En una noche tranquila y fresquita, mientras las estrellas brillaban como pequeñas luciérnagas en el cielo oscuro, un pequeño burrito llamado Brunito pastaba cerca del viejo camino que llevaba a Belén. Brunito era un burrito pequeño, tierno, con orejitas suaves y ojos grandes llenos de curiosidad. A diferencia de los otros burros grandes y fuertes, él era chiquito, pero en su corazón tenía una luz muy especial que aún no sabía cómo mostrar.
De repente, entre el silencio de la noche, Brunito escuchó unos pasos suaves que se acercaban con cuidado: clip, clap… clip, clap… Levantó su cabecita y miró hacia el camino. Allí vio a dos personas que caminaban despacito. Era María y José. María llevaba en su vientre al Niño Jesús, que estaba cerquita de nacer. Ella estaba cansada y se acariciaba suavemente su pancita con amor. José caminaba a su lado, atento y cariñoso.
Brunito abrió los ojos muy grande, sorprendido por verlos en la noche. —¿A dónde van tan tarde? —preguntó con su vocecita pequeña y temblorosa, pues no estaba acostumbrado a ver gente de noche.
José sonrió con cariño y respondió, —Vamos a Belén. El camino es largo y María está muy cansada. Queremos llegar a un lugar seguro para que nazca el Niño Jesús.
Brunito sintió su corazón latir muy rápido. Quería ayudar. Sabía que él era pequeño y no tan fuerte como otros burros grandes, pero tenía algo muy grande: ¡muchas ganas de ayudar! Entonces, con mucho ánimo dijo —Si quieren, puedo acompañarlos. Conozco atajos y caminos suaves que harán que caminen más tranquilos. ¡Puedo ser su burrito ayudante!
María sonrió y acarició con ternura la cabecita de Brunito. —Gracias, pequeño. Dios siempre pone a alguien especial en nuestro camino. Eres un burrito muy valiente y bueno.
Así fue que comenzaron a caminar juntos. Brunito les enseñaba por dónde el piso era menos duro y más suave para que María no sintiera dolor. Cuando ella necesitaba descansar, Brunito se quedaba cerca, moviendo su colita contento, como diciéndoles que todo estaría bien. José estaba feliz porque ahora tenían a un amiguito pequeño que les ayudaba con mucho amor.
Mientras avanzaban, el cielo se llenaba de estrellas que parecían guiarlos. En un momento, Brunito vio que las sombras del camino se hacían más oscuras y empezó a sentir un poquito de miedo. Pero recordó que su corazón brillaba con fuerza. Entonces, miró a María y a José y pensó en lo importante que era su ayuda.
—No se preocupen —les dijo con voz firme—, yo los cuido. Caminaremos juntos y pronto llegaremos a Belén, donde habrá luz y calor para el bebé que va a nacer.
De repente, desde la oscuridad apareció un lindo gatito llamado Michín. Michín era un animalito negro con ojos amarillos muy brillantes. Se acercó saltando y les dijo —Hola, yo también quiero ayudar. Puedo subirme a Brunito y mirar desde arriba para ver si hay algún peligro en el camino.
María y José estuvieron contentos de tener un amigo más. Brunito se puso feliz porque así, juntos, podrían cuidar mejor a la mamá y al bebé. Michín brincó con agilidad y se subió en la espalda de Brunito. Sus ojitos miraban todo a lo lejos mientras el burrito caminaba con cuidado.
Caminaron por prados suaves donde la hierba rozaba las patas del burrito. Pasaron por un bosque pequeño donde los árboles se movían con el viento como susurrando canciones. Brunito movía sus orejitas para escuchar bien y no perder el rumbo. Cada tanto, José le hablaba con voz calmada y María sonreía agradecida.
En medio del paseo, cerca de una piedra grande, encontraron a un pajarito llamado Pico. Pico era cantor y tenía plumas de colores muy bonitos. Al ver a María y José, pidió permiso para acompañarlos volando un poco más adelante para cantar y que el camino se sintiera más alegre y seguro.
Brunito le saltó contento y dijo, —¡Qué bien! Con tu canto todo será más bonito.
Así, el burrito con su pequeño amigo el gatito en la espalda, y el pajarito volando arriba, hicieron un equipo maravilloso. Cada uno ayudaba de corazón. Aunque Brunito era pequeño, su corazón iluminaba el camino, como si tuviera una luz especial dentro, tan fuerte como las estrellas de la noche.
Luego, cuando llegaron a un lugar donde el camino se hacía más duro y pedregoso, Brunito buscó un atajo. El pequeño burrito mostró una senda suave, cubierta de hojas, donde María podía descansar mejor. Cuando se detuvieron un momento, Brunito se quedó moviendo la colita para hacerles sentir alegría y tranquilidad.
José le agradeció y dijo —Eres un burrito muy valiente y amable. Gracias por ser nuestro amigo y guía.
María también acarició la cabecita de Brunito y añadió —Gracias, pequeño amigo. Hoy has iluminado nuestro camino con tu corazón brillante.
Siguieron caminando poco a poco hasta que, en la distancia, comenzaron a ver unas luces cálidas que venían desde un establo. Era el lugar seguro que buscaban. María sintió que ya podía descansar tranquila porque el nacimiento del Niño Jesús estaba muy cerca.
Brunito, Michín y Pico se quedaron cerca, vigilando con cuidado para que nadie los molestara. Y en ese momento, mientras María y José descansaban felices, el burrito pequeño entendió algo muy especial: no importa el tamaño que tengas ni lo fuerte que seas, lo importante es tener un corazón bueno y valiente para ayudar a los demás.
La noche siguió tranquila, y las estrellas siguieron brillando, pero ahora también brillaba un brillo diferente, un brillo que salía del corazón del burrito llamado Brunito. La luz de su amor y su amistad iluminaron para siempre el camino que recorrieron. Y así, en aquella noche mágica, Brunito supo que había sido parte de algo muy grande y hermoso: el nacimiento de la alegría, la luz y el amor para todos.
Y desde entonces, cada vez que alguien camina por el camino de Belén en una noche estrellada, puede imaginar al pequeño burrito Brunito, moviendo su colita y alumbrando con su corazón brillante a todos aquellos que necesitan ayuda y cariño. Porque, a veces, la luz más grande no viene del sol ni de las estrellas, sino del corazón valiente y generoso de un pequeño amigo.
Y colorín colorado, este cuento del burrito amable y luminoso ha terminado, con una sonrisa y un abrazo grandote para todos.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.