En la escuela El Camino había un grupo de estudiantes con diferentes formas de pensar, aprender y vivir. Entre ellos estaba Bruno, un alumno tranquilo que tenía buenas ideas, pero casi nunca participaba en clase. Todas las mañanas, el profesor escribía el tema en el pizarrón y comenzaba a explicar.
—Bien, jóvenes. Copien lo que está en el pizarrón y después responderán las preguntas —decía el profesor con tono firme, mientras los niños sacaban sus cuadernos y lápices.
Los estudiantes comenzaban a trabajar en silencio. Algunos, como Camila, escribían rápido y observaban atentos. Otros simplemente copiaban sin levantar mucho la mirada del papel. Bruno, sentado en su pupitre al fondo, escribía despacio y su mente vagaba a veces, pensando en cosas que le gustaría contar, pero que nunca encontraba el momento o las palabras para decir en voz alta.
Un día, mientras el profesor explicaba una lectura sobre la importancia de la amistad, Bruno levantó tímidamente la mano. El aire en el salón pareció contenerse, y algunas miradas se dirigieron hacia él, sorprendidas.
—Profesor, ¿puedo dar mi opinión? —preguntó.
—Después, Bruno. Primero terminemos la actividad —respondió el profesor sin detenerse, y Bruno bajó la mano lentamente.
—Está bien… —contestó mientras bajaba la mirada, sintiendo un poco de frustración.
A su lado, Camila lo observó con curiosidad.
—¿Qué querías decir? —le susurró.
—Tenía una idea sobre el tema, pero creo que no es importante —respondió Bruno, casi para sí mismo.
—Claro que es importante —le aseguró Camila—. Pero aquí casi nunca tenemos oportunidad de hablar.
Bruno suspiró.
—A veces siento que solamente venimos a escuchar y copiar.
Con el paso de los días, Bruno dejó de levantar la mano. Se fue haciendo cada vez más silencioso en clase, aunque su mente seguía llena de pensamientos y preguntas. No muy lejos de él, Ana, una estudiante nueva, también notaba lo difícil que era para muchos alumnos expresarse.
Ana era una niña alegre y curiosa. Había llegado a la escuela El Camino solo unas semanas antes, y aunque se esforzaba por adaptarse, sentía que no la escuchaban mucho. Algunos días, después de clase, se acercaba a Bruno y Camila para conversar. Notaba que, aunque Bruno era callado, su mirada decía mucho, y que Camila quería que todos pudieran hablar.
En esa misma escuela, Pablo era un caso diferente. A veces llegaba cansado porque después de la escuela ayudaba a su familia en tareas que le tomaban varias horas. Muchas veces contestaba sin ganas, o simplemente no hacía preguntas, pero no por falta de interés, sino porque estaba agotado. Nadie sabía esto, salvo su maestra, quien lo veía quedarse dormido en algunos momentos, o responder con monosílabos. Pablo también sentía que su voz no era tomada en cuenta: “¿Para qué voy a hablar si siempre ando cansado y ellos no me entienden?”.
Un día, Camila decidió que hacía falta un cambio en la clase. Después de que el profesor salió para la hora de receso, se acercó a Bruno y Ana.
—¿No creen que deberíamos intentar algo distinto? —les dijo con entusiasmo—. ¿Qué tal si hablamos con el profesor para que nos escuche más? Todos tenemos ideas, y nadie debería sentirse callado.
Ana asintió con una sonrisa.
—Sí, me gusta la idea. A veces siento que sólo somos números que tienen que sacar buenas notas, pero nadie se interesa en lo que pensamos.
Bruno miró a sus amigos con algo de esperanza.
—Podríamos crear un espacio para que todos digan lo que piensan, sin miedo de equivocarse ni de que los interrumpan.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.