Sherlock y Pauna vivían en dos pueblos que estaban separados por un gran río y muchas diferencias. Aunque sus aldeas eran muy pequeñas y cercanas, sus familias siempre habían discutido y no se llevaban bien, porque había viejos malentendidos que ninguno de los adultos recordaba con exactitud. Los padres de Sherlock y los padres de Pauna no querían que sus hijos se juntaran, pues creían que eso solo traería problemas.
Sherlock era un chico valiente y curioso, con ojos grandes y brillantes como la noche estrellada, y un corazón tan grande que no cabía en su pecho. Amaba leer libros de aventuras y soñaba con descubrir el mundo. Pauna, por otro lado, era una chica inteligente y dulce, con una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor. Le encantaba pintar y crear historias con su imaginación sin límites. Se conocieron un día soleado, cuando ambos fueron al río a buscar flores silvestres, y en ese momento surgió una amistad que pronto se convertiría en algo mucho más especial.
Desde el primer instante, Sherlock y Pauna sintieron que eran muy distintos a los demás niños de sus pueblos. Aunque parecían jóvenes comunes, su amor crecía sin importar las palabras negativas que sus familias decían sobre ellos. Cada vez que se veían, sus corazones latían al unísono, como si una canción solamente para ellos se escuchara en el viento.
Pero sus padres no entendían esa magia que unía a sus hijos y, en voz alta, les decían que no se acercaran. «Sherlock, ¡no te mezcles con esa niña!», le gritaba su madre con preocupación, mientras su padre asentía con desaprobación. «Pauna, olvida a ese chico, no es bueno para ti», le advertía su mamá con tristeza. Los senderos que solían recorrer juntos ahora estaban llenos de miradas amenazantes y palabras duras. Sin embargo, ni Sherlock ni Pauna estaban dispuestos a renunciar a su amor.
Una tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, los dos se encontraron a escondidas en el viejo puente de madera que cruzaba el río. Era su lugar secreto, el testigo silencioso de sus palabras, risas y lágrimas. Pauna sostuvo la mano de Sherlock, y él miró sus ojos con ternura.
—No importa lo que digan —le dijo Pauna—, estoy segura de que podemos encontrar una manera de estar juntos.
—Nada podrá separarnos —respondió Sherlock—. Quizá, si mostramos lo fuerte que es nuestro amor, nuestras familias lo entenderán.
De pronto, algo mágico ocurrió. En el aire, como si escuchara sus deseos, apareció un pequeño pájaro azul que se posó en la baranda del puente. Pauna sonrió y dijo:
—Este es el guardián de los corazones valientes, nos va a ayudar.
Decidieron escribir una carta para sus familias, contando lo que sentían, explicando que su amor no era una simple ilusión de niños, sino una fuerza que los hacía mejores personas. Pero enviar la carta no sería fácil, porque cada hogar estaba muy protegido por la desconfianza y el miedo a lo desconocido.
En la noche, con linternas y mucho cuidado, los dos jóvenes cruzaron el río y entregaron las cartas directamente a sus familias. Al amanecer, Pauna y Sherlock esperaban nerviosos en el puente, sin saber qué pensaban sus padres sobre lo que habían leído.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.