Cuando era joven, Colombia era un país lleno de contradicciones. Vivíamos bajo la sombra de una guerra constante que nos afectaba a todos, aunque muchos trataban de ignorarla. Yo, Edilberto, fui uno de los pocos que decidió no mirar hacia otro lado. Mi historia comienza en un pequeño pueblo en la región Andina, donde la vida transcurría entre los cafetales y la tierra que daba sustento a mi familia. Pero en el fondo, siempre supe que algo más grande estaba sucediendo, algo que definiría el futuro de todo el país.
Mi mejor amigo, Evelio, y yo nos conocimos desde que éramos niños. Siempre habíamos sido inseparables, jugando entre los árboles y nadando en los ríos. Sin embargo, a medida que fuimos creciendo, las diferencias de nuestras perspectivas sobre el futuro comenzaron a surgir. Evelio siempre tuvo una visión optimista sobre el poder de la política. Él creía que, a través del diálogo y la unidad, Colombia podría superar cualquier obstáculo. Yo, por el contrario, veía la política como una arena llena de hipocresías, donde las promesas nunca se cumplían.
Un día, mientras caminábamos por el pueblo, nos encontramos con Gloria, una mujer que había sido profesora en la escuela local. Gloria era conocida por su carácter fuerte y su pasión por la justicia. Aunque ya había dejado la enseñanza, su deseo de cambiar el mundo seguía intacto. Ella era la líder del pequeño grupo que, en silencio, luchaba por los derechos de los más pobres, aquellos que sufrían las consecuencias de la guerra, la desigualdad y la corrupción. Gloria nos miró con ojos llenos de esperanza y nos dijo: “El futuro está en nuestras manos, pero solo si somos valientes y nos unimos en la lucha”.
Poco después, conocimos a Guzmán y Castro. Guzmán era un hombre de principios, aunque algo reservado. Tenía un pasado oscuro, pero se había dedicado a la política para intentar redimir lo que había perdido. Castro, por otro lado, era un hombre joven y enérgico. Su carisma natural lo hacía destacar entre la multitud. Aunque su visión era más radical que la de Guzmán, ambos compartían el mismo objetivo: la libertad para todos, especialmente para aquellos que no tenían voz.
Juntos formamos un grupo pequeño pero comprometido, con el objetivo de enfrentar la guerra política que azotaba al país. A medida que nos uníamos más, nos dábamos cuenta de la magnitud de lo que estábamos enfrentando. Las manifestaciones crecían cada día, la represión aumentaba, y los informes de asesinatos, desapariciones y desplazamientos se multiplicaban. El gobierno, con su fuerza militar, trataba de aplastar cualquier intento de resistencia. Sin embargo, nosotros no íbamos a rendirnos.
Recuerdo como si fuera ayer la tarde en que decidimos salir a la calle para manifestarnos pacíficamente. Nos reunimos en la plaza principal de nuestro pueblo. Aunque sabíamos que podríamos enfrentarnos a la violencia de las autoridades, no teníamos miedo. La plaza, llena de gente de todas las edades, se llenó de consignas y pancartas. El viento soplaba fuerte, como si la misma tierra nos animara a seguir adelante.
Pero no todo salió como esperábamos. De repente, una multitud de soldados apareció en el horizonte. Al principio, pensé que quizás solo nos iban a intimidar, pero al ver las armas y la expresión de sus rostros, supe que las cosas iban a ponerse feas. Evelio, siempre tan valiente, fue el primero en alzar la voz. “¡Este es nuestro derecho! ¡Nos hemos cansado de vivir con miedo!”
Los soldados avanzaron rápidamente, y aunque intentamos resistirnos pacíficamente, la violencia estalló. Los gritos de los manifestantes se mezclaron con el estruendo de los disparos. La policía comenzó a disparar al aire, pero la tensión era tan grande que uno de los disparos alcanzó a Guzmán. Vi cómo se desplomó frente a mí, con una expresión de sorpresa en su rostro. Fue un momento de desesperación. Gloria, sin pensarlo, corrió hacia él, tratando de detener la sangre que brotaba de su herida. Pero era demasiado tarde.
El sonido de las sirenas se escuchaba a lo lejos, pero ya no importaba. La batalla por la libertad había comenzado, pero a un costo muy alto. Aquella tarde marcó un antes y un después en nuestras vidas. A partir de ese momento, ya no éramos solo un grupo de amigos luchando por una causa, sino sobrevivientes de un conflicto más grande que cualquiera de nosotros podría haber imaginado.
El miedo no tardó en apoderarse de nosotros. A pesar de lo que habíamos vivido, la muerte de Guzmán nos dejó una herida profunda. Cada uno de nosotros se preguntaba si aquello valía la pena. Gloria estaba devastada, su dolor era palpable, pero había algo más en sus ojos, algo que nos impulsaba a seguir adelante: la rabia. Sabía que si nos rendíamos, la muerte de Guzmán habría sido en vano. En ese momento, Gloria se convirtió en nuestra líder, y aunque sus palabras estaban llenas de tristeza, nos instó a seguir luchando por su memoria.
“Guzmán sabía lo que arriesgaba. Sabía que la lucha es dura, pero también sabía que la libertad se conquista con sacrificio. No vamos a dejar que su muerte sea solo una estadística más. Debemos continuar lo que comenzamos”, dijo con voz firme, a pesar de que las lágrimas brillaban en sus ojos.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de emociones encontradas. La represión aumentaba, y las manifestaciones se volvían cada vez más violentas. Mientras tanto, nosotros nos encontrábamos cada vez más alejados de la vida cotidiana que conocíamos. Evitábamos hablar de política con nuestros familiares o amigos cercanos, porque sabíamos que todo lo que decíamos podía ser escuchado. Nadie quería arriesgarse a ser señalado como parte de la resistencia. La incertidumbre era nuestra compañera más fiel.
En las noches, nos reuníamos en la casa de Castro, que se convirtió en nuestro refugio secreto. Allí, trazábamos estrategias y pensábamos en cómo seguir adelante sin poner en peligro a más personas. Sin embargo, la situación estaba fuera de control. Cada día, nuevos reportes llegaban sobre la desaparición de personas cercanas a nuestra causa. La guerra política se había infiltrado en todos los rincones del país, y no sabíamos a quién podríamos confiar. La desconfianza se había vuelto la moneda corriente.
Evelio, con su actitud siempre positiva, insistía en que debíamos encontrar una manera de comunicarnos con más personas fuera de nuestro círculo. “No podemos quedarnos encerrados en este lugar”, decía mientras trazaba líneas en un mapa del país. “Si podemos llevar este mensaje más allá de nuestras fronteras, si podemos unirnos con otros grupos, quizás podamos hacer algo real”.
Aunque sus palabras eran motivadoras, algo en mi interior me decía que la situación estaba más allá de nuestras fuerzas. Había perdido la esperanza de que la política pudiera cambiar algo. Sabía que, en muchos casos, la lucha no solo dependía de las ideas, sino de los intereses económicos y las alianzas con poderosos. A veces, me preguntaba si nuestra resistencia era solo un sueño. Pero al ver el compromiso de los demás, especialmente de Gloria, mi duda se desvanecía.
Un día, un mensaje llegó a través de un correo electrónico anónimo. Decía que había una reunión importante en Bogotá con otros grupos de resistencia que querían unirse a nuestra causa. La emoción y el temor nos invadieron al mismo tiempo. Era una oportunidad para expandir nuestra lucha, pero también un riesgo mortal. Decidimos viajar a Bogotá, sabiendo que cada paso podría ser el último.
El viaje fue largo y peligroso. Cuando llegamos a la ciudad, nos encontramos con una mezcla de personas dispuestas a luchar, pero también con muchas dudas y temores. Nos reunimos con líderes de otros movimientos, algunos más radicales que otros, pero todos compartían el mismo objetivo: acabar con la injusticia. Sin embargo, al poco tiempo, comprendimos que había más divisiones entre los grupos de lo que pensábamos. Algunos querían tomar medidas drásticas, mientras que otros abogaban por el diálogo.
Esa noche, después de la reunión, me quedé pensando en lo que había presenciado. La política, que en un principio parecía tan clara para Evelio, se había convertido en un campo de batalla donde las diferencias no solo eran ideológicas, sino también estratégicas. No era solo una cuestión de ideales, sino de quién tenía el poder para llevarlos a cabo. Mientras observaba a los demás, comprendí que el camino hacia la paz y la justicia no sería sencillo.
Al día siguiente, mientras caminábamos por las calles de Bogotá, nos encontramos con una manifestación masiva que exigía la renuncia de ciertos políticos. La tensión era palpable, pero lo que más me sorprendió fue la unidad de la gente. A pesar de las diferencias que existían entre los diversos grupos, todos se unían bajo un mismo grito de justicia. Allí entendí algo fundamental: la política, aunque sucia y compleja, tiene el poder de unir a las personas cuando se lucha por lo correcto.
Esa noche, mientras descansábamos en un pequeño hotel, Gloria nos miró con una mirada decidida y nos dijo: “Lo que hemos comenzado no se puede detener. No importa lo difícil que sea. Si logramos unificar a este país, no habrá nada que nos detenga”. Y aunque yo seguía con mis dudas, vi la fuerza en sus ojos. En ese momento, supe que nuestra lucha, aunque llena de sacrificios, era más que necesaria.
Cuentos cortos que te pueden gustar
Entre Colores y Sueños: La Aventura de Mica, Nicolás e Isabel
El Sueño de Regina
Lili y Lucas en la granja
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.