En un rincón del vasto universo, muy, muy lejos de la Tierra, vivía una pequeña niña llamada Esther. Esther tenía rizos marrones y ojos brillantes, pero a pesar de su dulce sonrisa, se sentía sola. No tenía amigos con quienes jugar ni compartir sus sueños. Vivía en una pequeña nave espacial que flotaba entre las estrellas, rodeada de planetas y cometas, pero sin compañía.
Cada noche, Esther se sentaba junto a la gran ventana de su nave, mirando las estrellas que brillaban como pequeños puntos de luz en la oscuridad. «Ojalá pudiera encontrar a alguien con quien jugar», suspiraba mientras apoyaba su mentón en las manos. «Alguien que me acompañe en mis aventuras.»
Un día, mientras exploraba una galaxia lejana, Esther vio algo inusual en su radar. Había una señal de vida proveniente de un pequeño planeta verde que flotaba en la distancia. Emocionada, Esther decidió aterrizar allí para investigar.
Cuando la nave tocó el suelo del planeta, Esther salió con cuidado. El lugar estaba lleno de plantas gigantes y flores de colores brillantes. Todo parecía tan diferente a lo que había visto antes. Mientras caminaba por el suave suelo verde, escuchó un ruido entre los arbustos.
«¿Quién anda ahí?», preguntó con una voz suave pero firme.
De repente, un pequeño ser salió de entre las plantas. Era una criatura verde, con ojos grandes y redondos que brillaban con curiosidad. Tenía una piel suave y un cuerpo pequeño y rechoncho. «Hola», dijo el ser con una voz aguda y amistosa. «Me llamo Ana Lau. ¿Quién eres tú?»
«Soy Esther», respondió la niña, sorprendida pero emocionada de conocer a alguien nuevo. «Estoy viajando por el espacio buscando amigos.»
Ana Lau sonrió ampliamente. «¡Entonces has venido al lugar correcto! No tengo muchos amigos aquí. De hecho, no tengo ninguno. Pero me encantaría ser tu amiga.»
Esther sintió que su corazón se llenaba de alegría. «¡Yo también quiero ser tu amiga, Ana Lau!»
Las dos se dieron la mano, y en ese instante supieron que habían encontrado lo que tanto habían buscado: una verdadera amistad. Juntas, comenzaron a explorar el pequeño planeta verde, riendo y jugando mientras descubrían cada rincón mágico.
Pasaron días enteros explorando cuevas llenas de cristales brillantes, nadando en lagos que reflejaban el cielo estrellado y corriendo por campos donde las flores cantaban dulces melodías. Esther nunca se había sentido tan feliz, y Ana Lau también estaba encantada de tener a alguien con quien compartir sus días.
Un día, mientras jugaban a las escondidas entre los árboles, Ana Lau se detuvo de repente. «Esther», dijo en voz baja, «hay algo que quiero mostrarte.»
Esther, intrigada, siguió a Ana Lau hasta una colina cercana. En la cima, Ana Lau señaló el cielo. «Mira allí», dijo.
Esther miró hacia donde Ana Lau señalaba y vio algo increíble. En el cielo nocturno, había una estrella que brillaba más intensamente que las demás. «Esa es la Estrella de la Amistad», explicó Ana Lau. «Se dice que cuando dos amigos verdaderos la ven juntos, su amistad durará para siempre.»
Esther miró a Ana Lau con una gran sonrisa. «Entonces, siempre seremos amigas», dijo.
Ana Lau asintió. «Sí, siempre.»
Pero un día, Esther sintió un pequeño nudo en su corazón. Sabía que tarde o temprano tendría que seguir su viaje y explorar otros lugares en el espacio. Pero no quería dejar a Ana Lau. No quería perder a su amiga.
«Ana Lau», dijo una noche mientras miraban la Estrella de la Amistad, «¿qué pasará cuando tenga que irme?»
Ana Lau miró a Esther con ojos llenos de comprensión. «Sé que tienes que seguir viajando, Esther. Pero no importa a dónde vayas, siempre seremos amigas. La Estrella de la Amistad nos mantendrá conectadas.»
«Pero te extrañaré mucho», dijo Esther con tristeza.
«Y yo a ti», respondió Ana Lau. «Pero hay algo que quiero darte.»
Ana Lau sacó un pequeño cristal que brillaba con luz propia. «Este es un Cristal de la Amistad», explicó. «Siempre que te sientas sola o me extrañes, solo tienes que sostenerlo y pensar en mí. Yo haré lo mismo, y de alguna manera, estaremos juntas.»
Esther tomó el cristal con mucho cuidado, sintiendo el calor de la amistad que emanaba de él. «Gracias, Ana Lau. Esto significa mucho para mí.»
A la mañana siguiente, llegó el momento de despedirse. Esther y Ana Lau se abrazaron con fuerza, sin querer soltarse. «Prométeme que seguirás explorando y divirtiéndote», dijo Ana Lau.
«Lo prometo», respondió Esther, con lágrimas en los ojos. «Y tú prométeme que cuidarás bien de nuestro planeta.»
«Lo prometo», dijo Ana Lau, sonriendo a través de sus propias lágrimas.
Esther subió a su nave, con el corazón lleno de emociones encontradas. Estaba triste por dejar a Ana Lau, pero también sabía que tenía que seguir adelante. Mientras la nave se elevaba, Esther miró por la ventana y vio a Ana Lau agitando la mano desde el suelo. Esther levantó el Cristal de la Amistad, que brillaba con una luz cálida, y supo que su amistad duraría para siempre, sin importar cuán lejos estuvieran.
A medida que la nave se alejaba del planeta verde, Esther pensó en todas las aventuras que había vivido con Ana Lau. Habían explorado cuevas mágicas, nadado en lagos estrellados y descubierto la Estrella de la Amistad. Pero lo más importante de todo era que había encontrado una amiga verdadera, una amiga que siempre estaría en su corazón.
Esther siguió viajando por el espacio, visitando nuevos planetas y conociendo a nuevas criaturas, pero nunca se olvidó de Ana Lau. Cada noche, antes de dormir, sostenía el Cristal de la Amistad y pensaba en su amiga verde y sonriente, sabiendo que, de alguna manera, Ana Lau también estaba pensando en ella.
Un día, mientras volaba cerca de un hermoso planeta azul, Esther sintió algo especial en su corazón. Sabía que había encontrado un nuevo hogar, un lugar donde podría compartir las historias de sus aventuras con otros niños y donde siempre podría recordar a Ana Lau.
Y así, Esther aterrizó en la Tierra, un lugar lleno de niños y niñas que también buscaban amigos. Con su corazón lleno de amor y su Cristal de la Amistad brillando en su bolsillo, Esther comenzó una nueva vida, segura de que, sin importar a dónde la llevaran sus viajes, siempre tendría a Ana Lau en su corazón.
Y cada noche, cuando las estrellas brillaban en el cielo, Esther buscaba la Estrella de la Amistad y sonreía, sabiendo que en algún lugar del universo, su amiga Ana Lau estaba haciendo lo mismo.
Fin.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.