Cuentos de Amor

Por Siempre Entrelazados Más Allá de la Distancia y el Tiempo

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Era un día soleado en el pequeño pueblo de Villa Esperanza, donde cada rincón parecía estar lleno de vida, risas y sueños. Entre las coloridas casas, dos amigos de toda la vida, Ana y Juan, recorrían el camino hacia la escuela. Ana, con su melena rizada y su gran actitud, siempre había sido un torbellino de energía. Juan, más tranquilo y reflexivo, se encontraba a su lado, disfrutando del día y de la compañía de su amiga.

Desde pequeños, Ana y Juan habían compartido un vínculo especial. Juntos construyeron castillos en el aire, soñaron con aventuras y, a medida que fueron creciendo, empezaron a tener sentimientos un poco más profundos. Sin embargo, ninguno de los dos se atrevía a hablar de esto. Un día, mientras caminaban por el parque, Juan decidió que era el momento de confesar lo que sentía, pero justo entonces, su madre, Sofía, apareció de la nada, llevando consigo el aroma de galletas recién horneadas.

—¡Hola, chicos! —exclamó Sofía con una sonrisa—. ¿Quieren unas galletas antes de ir a la escuela?

Ana y Juan se miraron con complicidad, y la tentación fue demasiado fuerte. Aceptaron con gusto y siguieron a Sofía hasta su casa, donde la mesa estaba cubierta de deliciosas galletas de chocolate y un delicioso batido de frutas.

Mientras disfrutaban de su merienda, Sofía notó que algo extraño pasaba entre Ana y Juan. En una de las pausas entre risas y morsas de galleta, se atrevió a preguntar:

—¿Hay algo más que quieran contarme? ¿Puedo ayudarles en algo?

Juan sintió que su corazón latía más rápido. Ana, sin embargo, con su curiosidad habitual, le dio un codazo y dijo:

—Sólo estábamos pensando en nuestro proyecto de ciencias.

Sofía sonrió, entendiendo que los jóvenes a veces tienen sus propios secretos. Después de un rato, despidieron a Sofía y caminaron juntos hacia la escuela. Pero en el fondo, Juan aún conservaba sus sentimientos sin confesar.

Durante la semana, Juan decidió que tenía que ser valiente. Un sábado, mientras paseaban por el lago cercano, decidió que era el día. Se sentaron en un banco de madera, el sol brillaba sobre el agua y los patos nadaban felices. Con un nudo en el estómago, Juan miró a Ana a los ojos.

—Ana, hay algo que quiero decirte. No sé cómo lo tomarás, pero… me gustas. Quiero decir, me gustas de una manera especial —dijo Juan, sintiendo que su corazón se salía de su pecho.

Ana se quedó en silencio un momento, observando su rostro. Luego, una gran sonrisa iluminó su cara.

—¡Yo también siento lo mismo, Juan! Siempre he sentido que hay algo más entre nosotros —respondió Ana, con los ojos brillantes de felicidad.

Sus corazones latían al unísono, y el aire a su alrededor parecía vibrar de emoción. Pero justo cuando la felicidad llenaba el momento, un ruido resonó en el aire. Era un ladrido y, segundos después, apareció un perrito pequeño, con pelo rizado y muy juguetón, que comenzó a saltar alrededor de ellos.

—¡Mira! —exclamó Ana, riendo—. Es un perrito muy lindo. Deberíamos llamarlo Rayo.

Juan se unió a la risa y, con el nuevo integrante de su pequeña aventura, continuaron conversando sobre sus sueños, su futuro y todo lo que les gustaba hacer juntos. Pasaron horas jugando con Rayo, corriendo y lanzándole pequeñas pelotas de papel que hacían reír a los dos.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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