Cuentos de Valores

La Guerra Silenciada

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Cuando era joven, Colombia era un país lleno de contradicciones. Vivíamos bajo la sombra de una guerra constante que nos afectaba a todos, aunque muchos trataban de ignorarla. Yo, Edilberto, fui uno de los pocos que decidió no mirar hacia otro lado. Mi historia comienza en un pequeño pueblo en la región Andina, donde la vida transcurría entre los cafetales y la tierra que daba sustento a mi familia. Pero en el fondo, siempre supe que algo más grande estaba sucediendo, algo que definiría el futuro de todo el país.

Mi mejor amigo, Evelio, y yo nos conocimos desde que éramos niños. Siempre habíamos sido inseparables, jugando entre los árboles y nadando en los ríos. Sin embargo, a medida que fuimos creciendo, las diferencias de nuestras perspectivas sobre el futuro comenzaron a surgir. Evelio siempre tuvo una visión optimista sobre el poder de la política. Él creía que, a través del diálogo y la unidad, Colombia podría superar cualquier obstáculo. Yo, por el contrario, veía la política como una arena llena de hipocresías, donde las promesas nunca se cumplían.

Un día, mientras caminábamos por el pueblo, nos encontramos con Gloria, una mujer que había sido profesora en la escuela local. Gloria era conocida por su carácter fuerte y su pasión por la justicia. Aunque ya había dejado la enseñanza, su deseo de cambiar el mundo seguía intacto. Ella era la líder del pequeño grupo que, en silencio, luchaba por los derechos de los más pobres, aquellos que sufrían las consecuencias de la guerra, la desigualdad y la corrupción. Gloria nos miró con ojos llenos de esperanza y nos dijo: “El futuro está en nuestras manos, pero solo si somos valientes y nos unimos en la lucha”.

Poco después, conocimos a Guzmán y Castro. Guzmán era un hombre de principios, aunque algo reservado. Tenía un pasado oscuro, pero se había dedicado a la política para intentar redimir lo que había perdido. Castro, por otro lado, era un hombre joven y enérgico. Su carisma natural lo hacía destacar entre la multitud. Aunque su visión era más radical que la de Guzmán, ambos compartían el mismo objetivo: la libertad para todos, especialmente para aquellos que no tenían voz.

Juntos formamos un grupo pequeño pero comprometido, con el objetivo de enfrentar la guerra política que azotaba al país. A medida que nos uníamos más, nos dábamos cuenta de la magnitud de lo que estábamos enfrentando. Las manifestaciones crecían cada día, la represión aumentaba, y los informes de asesinatos, desapariciones y desplazamientos se multiplicaban. El gobierno, con su fuerza militar, trataba de aplastar cualquier intento de resistencia. Sin embargo, nosotros no íbamos a rendirnos.

Recuerdo como si fuera ayer la tarde en que decidimos salir a la calle para manifestarnos pacíficamente. Nos reunimos en la plaza principal de nuestro pueblo. Aunque sabíamos que podríamos enfrentarnos a la violencia de las autoridades, no teníamos miedo. La plaza, llena de gente de todas las edades, se llenó de consignas y pancartas. El viento soplaba fuerte, como si la misma tierra nos animara a seguir adelante.

Pero no todo salió como esperábamos. De repente, una multitud de soldados apareció en el horizonte. Al principio, pensé que quizás solo nos iban a intimidar, pero al ver las armas y la expresión de sus rostros, supe que las cosas iban a ponerse feas. Evelio, siempre tan valiente, fue el primero en alzar la voz. “¡Este es nuestro derecho! ¡Nos hemos cansado de vivir con miedo!”

Los soldados avanzaron rápidamente, y aunque intentamos resistirnos pacíficamente, la violencia estalló. Los gritos de los manifestantes se mezclaron con el estruendo de los disparos. La policía comenzó a disparar al aire, pero la tensión era tan grande que uno de los disparos alcanzó a Guzmán. Vi cómo se desplomó frente a mí, con una expresión de sorpresa en su rostro. Fue un momento de desesperación. Gloria, sin pensarlo, corrió hacia él, tratando de detener la sangre que brotaba de su herida. Pero era demasiado tarde.

El sonido de las sirenas se escuchaba a lo lejos, pero ya no importaba. La batalla por la libertad había comenzado, pero a un costo muy alto. Aquella tarde marcó un antes y un después en nuestras vidas. A partir de ese momento, ya no éramos solo un grupo de amigos luchando por una causa, sino sobrevivientes de un conflicto más grande que cualquiera de nosotros podría haber imaginado.

El miedo no tardó en apoderarse de nosotros. A pesar de lo que habíamos vivido, la muerte de Guzmán nos dejó una herida profunda. Cada uno de nosotros se preguntaba si aquello valía la pena. Gloria estaba devastada, su dolor era palpable, pero había algo más en sus ojos, algo que nos impulsaba a seguir adelante: la rabia. Sabía que si nos rendíamos, la muerte de Guzmán habría sido en vano. En ese momento, Gloria se convirtió en nuestra líder, y aunque sus palabras estaban llenas de tristeza, nos instó a seguir luchando por su memoria.

“Guzmán sabía lo que arriesgaba. Sabía que la lucha es dura, pero también sabía que la libertad se conquista con sacrificio. No vamos a dejar que su muerte sea solo una estadística más. Debemos continuar lo que comenzamos”, dijo con voz firme, a pesar de que las lágrimas brillaban en sus ojos.

Las semanas siguientes fueron un torbellino de emociones encontradas. La represión aumentaba, y las manifestaciones se volvían cada vez más violentas. Mientras tanto, nosotros nos encontrábamos cada vez más alejados de la vida cotidiana que conocíamos. Evitábamos hablar de política con nuestros familiares o amigos cercanos, porque sabíamos que todo lo que decíamos podía ser escuchado. Nadie quería arriesgarse a ser señalado como parte de la resistencia. La incertidumbre era nuestra compañera más fiel.

En las noches, nos reuníamos en la casa de Castro, que se convirtió en nuestro refugio secreto. Allí, trazábamos estrategias y pensábamos en cómo seguir adelante sin poner en peligro a más personas. Sin embargo, la situación estaba fuera de control. Cada día, nuevos reportes llegaban sobre la desaparición de personas cercanas a nuestra causa. La guerra política se había infiltrado en todos los rincones del país, y no sabíamos a quién podríamos confiar. La desconfianza se había vuelto la moneda corriente.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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