Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de un inmenso bosque, un grupo de cuatro amigos inseparables: Gene, Seba, Simón y Anthony. Estos amigos adoraban explorar el bosque cercano a sus casas, donde vivían emocionantes aventuras y pasaban horas jugando entre los árboles altos y los ríos cristalinos. Un soleado día de verano, decidieron jugar a las escondidas, su juego favorito.
Simón, el mayor del grupo, fue elegido para contar. Se apoyó contra un árbol y cerró los ojos mientras contaba hasta cincuenta. “¡Uno, dos, tres…!”, comenzó a contar, mientras los otros tres corrían a esconderse.
Gene, una niña de cabello rizado y castaño que llevaba un vestido azul, encontró un gran tronco hueco y decidió esconderse dentro. “Nadie me encontrará aquí”, pensó para sí misma mientras se acomodaba en el tronco.
Seba, con su cabello negro corto y camiseta roja, se deslizó detrás de un grueso árbol cercano. “Este es un buen lugar”, murmuró mientras se agachaba, asegurándose de no ser visto.
Anthony, con su pelo castaño ondulado y pantalones cortos amarillos, corrió hacia un pequeño puente de madera que cruzaba un arroyo. Se metió debajo del puente, sonriendo, convencido de que nadie lo encontraría.
“¡Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta! ¡Listos o no, aquí voy!”, gritó Simón mientras abría los ojos. Comenzó a buscar a sus amigos con entusiasmo, sabiendo que no sería fácil encontrarlos.
Primero encontró a Seba, que no pudo evitar reírse cuando Simón se acercó. “¡Te encontré!”, exclamó Simón con una gran sonrisa. “¡Ahora eres parte del equipo de búsqueda!”
Seba y Simón continuaron buscando juntos y no pasó mucho tiempo antes de que encontraran a Anthony, que se había movido un poco debajo del puente, provocando un ligero sonido que alertó a los buscadores. “¡Ahí estás!”, dijo Seba mientras Anthony salía riendo de su escondite.
Sin embargo, después de un buen rato buscando, no lograban encontrar a Gene. “¿Dónde puede estar?”, se preguntaban los tres amigos mientras caminaban entre los árboles, mirando detrás de cada roca y arbusto. Gritaban su nombre sin parar, “¡Gene, Gene, ¿dónde estás?!”, pero no obtenían respuesta.
El tiempo pasó y los tres amigos comenzaron a preocuparse. El sol estaba empezando a bajar, pintando el cielo de colores anaranjados y rosados. Justo cuando estaban a punto de rendirse, Simón escuchó un sonido suave que provenía de un gran tronco de árbol. “¡Chicos, vengan aquí!”, llamó a sus amigos.
Se acercaron al tronco y escucharon un ligero ronquido. “¿Podría ser…?”, dijo Anthony, con los ojos muy abiertos. Seba se asomó dentro del tronco y, efectivamente, ahí estaba Gene, profundamente dormida.
“¡Gene!”, exclamaron los tres a la vez. Gene se despertó sobresaltada y, al ver a sus amigos, sonrió ampliamente. “¡Lo siento mucho, me quedé dormida!”, dijo, un poco avergonzada.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.