Había una vez un niño llamado Miguel. Miguel tenía cinco años y estaba en el grado preescolar. Miguel era un niño muy especial; le encantaba jugar con sus carros de juguete y tenía una imaginación increíble. Sin embargo, a veces le costaba interactuar con otros niños porque tenía autismo. Miguel prefería estar solo y jugar a su manera, lo que hacía que sus compañeros no siempre entendieran cómo acercarse a él.
La profesora Ana, su maestra, era muy cariñosa y siempre estaba buscando maneras de incluir a Miguel en las actividades de la clase. Ella sabía que Miguel era un niño brillante y solo necesitaba un poco de ayuda para sentirse cómodo con sus compañeros.
Un día, mientras observaba a Miguel jugar con sus carros de juguete, a la profesora Ana se le ocurrió una idea. Sabía cuánto le gustaban los carros a Miguel, así que decidió organizar una actividad especial para toda la clase. Sería una pista de carreras de carros, donde todos los niños podrían participar y, lo más importante, donde Miguel podría sentirse feliz y seguro.
La profesora Ana pasó la tarde planeando la actividad. Hizo una gran pista de carreras usando cinta adhesiva de colores para marcar el recorrido en el suelo del salón. También preparó pequeñas banderas y carteles para hacer el evento aún más emocionante. Al día siguiente, les explicó a los niños la actividad que había planeado.
«Hoy vamos a tener una gran carrera de carros,» anunció la profesora Ana con una gran sonrisa. «Todos podrán participar y competir con sus carros de juguete. Será muy divertido, y todos debemos animar a nuestros amigos.»
Los niños estaban muy emocionados. A todos les encantaban los carros y les gustaba la idea de tener una carrera en el aula. Sin embargo, la profesora Ana sabía que lo más importante era asegurarse de que Miguel se sintiera cómodo y feliz de participar.
«Miguel,» dijo la profesora Ana con suavidad, «sé cuánto te gustan los carros. ¿Te gustaría ayudarnos a preparar la carrera y luego participar con nosotros?»
Miguel, que estaba jugando en un rincón del aula, miró a la profesora Ana con curiosidad. Le gustaba la idea de una carrera de carros, pero se sentía un poco nervioso al pensar en jugar con los otros niños. Sin embargo, la sonrisa cálida de la profesora Ana lo hizo sentirse un poco más seguro.
«Sí, profesora,» dijo Miguel en voz baja.
Con la ayuda de Miguel, la profesora Ana y los otros niños terminaron de preparar la pista de carreras. Miguel se aseguró de que cada curva y recta estuviera perfectamente marcada. Cuando todo estuvo listo, la profesora Ana explicó las reglas de la carrera y distribuyó los carros de juguete.
«Cada uno de ustedes tendrá un carro,» dijo la profesora Ana. «El objetivo es llegar a la meta lo más rápido posible, pero lo más importante es divertirnos y animar a nuestros amigos.»
La carrera comenzó, y todos los niños participaron con entusiasmo. Miguel, con su carro favorito en la mano, se sintió más seguro al ver la emoción de sus compañeros. Poco a poco, los otros niños se dieron cuenta de lo hábil que era Miguel con los carros y comenzaron a animarlo con gritos de alegría y aplausos.
«¡Vamos, Miguel! ¡Tú puedes!» gritaban los niños mientras los carros avanzaban por la pista.
Miguel, que normalmente era muy reservado, empezó a sonreír y a sentirse más cómodo. Su carro avanzaba rápidamente, y él se concentraba en cada curva y recta. Los otros niños también estaban disfrutando de la carrera, pero se sentían especialmente felices al ver a Miguel tan involucrado y contento.
La profesora Ana observaba con satisfacción cómo todos los niños jugaban juntos y se apoyaban mutuamente. Sabía que esta actividad estaba logrando mucho más que solo diversión; estaba ayudando a crear lazos de amistad y comprensión entre Miguel y sus compañeros.
Después de varias vueltas, la carrera llegó a su fin. Todos los niños estaban exhaustos pero felices. Se sentaron en círculo y compartieron sus experiencias.
«¡Eso fue increíble!» dijo uno de los niños. «Miguel, eres muy bueno con los carros. ¿Nos enseñarías algunos trucos?»
Miguel, aún sonriendo, asintió con la cabeza. «Claro, puedo mostrarles algunos de mis trucos favoritos.»
Los niños se reunieron alrededor de Miguel mientras él les mostraba cómo hacer que los carros tomaran las curvas más rápido y cómo evitar que se salieran de la pista. Todos escuchaban con atención y hacían preguntas, interesados en aprender más.
La profesora Ana observaba con alegría cómo sus alumnos se acercaban más a Miguel. Sabía que esta actividad no solo había sido divertida, sino que también había ayudado a los niños a entender y apreciar a su compañero de una manera nueva.
A partir de ese día, las cosas empezaron a cambiar en el aula. Los niños comenzaron a invitar a Miguel a jugar más a menudo y a incluirlo en sus actividades. Miguel, por su parte, se sentía más seguro y feliz, sabiendo que tenía amigos que lo apoyaban y entendían.
La profesora Ana se sentía orgullosa de sus alumnos. Habían aprendido una lección importante sobre la amistad y la inclusión. Sabía que, aunque cada niño es diferente, todos pueden encontrar maneras de conectarse y apoyarse mutuamente.
La gran carrera de carros se convirtió en un evento regular en el aula, algo que todos esperaban con ansias. Y cada vez que veían a Miguel sonreír y participar con alegría, sabían que habían logrado algo muy especial.
Y así, en una pequeña aula de preescolar, un grupo de niños aprendió que la verdadera amistad no tiene límites y que, con un poco de creatividad y mucho cariño, todos pueden encontrar un lugar donde pertenecer.
Cuentos cortos que te pueden gustar
La Aventura de Scott y Titi
Sara y las Palabras Mágicas
Alicia y el Valor de la Educación
Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.