Había una vez un niño llamado Mateo que vivía en un barrio lleno de edificios altos y calles ruidosas. Cada día, cuando despertaba, podía escuchar el sonido de los coches, las voces de la gente y el timbre de la escuela. A Mateo le gustaba mucho imaginar cosas maravillosas: a veces, pensaba que los edificios eran castillos gigantes donde vivían dragones amigables, y otras, que las calles eran ríos por donde navegaban pequeños barcos de papel. Mateo tenía una imaginación muy grande, pero a veces le costaba entender cómo se sentían los demás. No siempre sabía cuándo alguien estaba triste, feliz o preocupado, porque a veces las emociones no parecían claras para él.
En la escuela de Mateo, un día llegó un nuevo compañero llamado Tomás. Tomás era un niño que hablaba muy poco y siempre se sentaba al final de la clase. Nadie sabía mucho sobre él, porque cuando alguien le preguntaba algo, él respondía en voz baja y rápido, o simplemente sonreía tímidamente. Algunos niños pensaban que Tomás no quería ser amigo de nadie, y por eso lo dejaban solo. Pero Mateo, que era muy curioso, se preguntaba qué pasaba por la cabeza de Tomás. Cada vez que lo veía sentado junto a la ventana, mirando hacia afuera, le parecía que Tomás tenía un secreto muy lindo que aún no podía contar.
Un día, la maestra anunció que iban a hacer un trabajo en parejas para dibujar un lugar especial que les gustara mucho. Mateo esperaba que le tocara con algún amigo, pero para su sorpresa, la maestra le dijo que su compañerito era Tomás. Mateo se quedó un poco confundido. ¿Cómo iba a hacer un dibujo con alguien que casi no hablaba y que siempre estaba callado?
Cuando llegó la hora de trabajar, Mateo se acercó tímidamente a Tomás y le dijo: “Hola, ¿quieres que dibujemos juntos un lugar divertido?”. Tomás solo asintió con una sonrisa pequeña y se sentó junto a él. Mateo sacó colores y un papel blanco, pero no sabía muy bien qué dibujar. Entonces, decidió preguntarle a Tomás: “¿Qué te gusta hacer cuando estás en casa?”. Tomás miró el papel y luego a Mateo, y con su voz suave dijo: “Me gusta mucho mirar las estrellas, y cuando estoy triste me gusta imaginar que las estrellas me hacen compañía”.
Mateo no podía creer lo que escuchaba. Él también amaba las estrellas, pero nunca había pensado que podían ser una compañía cuando uno se siente solo o triste. Entonces, empezó a dibujar un cielo nocturno lleno de estrellas brillantes, con una luna grande y redonda, y al fondo, dos niños sentados en un banco mirando el cielo. Tomás sonrió más y empezó a participar más en el dibujo, agregando colores y pequeños detalles que a Mateo le parecían muy bonitos.
Mientras trabajaban, Mateo empezó a notar algo diferente en Tomás. A veces, cuando él decía algo, Tomás lo escuchaba con mucha atención y sus ojos brillaban un poco. Otras veces, cuando Mateo hacía una broma, Tomás reía suavemente, aunque no siempre se animaba a contestar. Mateo se dio cuenta de que Tomás no era tímido porque no quisiera ser amigo, sino porque necesitaba tiempo para sentirse cómodo y confiar en los demás.
Pasaron los días y Mateo y Tomás comenzaron a sentarse juntos en el recreo. Jugaban a construir castillos imaginarios con bloques y a inventar historias sobre dragones y estrellas. Mateo le enseñaba a Tomás cómo imaginar que las calles ruidosas eran ríos tranquilos, y Tomás le contaba que en su antigua casa, en otro barrio, tenía un jardín secreto donde cuidaba una planta muy especial. Mateo escuchaba con cuidado y aprendía a entender a Tomás sin necesidad de muchas palabras, porque a veces, las acciones y las miradas también hablan mucho.
Un martes por la tarde, mientras estaban jugando en el parque, otro niño llamado Luis se acercó a ellos. Luis era uno de los niños más populares del barrio, siempre corriendo y haciendo carreras con todos. Luis miró a Tomás y dijo en voz alta: “¿Por qué siempre estás callado y no juegas con los demás? ¡Ven a jugar con nosotros!”. Tomás bajó la cabeza y parecía que no quería unirse. Mateo miró a Luis y luego a Tomás, y decidió decir algo que cambió todo. “Tomás juega conmigo. Él sabe inventar juegos con las estrellas y los castillos, ¡es muy bueno!”, dijo Mateo con una sonrisa segura.
Luis se sorprendió, pero luego sonrió y dijo: “Entonces quiero aprender también”. Tomás se animó un poco y se unió al juego. Desde ese día, Tomás empezó a hablar un poquito más, no mucho, pero lo suficiente para que los demás niños lo conocieran y supieran lo especial que era.
Mateo comprendió que a veces las personas no hablan mucho porque están aprendiendo a confiar o porque sienten miedo. También entendió que para ser amigo, no hace falta solo usar palabras, sino escuchar, compartir y estar presente. Él mismo había aprendido a mirar más allá de lo que se veía en la superficie y a ponerse en el lugar de Tomás, aunque al principio no supiera cómo hacerlo.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.