muy pequeño y que me permitía desplazarme rápido y con mucha agilidad, pero que los demás no entendían ni aceptaban.
En esta aldea donde todos parecían iguales, esta habilidad no era muy común, y tampoco era fácil de comprender. Pero peor aún era la historia de Martina. Ella tenía la cualidad de ser de un color diferente, su piel era de un tono oscuro, que resaltaba mucho en medio de la multitud de niños que todos tenían un color pálido y parecido. Martina no tenía ninguna otra habilidad especial, pero su color la convertía en alguien muy especial, aunque al mismo tiempo, desafortunadamente, en una niña diferente. Esa diferencia hacía que los demás niños no les hablaran ni a ella ni a mí; nos hacían a un lado, como si no existiéramos. Pero lo bueno es que nos teníamos ella y yo.
A lo largo de los días, en Igualandia, cada nuevo momento en la escuela o en la aldea era una oportunidad para darnos cuenta de lo diferentes que éramos, y de cómo esas diferencias eran vistas como desventajas más que como fortalezas. En la escuela, mientras los niños como Marco – un chico delgado y con un aire de superioridad notable –, mostraban sus talentos delante de todos con orgullo, Martina y yo muchas veces nos sentábamos en una esquina, intentando pasar desapercibidos.
La profesora nos observaba muchas veces desde lejos. Se llamaba profesora Camila y era una mujer amable, pero notaba que también estaba atrapada en esas ideas antiguas de Igualandia: que ser igual a los demás era lo correcto, y que las diferencias eran algo que debía ocultarse o ignorarse. Ella enseñaba las materias con paciencia, pero no solía alentar a los niños como Martina y yo a participar en las actividades que requerían habilidades especiales. Cuando presentábamos alguna idea o intentábamos mostrar lo que sabíamos, casi siempre nos olvidaban, o pasaban por alto nuestra voz.
Un día ocurrió algo que cambió para siempre la forma en que Martina, yo y hasta la profesora Camila veíamos la importancia de las diferencias. Todo empezó cuando Marco, decidido a demostrar una vez más su rapidez para aprender y sus habilidades en los deportes, retó a todos a una carrera a través del bosque que rodeaba la aldea. Él quería probar quién era el más rápido y más fuerte de todos. La noticia se esparció rápidamente, y aunque los otros niños presumieron de sus talentos, no creían que alguien más que Marco pudiera ganar.
Martina y yo decidimos inscribirnos también, no porque quisiéramos ganar, sino para estar juntos y demostrar, aunque fuera sólo para nosotros, que nuestras diferencias no eran obstáculos. Marco, con una sonrisa burlona, nos miró y dijo: «¿Y ustedes dos? ¿Creen que pueden conmigo? Luis con sus ruedas y Martina con su piel oscura, ¡por favor, eso no cuenta para nada!» Los otros niños se rieron con él, reforzando esa idea equivocada.
La profesora Camila, al ver la situación, trató de calmar las aguas y nos animó a prepararnos para la carrera. Pero sus palabras parecían vacías, como si ella misma dudara de que nosotros pudiéramos hacer algo extraordinario.
Llegó el día de la carrera y todos estábamos reunidos en la línea de salida. Marco, con confianza y arrogancia, se colocó primero, mientras los demás niños eran muy competitivos y presionaban mucho. Martina y yo nos miramos, sonriendo con nerviosismo pero también con determinación. La señal se dio y todos arrancaron a toda velocidad.
Desde el principio, Marco tomó la delantera. Su rapidez para correr y su fuerza eran impresionantes. Los niños gritaban su nombre y lo animaban. Entre tanto, yo me deslicé por el suelo en mis ruedas, rodando con habilidad y tratando de seguirle el ritmo. Martina caminaba con paso firme, sin rendirse, aunque sus piernas no eran tan veloces como las de los demás.
Pero entonces, el camino empezó a hacerse más difícil. Había zonas con tierra blanda, piedras, y algunas raíces grandes que bloqueaban el paso. Marco, aunque fuerte, comenzó a tropezar una y otra vez porque sólo sabía correr en terrenos planos. Muchos niños empezaron a cansarse o a resbalar. Martina, con un ojo agudo y su conocimiento de hierbas y senderos, nos guió hacia un recorrido alternativo que ella conocía, mucho más seguro aunque no fuera el más rápido.
Yo utilicé mis ruedas para moverme ágilmente por esos senderos complicados, rodando por debajo de las ramas y esquivando las piedras con facilidad. Los niños que habían arrancado rápido empezaron a perderse o a cansarse. Marco, en cambio, no quería renunciar e insistía en seguir por el camino principal, tropezando una y otra vez.
Al llegar a la última parte, descubrimos que el final de la carrera estaba en la cima de una colina con una pendiente empinada, donde había que escalar un poco para alcanzar la meta. Los corredores que habían logrado avanzar hasta ahí estaban agotados.
Martina, con su fuerza interior y determinación, empezó a ayudar a los demás a subir, incluido Marco, que estaba a punto de darse por vencido. Yo me ofrecí para buscar ramas y piedras que ayudaran como peldaños improvisados para hacer más sencilla la subida. La profesora Camila nos animó desde abajo, sorprendida por nuestra colaboración y por lo que todos estábamos logrando.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.