Cuentos de Animales

Kiko, el Guardián del Manglar

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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En lo profundo del manglar de Guayaquil, donde las raíces del mangle rojo se extendían como venas enredadas entre las aguas saladas, vivía Kiko, un cangrejo rojo de caparazón brillante. Kiko no era un cangrejo común, pues, además de su aspecto, tenía un corazón valiente y un profundo sentido de responsabilidad por el lugar que llamaba hogar.

Cada mañana, cuando el sol despuntaba en el horizonte y sus rayos dorados se reflejaban en las aguas del manglar, Kiko salía de su escondite entre las raíces. Su misión era clara: proteger el equilibrio del manglar y cuidar de las criaturas que vivían allí. Era el guardián del manglar, un título que no se había ganado con palabras, sino con acciones.

Kiko recorría los laberintos que formaban las raíces, siempre atento a los cambios en el agua y en las plantas. Sabía que si algo iba mal, afectaría a todas las criaturas que llamaban hogar al manglar. Las garzas blancas lo saludaban desde lo alto de los árboles, y el papagayo de Guayaquil, con sus plumas de colores brillantes, solía detenerse para contarle historias de las tierras más allá del bosque.

—Kiko, ¿sabes que más allá de las montañas hay un río gigante que se une con el mar? —le contaba el papagayo, que había recibido el curioso nombre de Hola.

Kiko sonreía ante las historias, pero nunca se dejaba distraer de su tarea. Junto a él vivían otros cangrejos, como su amiga Kiki, un cangrejito más pequeño pero igual de valiente. Kiki admiraba a Kiko y lo acompañaba siempre en sus patrullas diarias, aunque no siempre entendía el sentido de la responsabilidad que cargaba su amigo.

—Kiko, ¿por qué siempre te preocupas tanto? El manglar es grande, no podemos controlarlo todo —decía Kiki mientras seguía a su amigo.

—Es cierto, Kiki —respondía Kiko—, pero cada pequeña acción cuenta. Si nosotros no cuidamos nuestro hogar, ¿quién lo hará?

Además de Kiki y Hola, otros dos personajes habitaban el manglar y formaban parte de las aventuras diarias de Kiko. Eran dos loros muy parlanchines llamados Hola y Hello, que no dejaban de discutir sobre cuál de los dos era el mejor contador de historias. Mientras volaban de un lado a otro, sus plumas llenaban el aire de color, y su risa siempre resonaba por encima del sonido del agua y las hojas.

Un día, mientras Kiko y Kiki exploraban una zona más profunda del manglar, encontraron algo extraño. El agua, que normalmente era clara y cristalina, estaba turbia, y un olor extraño flotaba en el aire. Kiko frunció el ceño, sintiendo que algo no estaba bien.

—Esto no es normal, Kiki —dijo con preocupación—. Tenemos que investigar qué está pasando.

Siguiendo el rastro del agua turbia, Kiko y Kiki llegaron a una parte del manglar donde los árboles se veían afectados. Las hojas estaban marchitas, y las raíces, que solían ser fuertes, parecían más débiles. De repente, escucharon un débil chapoteo en el agua.

—¡Mira, es el pez 3! —exclamó Kiki, señalando a un pequeño pez con manchas que formaban el número tres en su lomo.

—¡Ayuda! —gritaba 3, nadando con dificultad entre las aguas contaminadas—. Algo está mal en el manglar, el agua se está envenenando.

Kiko, siempre dispuesto a ayudar, se acercó al pez.

—No te preocupes, 3. Vamos a encontrar la causa de todo esto y restaurar el equilibrio del manglar.

Kiko y Kiki llamaron a Hola y Hello, quienes, con sus habilidades para volar y observar desde lo alto, comenzaron a buscar pistas sobre lo que estaba afectando al manglar. Después de un tiempo, encontraron la respuesta: cerca del borde del manglar, los humanos habían construido una fábrica que estaba vertiendo desechos al agua, contaminando todo a su paso.

—¡Tenemos que detenerlos! —gritó Hola desde el cielo, volando en círculos sobre Kiko y los demás.

—No podemos hacerlo solos —dijo Kiko—, pero sé que si nos unimos, podemos hacer una diferencia.

Y así, con la ayuda de todos los animales del manglar, Kiko ideó un plan. Las garzas volarían a la ciudad para atraer la atención de los humanos, mientras que los loros se encargarían de esparcir hojas por los alrededores de la fábrica, mostrando el daño que estaban causando. Kiko y Kiki, mientras tanto, bloquearían el flujo de agua contaminada usando las raíces del mangle y piedras que encontraran en su camino.

El plan funcionó. Los humanos, al ver el impacto de sus acciones, decidieron cambiar la manera en la que operaba la fábrica, limpiando los residuos y asegurándose de que el agua permaneciera pura. El manglar comenzó a sanar, y poco a poco, el equilibrio se restauró.

Al final del día, mientras el sol se ponía y bañaba el manglar en tonos dorados, Kiko y sus amigos se reunieron a la orilla del agua. Estaban cansados, pero felices de haber protegido su hogar una vez más.

—Lo hicimos juntos —dijo Kiko, con una sonrisa de satisfacción—. Porque cuando cuidamos el lugar en el que vivimos, no solo lo hacemos por nosotros, sino por todas las criaturas que dependen de él.

Kiki asintió, comprendiendo por fin el peso de las responsabilidades de su amigo.

—Tienes razón, Kiko. Cada pequeña acción cuenta.

Y así, el manglar de Guayaquil volvió a ser un lugar lleno de vida y armonía, gracias a Kiko y sus valientes amigos, que demostraron que con valentía y trabajo en equipo, siempre se puede hacer una diferencia.

Fin.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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