Cuentos de Amor

Un Corazón que Aprende a Amar

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Mi nombre es Kira y este es un trozo de mi diario. Quiero contarles algo muy importante que me pasó, algo que cambió la manera en que veo a mi familia, a mi hermanita Sandy y hasta a mí misma. Espero que al contarme, también puedan entender un poco más lo que significa aprender a amar, aunque a veces no sea fácil.

Cuando nació Sandy, todo en la casa se sintió diferente. Antes, yo era la única niña, la princesa del lugar, y ahora tenía una hermanita bebé que no sabía hablar, que lloraba mucho y que parecía robarse toda la atención de mamá y papá. Tito, nuestro perro, al principio no entendía bien qué pasaba con ese bultito que llevaba mamá en brazos, pero pronto se convirtió en su guardián y compañero. Al principio, yo no sabía qué hacer con esa sensación rara y complicada en mi pecho. Sentía que ya no me querían como antes. No era solo ese pensamiento, también era que me sentía sola, porque mamá y papá estaban muy ocupados cuidando a Sandy.

A veces me preguntaba si ellos me extrañaban o si seguía siendo importante para ellos cuando la bebé estaba cerca. La verdad, quería querer a Sandy, pero algo dentro de mí se rebelaba y no encontraba la manera. Cada vez que la veíamos juntos, me sentía como un extraño en mi propia casa. Tenía muchos celos y no lo podía evitar. No era que no la quisiera, era que no sabía cómo amarla todavía.

Mamá siempre decía que tener una hermanita era un regalo, que era una oportunidad para aprender a compartir y a cuidar. Pero yo solo miraba a Sandy y me preguntaba si eso era verdad, porque la veía tan pequeña, tan indefensa, y sentía que me estaba ensombreciendo. Padre me explicaba que el amor es como un globo: si lo aprietas demasiado de un lado, estalla; si lo sueltas mucho, se va volando, que hay que encontrar la forma justa de sujetarlo. No entendía muy bien lo que eso quería decir hasta que lo viví en carne propia.

Para complicar más las cosas, desde la escuela llegó Sarah, mi mejor amiga de siempre. Ella vivía a dos calles de mi casa y casi todas las tardes nos encontrábamos para hacer la tarea, jugar o simplemente contar secretos. Sarah notó que estaba un poco distante y que no me sentía feliz como antes. Un día, me preguntó qué pasaba y yo, con mucha dificultad, le conté sobre Sandy y todo lo que sentía. No sabía si me juzgaría o si pensaría que era mala, pero ella solo me dijo: “Kira, tener una hermanita es un cambio grande. Lo sé, porque mi hermano también me cambió todo cuando nació. Pero con tiempo y cariño, todo mejora.” Eso me dio un poquito de esperanza.

Lo que yo no sabía es que el cambio que necesitaba estaba muy cerca, casi al alcance de mis manos, y no era tan difícil como pensaba.

Un sábado por la mañana, mamá me pidió que la ayudara en la cocina para preparar el almuerzo. Mientras cortaba verduras y movía sartenes, Tito se quedó quieto al lado de la cuna donde dormía Sandy. De repente, la bebé abrió los ojos y se inquietó. Tito se acercó despacio, con cuidado de no asustarla, y con su hocico le tocó suavemente la mano. Sandy soltó una risita que sonaba como campanitas y yo, sin darme cuenta, sonreí también. En ese instante, sentí que esa conexión entre el perro y la bebé era algo mágico. Tito no la veía como una molestia, sino como un nuevo miembro importante en la familia. ¿Por qué yo no podía sentir eso también?

Entonces, decidí hacer algo. Me acerqué lentamente a la cuna, como si tuviera miedo de molestar, y con mi dedo toqué la manita de Sandy. Ella me agarró el dedo con fuerza y miró hacia mí con esos ojos grandes que parecían decir: “Estoy aquí, Kira. Soy tu hermanita”. Sentí una corriente tibia recorrerme el corazón. Algo se estaba abriendo dentro de mí, una puerta que antes creí cerrada.

Al día siguiente, quise hacer algo especial para Sandy. Busqué en mi cajón de dibujos y pinté una tarjeta con muchos colores y estrellas. La llevé a mamá y le pedí ayuda para dársela a Sandy cuando estuviera despierta. Mamá me abrazó fuerte y me dijo que estaba orgullosa de mí, que veía como mi corazón se hacía más grande y amable.

Sin embargo, no todo fue fácil después de eso. Había días en los que el llanto de Sandy me enfurecía, en los que quería que se callara para que mamá y papá me prestaran atención otra vez. A veces gritaba sin querer y eso me hacía sentir culpable, porque a Sandy no se le puede decir que no, no con esa carita de quien está aprendiendo a conocer el mundo. Pero entonces recordaba lo que papá me había dicho: “El amor no siempre sale perfecto, Kira. A veces hay que tener paciencia con uno mismo para poder dárselo a los demás.” Y poco a poco, la paciencia se fue metiendo en mi mochila de cada día.

Mi amiga Sarah vino un día a casa con un juego de construcción que se llamaba “La Ciudad de la Amistad”. Me invitó a jugar con ella y le pedí que trajera a Sandy. Al principio parecía imposible, porque la bebé solo quería estar en brazos de mamá o lloraba, pero poco a poco la fuimos incluyendo. La pusimos en un asiento para bebés cerca de nosotras, y cada vez que Sandy sonreía, era como si la ciudad entera se iluminara. Jugando y riendo, entendí que Sandy no era una interrupción en mi mundo: era una nueva compañera que quería ser parte de mis aventuras.

Un día, mamá me contó que cuando ella era niña tuvo una hermanita que también no fue fácil querer al principio. Me dijo que para ella, igual que para mí, fue difícil aceptar que ese amor tenía que crecer con tiempo y con pequeños gestos. Me habló de cómo las peleas entre hermanas no significan falta de amor, y que lo importante es nunca dejar de intentarlo. Sentir que mamá comprendía lo que yo sentía fue como un bálsamo para mi alma.

Pasaron meses y muchas cosas cambiaron. Yo ya no veía a Sandy como una rival o una intrusa, sino como alguien a quien podía cuidar, proteger y querer. Tito seguía siendo su guardián, y a veces parecía que el perro entendía más que yo la importancia de esa hermanita pequeña.

En una tarde lluviosa, estaba leyendo un libro en mi cuarto cuando escuché un pequeño llanto que no era el de Sandy ni el de Tito inquieto. Era un sollozo que venía de dentro de mí, un lugar donde guardaba todos mis miedos y dudas. Me di cuenta de que no tenía que negar lo que sentía ni fingir que todo era fácil. Amarnos como hermanos no significaba que no tendríamos problemas o que siempre estaríamos de acuerdo, sino que nuestro amor debía ser fuerte y real.

Un día, Sandy ya un poco más grande, me alcanzó su manita para que la tomara y caminamos juntas por el parque cerca de casa. Tito trotaba feliz a nuestro lado. Sentí una felicidad profunda, la idea de que ese amor por mi hermanita había crecido y se había convertido en una parte fundamental de mí. No solo la amaba, sino que la admiraba, y quería protegerla siempre.

Al final, aprendí que amar a alguien no es solo sentir cosas bonitas a veces, sino también estar cuando es difícil, querer incluso en los momentos de enojo y frustración, y descubrir que el amor es como una planta que hay que regar todos los días con paciencia y cariño para que crezca fuerte y hermosa.

Sé que seguirá habiendo días complicados, pero ahora sé que nada es imposible si abrimos el corazón y dejamos que el amor entre sin miedo. Sandy no solo es mi hermanita menor; es un regalo que me enseñó a ser mejor persona, a aprender acerca del amor que damos sin condiciones, que perdura y que transforma.

Y este es mi secreto ahora: amar a alguien no significa que no podamos tener momentos difíciles. Amar significa escoger cada día ser amable, incluso cuando no es fácil, y comprender que la familia es el lugar donde el amor siempre puede crecer. Ojalá que, cuando leas mi historia, puedas recordar que en tus propias relaciones, en tus amigos o en tu familia, el amor es la llave para superar cualquier obstáculo. Porque un corazón que aprende a amar, es un corazón feliz.

Superar los obstáculos para amar a los demás, especialmente a quienes están cerca, puede ser complicado. Pero la historia de Kira nos muestra que con paciencia, apoyo y pequeñas acciones de cariño, podemos abrir nuestro corazón y darle un lugar especial al amor. Es normal sentir celos o confusión, y está bien pedir ayuda y compartir lo que sentimos. Al final, el amor verdadero es ese que crece con el tiempo y nos hace más fuertes. Así, como Kira aprendió a querer a Sandy, todos podemos aprender a amar a los que nos rodean, aunque al principio parezca difícil. El amor siempre vale la pena.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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