Salome era una niña muy especial. Tenía unos rizos castaños que siempre parecían bailar cuando ella corría de un lado a otro, y una sonrisa tan brillante que iluminaba a todos a su alrededor. Hoy era un día muy emocionante, porque Salome estaba a punto de celebrar su cumpleaños. ¡Qué feliz se sentía! Desde que se despertó, la casa estaba llena de un aire de celebración.
Al bajar las escaleras, vio que el comedor estaba decorado con globos de todos los colores y serpentinas colgando del techo. En el centro de la mesa, su mamá había puesto un pastel pequeño, adornado con una única vela. Aunque el pastel era pequeño, estaba lleno de amor, porque su mamá lo había hecho especialmente para ella.
Salome se acercó al pastel con los ojos muy abiertos, observando cada detalle.
—¡Es precioso, mamá! —exclamó con alegría—. ¡No puedo esperar para soplar la vela!
Su mamá le dio un abrazo suave y le sonrió.
—Es todo para ti, mi amor. Hoy es un día muy especial porque celebramos lo mucho que te queremos.
Salome sonrió aún más y se sentó a la mesa, esperando que los invitados llegaran. Aunque no serían muchos, Salome sabía que quienes iban a venir eran las personas que más la querían. Mientras esperaba, no podía dejar de pensar en lo afortunada que era por tener una familia tan amorosa.
El primer invitado en llegar fue su abuela. Llevaba un gran ramo de flores y, al verla, Salome corrió hacia ella para darle un fuerte abrazo.
—¡Feliz cumpleaños, mi pequeña Salome! —dijo su abuela, con una sonrisa tan cálida como el sol—. Traje estas flores porque sé cuánto te gustan.
Salome respiró el dulce aroma de las flores y agradeció con una sonrisa.
—¡Gracias, abuela! Me encantan.
Después llegó su tía, con un enorme globo en forma de corazón que flotaba sobre su cabeza. Salome rió al ver el globo.
—¡Es tan bonito! —dijo, agarrando la cuerda y mirándolo flotar por el techo.
Finalmente, llegó su papá, que había estado trabajando pero no quería perderse la gran celebración. Entró con una caja envuelta en papel brillante, y Salome corrió a abrazarlo tan fuerte como pudo.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —dijo su papá, agachándose para estar a su altura.
—Gracias, papá —respondió Salome, abrazándolo con fuerza—. Estoy muy contenta de que estés aquí.
Con todos reunidos, llegó el momento que Salome había estado esperando: ¡soplar la vela! Su mamá encendió la pequeña vela en el pastel y todos comenzaron a cantar «Cumpleaños feliz». La casa se llenó de música y risas, y Salome, con los ojos brillantes, hizo un deseo en silencio. Cerró los ojos, respiró hondo y sopló la vela, mientras los aplausos llenaban la habitación.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.