Cuentos de Amor

Un día soleado de diversión y amor en familia

Lectura para 2 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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Era un hermoso día soleado en la casa de Mariel. Los pájaros cantaban alegres en los árboles, el sol brillaba alto en el cielo y la brisa suave acariciaba todo alrededor. Mariel, una niña curiosa y llena de energía, se despertó con una gran sonrisa en su rostro. Hoy era un día especial porque iba a pasar tiempo con su familia, su papá y su mamá, a quienes adoraba.

Al salir de su habitación, Mariel encontró a su papá en la cocina, preparando unos deliciosos pancakes. «¡Buenos días, papá!», dijo Mariel mientras se acercaba a abrazarlo. Papá, con una gran sonrisa, le devolvió el abrazo y le dijo: «¡Buenos días, mi querida Mariel! Hoy vamos a hacer algo muy divertido juntos.»

Mariel miró a su papá con curiosidad. «¿Qué vamos a hacer, papá?» preguntó mientras se acomodaba en una silla en la mesa. «¡Vamos a tener un pícnic en el parque!», respondió él. Mariel se emocionó mucho. A ella le encantaban los pícnics, sobre todo si iban su papá y su mamá.

Mientras tanto, mamá apareció en la cocina con una cesta colorida. «Hola, Mariel, ¡hola, papá!», saludó mamá con alegría. La cesta era muy bonita y Mariel se preguntaba qué había dentro. «¿Qué tienes en la cesta, mamá?», preguntó con ojos brillantes. «He preparado algunas cosas ricas para nuestro pícnic. Hay frutas, sándwiches y, por supuesto, los dulces que tanto te gustan», dijo mamá mientras empezaba a sacar la comida.

Mariel se imaginaba todas las cosas deliciosas que iban a comer y su estómago rugía de emoción. Después de un rato, la familia estaba lista. Mariel llevó su gorra de sol, papá tomó la mochila con bebidas y mamá se aseguró de que no faltara nada en la cesta. Todos juntos salieron de casa, disfrutando del calor del sol en sus caras.

Caminaron hasta el parque, donde había muchas flores de colores y árboles grandes que ofrecían sombra. Mariel corrió delante de sus papás, riendo y jugando con una mariposa que volaba cerca de ella. «¡Mira, papá! ¡Mira, mamá!», gritaba mientras intentaba atraparla con sus manitas. Papá y mamá la miraban con amor, disfrutando de su alegría.

Finalmente, encontraron un lugar perfecto para instalar su pícnic, bajo un gran árbol. Papá extendió una manta en el suelo y mamá comenzó a colocar los alimentos cuidadosamente. Mariel ayudaba, sacando las frutas y organizando todo con gran entusiasmo. «¡Esto está delicioso!», exclamó Mariel al ver las fresas y las uvas.

Luego de que todo estuvo listo, la familia se sentó a comer. Disfrutaron de cada bocado, riendo y compartiendo historias. Mariel se sentía tan feliz de tener a sus papás justo allí, disfrutando del momento. Mientras comían, Mariel miró a su alrededor y vio a un pequeño perro que se acercaba, moviendo su cola. Era un perrito de pelaje marrón con manchitas blancas.

«¡Mira, un perrito!», gritó Mariel emocionada. El perro llegó hasta ellos, olfateando la comida. «¿Podemos darle un poco de comida, papá?», preguntó Mariel con su voz de niña. Papá miró a mamá y ambos sonrieron. «Claro, pero sólo un poco», dijo mamá.

Mariel tomó un trozo de su sándwich y se lo ofreció al perrito. Él lo aceptó con alegría y, mientras comía, su cola se movía rápidamente. Mariel se rió y exclamó: «¡Es muy feliz! Se llama… ¡cómo le vamos a poner, mamá y papá?». «Podemos llamarlo Amistad», sugirió mamá. «Porque parece que nos quiere hacer compañía en nuestro pícnic», agregó papá.

Desde ese momento, Mariel, papá, mamá y Amistad se hicieron amigos. Pasaron el día jugando juntos. Mariel corría detrás de Amistad, mientras él ladraba y movía su cola. Papá se unió, lanzando una pelota para que el perrito la trajera de vuelta. Mamá se reía al ver a Mariel intentando imitar los saltos de Amistad. Era un espectáculo lleno de amor y risas.

Después de un rato, Mariel se sentó nuevamente en la manta, cansada y feliz. «Este día es el mejor, papá y mamá. Gracias por traerme al parque», dijo con sinceridad. Papá se inclinó y le dio un beso en la frente. «No hay nada como pasar un día con mi niña favorita». Mamá también se unió al abrazo, y en ese momento, sintieron un inmenso amor entre ellos.

El sol comenzó a bajar y el aire se volvía más fresco. Era hora de volver a casa. Mariel dio un último abrazo a Amistad, prometiéndole que volverían a jugar juntos al parque. Mientras caminaban de regreso, Mariel habló sobre todas las aventuras que tuvo ese día, y sobre cómo podría enseñar a Amistad a jugar a la pelota la próxima vez.

Al llegar a casa, Mariel se sintió cansada pero muy feliz. Miró a sus papás y les dijo: «Hoy fue un día lleno de amor y diversión. Siempre recordaré este pícnic y a Amistad». Mamá sonrió y dijo: «Nosotros también, mi amor. Los días en familia son los más especiales». Papá asintió y agregó: «Siempre que estemos juntos, estaremos felices, sin importar lo que hagamos».

Y así, Mariel se despidió del hermoso día que había tenido. A medida que se acomodaba en su cama, sintió una calidez en su corazón. Sabía que el amor de su familia siempre estaría con ella, incluso en los días más comunes. Con ese pensamiento, se cerró los ojos con una sonrisa, listo para soñar con nuevas aventuras, siempre rodeada de ese amor familiar que nunca tendría fin.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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